La hora pastoral

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La hora pastoral
de los animales en hilera. Atardece
vaca y ternero y vaca y vaca.
Muge, no porque lo oiga, sino porque la veo
la  precisa línea de la testa levantada
la del morro al mugir, los campos pastorales
caballos y potrillos cerca de la ciudad.
Be calm, decía en una lengua no
suya, animal ser de la calma.
2
brillo
verde amarillo sin alimento
solo humedad
                                        (no densos
                                         no los profundos
                                         no luz alegre del verde)
viene de abajo
lo enciende el agua
llega de fuera, casi sin humus

3
cabeza
de gato se llama la canción
la cantaba ensamblando tablas
de la caja, la cantaba y eran
las vetas de madera notas
de la canción, cabeza de gato
el tarareo, viruta dulce
ya sin letra la madre

Olvido García Valdés, (1950, Asturias, España), Hacia la democracia. La nueva poesía (1968-2000). Tomo 10 de Poesía española. Antología crítica dirigida por Francisco Rico. Edición, prólogo, notas e introducciones críticas de Araceli Iravedra, Ed. Visor, 2016

Poética de los cuatro elementos

Poética de los cuatro elementos

No describir el fuego
sino hacer
que arda en el poema.

No decir el agua
sino saciar la sed
en cada verso del poema.

No definir el aire
sino sentir el aliento
que alguien respira en el poema.

No descifrar la tierra
sino enterrarse
y brotar en el poema.

Amalia Iglesias Serna (1962, Palencia, España); La Sed del Río, Ed. Reino de Cordelia, 2016. Premio de Poesía Ciudad de Salamanca, 2016

Por qué mi carne no te quiere verbo

Por qué mi carne no te quiere verbo

Por qué mi carne no te quiere verbo,
por qué no te conjuga, por qué no te reparte,
por qué desde las tapias no saltan buganvillas
con tus significados
y en miradas de azogue no reverbera el sol
dando de ti noticia,
ni se destapan cajas con tu música
y su claro propósito,
y ningún diccionario ajeno te interpreta.
Por qué, por qué, Amor mío,
eres mapa ilegible,
flecha desorientada,
regalo ensimismado en su intacto envoltorio,
palabra indivisible que nace y muere en mí.


Ana Rossetti (1950, Cádiz, España), Punto Umbrío, Ed.Hiperión, 1995

No siempre

No siempre

Desprecio la poesía
no siempre
cuando la sangre palpita en las paredes
cuando en el suelo se rompen las vasijas
y se deslía la vida
como una bobina
escupo mi tristeza y por completo
desprecio la poesía
cuando los colores me atormentan el alma
los azules naranjas y amarillos
me guardo el odio y tranquilamente
desprecio la poesía
cuando en mi estómago se zambulle
el buzo de tus ojos


Además
no siempre
desprecio la poesía
cuando la siento como una ambición amable
raro hallazgo
en un mullido banco de una sala futura.


María Lainá (1947, Grecia); Cambio de paisaje, 1972 (Traducción de Aurora Luque, María L. Villalba y Obdulia Castillo)

Después de la lluvia

Después de la lluvia

En el atardecer, después de la lluvia,
el sol acariciaba las piedras de la antigua ciudad
de una especial manera,
con un profundo y triste y natural amor.

Y al mirarnos supimos que éramos conscientes
de aquel minuto prodigioso,
de aquella intensa belleza inestable.

Eloy Sánchez Rosillo (1948, Murcia, España); Maneras de estar solo; Ed. Rial, 1978. Premio Adonáis 1977

Lluvia

LLUVIA

No basta con ser libre.
No basta con tener derecho a serlo.
Un pueblo necesita voces que lo cohesionen,
mensajeras valientes del instante,
reflejos constelados del sueño colectivo.
Hacen falta palabras que construyan
el frágil edificio del destino común,
capaces de alumbrar en la caverna
el retrato preciso de quien queremos ser.

De vez en cuando nace
una voz transparente, insobornable,
tibia como el sabor de una promesa.
Entonces escuchamos la melodía del agua
y al fin nos damos cuenta
que está lloviendo a cántaros.

Raquel Lanseros (1973, Cádiz, España); de La acacia roja (2008), extraído de Sin ley de gravedad. Poesía reunida (2005-2022); Ed. Visor, 2022.

Me moriré como tú…

ME MORIRÉ COMO TÚ, COMO EL VECINO QUE NOS DA SU SONRISA

con la pizca de sal o con el aceite que le pedimos,
como el viejo conocido que ha torcido la cabeza
al cruzar por nuestra misma acera esta mañana
y nos ha dejado la distancia
colgada en el roce de los hombros,
en el aire helado que nos burlaba.

Me moriré, para qué darlo más vueltas, nos moriremos todos,
y no es nada del otro mundo,
sino de este. Nos moriremos
como murieron los que nos marcaron las sendas que nos llevan,
las sendas tan hundidas ya, y tan gastadas,
tan sin hierba. Nos moriremos
como murieron los que se besaron bajo una luna más llena y más joven
una luna que podría recitar estrellas lidiando en el lecho de los dioses,
tiempos rojos de albas. Nos moriremos
como murieron los que acariciaron un cielo en la tierra para los hombres,
un cielo tan de dentro que manara de