Credo

Credo

Creo que mi poesía nace de la felicidad, de esa conciencia dolorosa de ser feliz sin motivo, ser feliz como una necesidad intransigente que no admite los momentos de tristeza, que exige la risa, el sol, a lo largo de todos los días, en los ratos más inesperados porque para escribir necesito ser feliz, sentirme como un caballo relinchón, explotar las palabras como malinchazos, llenarme de maleza cosquillosa hasta el borde, hasta que se me salga el alma, el goce que me hace poeta.

Gioconda Belli (1948, Nicaragua); Sobre la grama, Ed. Terapias verdes/ Navona, 2017

Quiero, debo, tengo que salir de aquí

Quiero, debo, tengo que salir de aquí

Salir pronto por la puerta de atrás de las palabras. Salir de esta jaula de aire construida con barrotes de aire. Salir de este espacio sincopado con el dolor. Salir de este cuerpo de aire que es mi cuerpo. Salir del aire. Salir pronto por la puerta de atrás de las palabras.
Decir «otro» y que el otro se revele. Decir «nube» y que la nube se suspenda en el cielo cargada de significados, decir «lluvia» y que la lluvia estalle.
Tengo que esforzarme en decir, en no parar de hablar para poder así acallar este latido incesante, para acallar eso otro que siempre quiere discutirme, y me cerca, me rodea, me crucifica, me apuntala en el vacío y solo sangre, fijeza, estatismos paralelos.
Decir “palabra” para que esta se abra como un fruto. Comer su nuez. Decir «agua” y que se me moje el alma como una esponja. Decir «ala» y desplegarme hacia la prisa del viento. Decir «amor» y que el amor encarne esculpido en el espacio. Decir «silencio», decir «decir», decir «nada», pero decir, decir, decir…

Pilar González España,(1960, Madrid), Fugitivos. Antología de la poesía española contemporánea, Ed. Fondo de Cultura Económica, 2016

A algunos les gusta la poesía

A algunos les gusta la poesía 

A algunos,
es decir, no a todos.
Ni siquiera a los más, sino a los menos.
Sin contar las escuelas, donde es obligatoria,
y a los mismos poetas,
serán dos de cada mil personas.

Les gusta,
como también les gusta la sopa de fideos,
como les gustan los cumplidos y el color azul,
como les gusta la vieja bufanda,
como les gusta salirse con la suya,
como les gusta acariciar al perro.

La poesía,
pero qué es la poesía.
Más de una insegura respuesta
se ha dado a esta pregunta.
Y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro
como a un oportuno pasamanos. 

Wisława Szymborska (1923-2012, Polonia), El gran número. Fin y principio y otros poemas; Traducción de Gerardo Beltrán, David A. Carión Sánchez y Abel A. Murcia Soriano, Ed. Hiperión, 2008.

Alguien que no soy yo

Alguien que no soy yo

Alguien que no soy yo lleva la cuenta
de las horas felices, de las tardes
en que tuvo al amor como aliado,
de las noches libradas cuerpo a cuerpo.
Alguien que no soy yo sale de casa
y rompe sus cadenas, como aquellos
que, tras cumplir con su dolor, un día
cualquiera se fugaron de la muerte.
Ese alguien eleva
su corazón al cielo;
abarca el horizonte
y elige su destino,
aunque al final se interne
dentro de mí y escriba.

María Sanz (1956, Sevilla, España), Paseo de los magnolios, Edita Instituto Leonés de Cultura, 1995.

Hay

HAY días en que sueño con escribir un libro
sobre cómo desprenderse de las cosas
y evitar el recuerdo del abridor de cartas
mellado por el golpe de una mala noticia,
también el del separador de poemas de tela
que vino por el mar y cruzó medio mundo
para asfixiarse en el exceso
o en el delirio.
Porque por la casa se congregan
las cosas más extrañas,
impensables,
que fueron poblando los cajones
y perdiendo sus señas,
la silueta inviolable
de ser uno y distinto, diferente
al alfiler, la piedra o la entrevista
en papel cartoné que amarillea
mientras nuevos objetos,
imprudentes,
aguardan en el soplo translúcido, voraz,
y se queda sonando en la memoria
la misma melodía para el frío,
para la sal oculta de la escarcha.
Podría ser tan útil
enseñar a evitar los montones de cosas
con su infinita historia inquebrantable
con su furor privado
con su cólera también
con su soberbia.
Y así hasta emborronar los nombres, los colores,
el tiento, la consistencia o la vibración del aire
cuando ruedan hacia el suelo, se desmigan,
deshacen su epopeya sin honor
y sin gloria.

María Ángeles Pérez López (1967, Valladolid, España); La sola materia, Ed. Aguaclara, 1998

Vuelta a la poesía

Vuelta a la poesía

Otra vez vuelvo a ti.
Cansada vengo, definitivamente solitaria.
Mi faltriquera llena de penas traigo, desbordada
de penas infinitas,
de dolor.
De los desiertos vengo con los labios ardidos
y la mirada ciega
de tanto duro viento y ardua arena.
Abrazada de sed,
vengo a beber de tus profundos manantiales,
a rendirme en tus brazos,
hondos brazos de madre, y en tu pecho
de amante, misterioso,
donde late tu corazón como un enigma.
Ahora
que descansando estoy junto al camino,
te veo aparecer en cada cosa:
en la humilde carreta
en que es más verde el verde de las coles,
y en el azul en que la tarde estalla.
Humilde vuelvo a ti con el alma desnuda
a buscar el reflejo de mi rostro,
mi verdadero rostro
entre tus aguas.

Piedad Bonnett (1951, Colombia); De círculo y ceniza, Ediciones Uniandes, 1989

Escribir

Escribir


esta necesidad de compartir
lo que quizá a nadie interesa
este sentirse acompañado
desde la soledad más absoluta
expuesto absurdamente
expuesto
esta enfermedad
este aferrarse al papel en blanco
como si fuera
la única alternativa
a la muerte
como si el rastro que en él dejamos
fuera más que nosotros mismos

Carmen Beltrán (1981, Logroño, España); Cuaderno de sal, Ed. Los libros del señor James, 2010

¡Qué alegría vivir…

¡Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido!
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías
-azogues, almas cortas-, aseguran
que estoy aquí, yo inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los hombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy buscando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida -¡qué transporte ya!-, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
En que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
De haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

Pedro Salinas (Madrid, 1891-Boston, 1951)

Perspectiva

Perspectiva


Se cruzaron como dos desconocidos,
sin gestos ni palabras,
ella de camino a la tienda
él de camino hacia el coche.
Quizá entre la consternación,
o el desconcierto,
o la inadvertencia,
de que por un breve instante
se amaron para siempre.
No hay sin embargo garantía
de que fueran ellos.
Quizá de lejos sí,
pero de cerca en absoluto.
Los vi desde la ventana,
y quien mira desde arriba
se equivoca con mayor facilidad.
Ella desapareció tras una puerta de cristal,
él subió al coche
y arrancó rápidamente.
Así que no pasó nada
ni siquiera si pasó.
Y yo solo por un momento
segura de lo que vi,
intento ahora en un poema casual
convenceros a Vosotros, Lectores,
de que aquello fue triste.

Wislawa Szymborska (1923-2012, Polonia), Dos Puntos, Ed. Igitur, 2007