Los extraños retratos

Los extraños retratos

Ahora que estamos solos,
infancia mía,
hablemos,

olvidando un momento
los extraños retratos
que nos hicieron.

Hablemos de lo que tú y yo,
por no tener ya nada,
sabemos.

Que esta solitaria noche mía
no ha tenido la gracia
del comienzo,

y entré en la danza oscura de mi estirpe
como un joven tristísimo
en un lienzo.

Mi imagen sucesiva no me habita
sino como un oscuro
remordimiento,

sin poder distinguir siquiera
qué de mi pan o de mi vino
invento.

En el oscuro cuarto en que levanto
la mano con un gesto
polvoriento,

donde no puedo entrar, allí me miras
con tu traje y tu terco
fundamento,

y no sé si me llamas o qué quieres
en este mutuo, extraño
desencuentro.

Y a veces me parece que me pides
para que yo te saque
del silencio,

me buscas en los árboles de oro
y en el perdido parque
del recuerdo,

y a veces me parece que te busco
a tu tranquila fuerza
y tu sombrero,

para que tú me enseñes el camino
de mi perdido nombre
verdadero.

De tu estrella distante, aparecida,
no quiero más la luz tan triste
sino el Cuerpo.

Ahonda en mí. Encuéntrame.
Y que tu pan sea el día
nuestro.

Fina García Marruz (1923, Cuba), Las ínsulas extrañas. Antología de poesía en lengua española (1950-2000), 2002

Casa de misericordia

Casa de Misericordia

El padre fusilado.
O, como dice el juez, ejecutado.
La madre: la miseria, el hambre,
la instancia que le escribe alguien a máquina:
Saludo al Vencedor, Segundo Año Triunfal,
Solicito a Vuecencia poder dejar mis hijos
en esta Casa de Misericordia.
El frío del mañana está en la instancia.
Hospicios y orfanatos eran duros,
pero más dura era la intemperie.
La verdadera caridad da miedo.
Como la poesía:
por más bello que sea, un buen poema
ha de ser siempre cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.


Casa de Misericordia

El pare afusellat.
O, com el jutge diu, executat.
La mare, la misèria i la fam,
la instància que algú li escriu a màquina:
Saludo al Vencedor, Segundo Año Triunfal,
Solicito a Vuecencia deixar els fills
dins de la Casa de Misericòrdia.
El fred del seu demà és en una instància.
Els orfenats i hospicis eren durs,
però més dura era la intempèrie.
La vertadera caritat fa por.
És com la poesia: un bon poema,
per bell que sigui, ha de ser cruel.
No hi ha res més. La poesia és ara
l’última casa de misericòrdia.

Joan Margarit (1938-2021, Lérida, España); Casa de Misericordia, Ed. Visor, 2007. Edición bilingüe castellano-catalán. Este libro fue Premio Nacional de Poesía 2008.

He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes

He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes

HAY un olor de agua y de resinas,
un aroma incesante
subiendo por las médulas
hasta las nervaduras de las hojas,
un espacio oloroso,
una fragancia
de sombras perfumadas, de espesuras azules,
de musgos transparentes.

Vengo de la sustancia de la tierra,
de su barro balsámico.

Sobre la intimidad de lo que existe,
sobre el mundo
que ahora empiezo de pronto a percibir,
va pasando en silencio,
iluminando el sueño en penumbra de las cosas,
el pensamiento de la luz.


EN la ventana arde
la lámpara de cobre
de la que se desprenden las palabras.

Lo conocido excava
una puerta en el muro de lo desconocido.

El corazón no sabe
que algo dentro de él, calladamente,
se prepara en secreto.


LA luz del mediodía,
como un pájaro ciego,
se sostiene en lo más alto del aire.
Las raíces del mosto sacan agua
de las profundidades de la tierra.

Hay un hermanamiento,
una especie de familiaridad entre las cosas
que conforman el mundo,
como si cada una cuidara de la otra,
como si la alegría en la que viven inmersas
fuera un logro de todas,
la conquista de una comunidad.

Acercarnos con afecto a las cosas
nos permite intimar con lo sagrado
que permanece en ellas.

La mañana está en deuda con la cosecha de las flores.
El que entiende de pájaros entiende de narcisos.


LA mañana
camina hacia el milenio
de la mano de un niño
que va dejando migas en las piedras
para las lagartijas y los pájaros.

Ya nadie es inocente.
El lenguaje ha extraído bocados de caballos
de las fosas comunes de los hombres,
huesecillos de frutas,
semillas de palomas.

Los segadores cantan a lo lejos sobre la sangre del maíz.
El árbol que preserva
la conciencia del mundo
es un pequeño níspero al que ladran
por la noche los perros.


AMO lo que se hace lentamente,
lo que exige atención,
lo que demanda esfuerzo.

Amo la austeridad de los que escriben
como el que excava un pozo
o repara el esmalte de una taza.

Mi habla es un murmullo,
una simple presencia que en la noche,
en las proximidades del vacío,
se impone por sí sola contra el miedo,
contra la soledad que nos revela
lo pequeños que somos.

El poeta no ha elegido el futuro.
El poeta ha elegido descalzarse en el umbral del desierto.


EL viento fermentado
en los barrancos del mar
escala las orillas,
acaricia el follaje de los árboles,
se enreda en los espinos que protegen las fuentes.

Presiento con palabras
un mundo elemental, un universo
que, abismado en sí mismo, sigue intacto.
La honradez de un paisaje
que, a espaldas de nosotros, excluido
de nuestras percepciones y de nuestros afectos
desborda plenitud.

El tiempo de los ríos
que fecundan de noche las laderas
sedientas de la tierra
es anterior al tiempo del recelo, de la desconfianza.
Es anterior al tiempo en que los hombres
renunciamos definitivamente
a pactar con las cosas.

Ya no cabe en nosotros el asombro,
la costumbre de la perplejidad.
No nos quedan lugares en los que sea posible lo absoluto.


EN el itinerario de los pueblos
hay casas incendiadas por la luz de la luna
y amaneceres rojos
como las amapolas
de las floristerías de la sangre.

Los que nos adentramos en el bosque
para buscar comida
no sabíamos
que cuando regresásemos
de aquel silencio extraño,
de aquella hoguera oscura que ardía sin consumirse,
no seríamos los mismos.

El bosque es un recodo en el tiempo
en el que se descansa de la luz.
No hay nada más hermoso
que dejarse convencer por la noche
de que todo es eterno.


HE encontrado en las cosas,
en los seres más simples,
una forma
de dejarse llevar, una manera
de abandonarse al flujo secreto de la vida
que nos invita a la modestia.

Los poemas que nos hacen mejores
son los que nos devuelven
a ese estado anterior
en el que era posible,
en nuestras relaciones con el mundo,
conducirnos con naturalidad, sin artificio.

Me conmueve la humildad de los pájaros
que trabajan día y noche para trenzar un nido
en un árbol sin nombre.


EN el valle, un castaño
ha elevado sus hojas
sobre el tejado rojo de una casa
y ahora puede mirar al horizonte.

La noche entre los árboles
es una oscuridad iluminada, un silencio de pájaros
en los que confiar, una espesura
de ramas transparentes,
de pañuelos azules,
de animales benévolos.

Necesito vivir en un país
que no haya renegado de sus árboles,
necesito vivir en una tierra que envejezca a su sombra.


LA realidad se sirve del lenguaje.

La vida del espíritu,
la profecía que aparta la luz de las tinieblas
se sirve del lenguaje.

La humanidad de un mundo amenazado
que se adentra de noche en un desierto
del que nada conoce
se sirve del lenguaje.

El mar ha edificado una iglesia a la salida del sol.


ESTÁ en las escrituras:
La visión se concede, los profetas
escriben al dictado.

Pero nosotros no venimos de los profetas,
nosotros descendemos
de un pastor de rebaños
al que no permitieron, en mitad de la noche,
entrar a la ciudad.


UNO escribe un poema para sentirse vivo.
Uno escribe un poema
para que otro descubra que estás vivo.

La poesía le ha movido la piedra de la entrada
a la gruta de las resurrecciones.

La poesía ha corregido
la inclinación del eje de la tierra
y ha arrojado la manzana de Newton
sobre la fuente de los pájaros.


CON el tiempo me he vuelto silencioso
como el carbón de estufa.

Desde hace algunos años, me encomiendo
a los pájaros mudos
y a los hombres
que hicieron del sigilo su ciudad en la tierra.

El silencio es un océano en calma
que permite que afloren
como islas
o como promontorios
los pequeños sonidos de las cosas,
sus músicas secretas.

El silencio le deja a cada uno llegar a ser quien es.
El silencio es la elegancia absoluta.


HAY en el interior de cada uno
un hombre conmovido
que no nombra las cosas con grandeza,
sino con gratitud.

Soy el que reconoce
los rasgos de su rostro en el cobre de una lámpara,
el que ha pintado un pez en la dovela
secreta de una bóveda.

Siempre supe estar solo,
igual que la montaña que se hace
rodear por el mundo.
Siempre encontré en mí mismo
mi tiempo más intenso, mi habitación más amplia.

Aún le debo a la muerte,
que también está sola,
la navaja mellada que llevo en el bolsillo
y una piedra de sílex
tallada en una gruta por un viejo grabador de animales.


MI pensamiento fluye con los peces
por las aguas
de un río subterráneo,
con las ramas caídas por la serenidad
de una noche perpetua.

No soy como los árabes,
como las caravanas del desierto:
yo mendigo la luz.
Yo soy el que ha escarbado en la tierra de los dones
y ha extraído raíces,
la madera quemada de un incendio.

He aprendido a convivir con las ruinas,
a abrir una ventana y asomarme en silencio a la ternura
de lo que ya no existe.

Oculto en la espesura de las cosas
queda un último eco, sin embargo,
de la canción del paraíso,
un pequeño reflejo de la lámpara
que alumbró el primer día las fachadas
de las casas del mundo.

He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes.

Las palabras son mi forma de ser.

Basilio Sánchez (1958, Cáceres, España); He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, Ed. Visor, 2019. XXXI Premio Loewe.

De niña

De niña
superaba límites
saltando los marcos de las pizarras.
Las líneas rectas se enlazaban al vacío
mientras yo
perseguía sus puntos de fuga
atravesando paredes.
Ahora
parece insustancial
el valor de la recta,
sus diagramas imposibles
recorriendo galaxias.
Una línea es lo que dibujamos
entre lo perdido y el presente;
lo que marcan tus labios
con avaricia de infinito.
Nos bastaba un minutero
marcando los Fragel Rock.
Con la espera del postre
definíamos el tiempo.
La huida del castigo o el recuerdo
de una playa quebraban el pasado.
Distinguíamos la mañana y la noche
por la luz y los pijamas,
meriendas y recreos circundaban los relojes.
Hoy los días son bisiestos;
son compromisos los cumpleaños
y los descansos jornadas vacías.
Fatigamos las semanas y advertimos
que el ciclo de la vida
usa conceptos gastados.
La definición del tiempo se marea en los minutos.

Marta Zafrilla (1982, Murcia, España); Pecios, Editora Regional de Murcia, 2006 (Premio Molajoven 2006)

Miedo al ruido

Miedo al ruido

Un trueno estalla en el cielo
su rugido embiste los oídos
de quien no olvida el eco de las bombas.

Las mujeres se tiran al suelo
cubren, asustadas, las cabezas de sus hijos
la lluvia deforma el paisaje
convirtiendo esta aldea
en un campo de círculos mal dibujados.

En tierra de azufre y sal
no crece la hierba.

La vida se detiene:

No existe techo ni piel para tanto miedo.

Paloma Camacho Arístegui (1988, Madrid, España); Cartografía de un abandono; Ed. Gato Encerrado, 2018

Transido de palabras

Transido de palabras

Pero tu intención de ir te llevó donde querías,
Lejos de aquí, donde estás diciéndome:
“aquí estoy contigo, mira”. Y me señalas la ausencia.
PEDRO SALINAS

No me queda mucho más que decirte,
pues esta nube ya arruga mis dedos
por momentos,
salvo que llegó a casa una carta a tu nombre
—fingí tu firma y el cartero, amable,
disimuló mi tristeza—,
que la comida
se acumula pero el hambre no termina,
que no sé qué hacer con tanto ruido
—recuerdo cuando partías
el silencio con tu risa y todo,
entonces, era cuestión de adelantarse—
y que las palabras me duelen,
amor.

No quisiera que pensaras
que no te pienso
porque no te escribo.

Es solo que ahora he de hacer hueco
a tu ausencia en mi refugio,
y no sé si estoy preparada para colocarla
al lado de un poema
que cuente de algún modo
que no duela tanto,
cómo desapareciste
al abrir los ojos.

Prefiero cerrarlos que ver esta puerta
cerrada
cansada ya de tantos portazos.

Elvira Sastre (1992, Segovia, España), La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida, Ed. Visor, 2014

Canciones para Isabel

Canciones para Isabel
I

Te veo allí, tumbada entre las piedras
de esa fuente que, en medio del pinar,
saciaba nuestra sed en la derrota
de ignorar que hoy no recordaríamos.
Por eso ya no sé bien a dónde íbamos
o de hacer qué camino regresábamos,
pero sí que estar allí, bebiendo agua
con las manos, era estar para siempre
hundiéndome contigo en lo infinito.
Que eso que hemos vivido y expresado
en lo que ahora sólo es una foto
revelada de pronto en la memoria,
esa escenografía que hoy habitas
igual que un figurín de cartón piedra,
es la realidad abierta y proyectada
donde siempre comienza otro poema.

Carlos Contreras Elvira (1980, Burgos, España); El eco anticipado, Ed. Pre-Textos, 2011. III Premio de Poesía Joven de RNE, 2010

Lost generation

Lost generation

Era un mundo sin protección solar.
Los sueños, las inmensas
antenas parabólicas sobre los tejados,
monos azules
tendidos en patios interiores: mapamundis
proféticos tras las manchas de aceite.
No teníamos miedo.
Fuimos a escuelas donde los maestros
habían llevado luto por nosotros,
que estábamos llamados a heredar
la transparencia.
Dicen que a la salida alguien nos daba
caramelos con droga.
Yo nunca tuve dudas. Era nuestro destino:
ser una nueva raza de gigantes,
hombres libres, mujeres que haríamos
el trabajo de cien hombres.
¿Cómo no ser valientes? Pasábamos
agosto con abuelos
que habían sudado todo el frío del país.
Fumaban y tosían
y aflojaban bombillas porque la luz
no es gratis, no. También tuvimos padres,
una nación sonámbula de padres
que venían del sur.
Por la noche, volvían tarde a casa
y exclamaban: “¡Señor,
ya me sacas al menos dos cabezas!”.
Éramos los mayores.
Crecimos un centímetro diario y
estrenamos mallas, ternura primogénita,
zapatillas Paredes
que atravesaban yonquis en la noche
para aprender francés.
Duendes únicos. Magos
de la calcomanía. Todo se nos quedó
pesquero tan deprisa:
el Colacao, los paraísos para mascotas
olímpicas, los cromos,
la fe de nuestra primera comunión.
Cuando al fin llegó el metro a nuestro barrio,
fue demasiado tarde.
Ya estaba preparado el plan de fuga.

Martha Asunción Alonso (1986, Madrid, España), La soledad criolla, Ed. Rialp 2013. Premio Adonáis  2013

Canción Verlaine

Canción Verlaine

Esta lluvia no tiene corazón,
noche donde caerse.

Se la ve caminar destituida,
como la solitaria sombra del extranjero,
con las ventanas de perfil, pisando
arena de su propia lejanía.

No tiene corazón donde caerse.
Sólo palabras ciegas
que disuelven los nombres y no sirven
para contar la inútil fundación de sus viajes.

La lluvia sin relatos no comprende
que viene del pasado. Yo la veo
caminar el silencio de la piedra,
deslizarse buscando
el eco de una luz almacenada
en un bar que esté abierto.

A nadie le pregunta. No se atreve.
Perdida en el enigma de sus pasos,
es verdad que parece un extranjero.
Ni amor ni hostilidad. Y sin embargo
esta lluvia que cae
tiene la sensación de haber estado
otras veces aquí,
de que conoce
horas inexistentes
ciudades que no tienen corazón,
noche donde caerse.

Luis García Montero (1958, Granada, España); Las flores del frío, Ed. Hiperión, 1991.

Un caballo joven

Un caballo joven

Nunca he llegado a entender en qué
mundo vivo.
Cabalgaba sobre un caballo tan joven y feliz
como yo
Y al galope sentía su corazón batir
Contra mis piernas
Y el mío, latiendo incansable en el galope,
Todo lo atravesaba, sin que yo advirtiera
Que mi montura descansaba
Sobre el esqueleto de un caballo
Haciéndose pedazos en segundos
Mientras yo seguía cabalgando;
Sobre un joven caballo de aire
En un siglo que ya no era el mío.

Ana Blandiana (1942, Rumanía); El sol del más allá y El reflujo de los sentidos, Ed. Pre-Textos, 2016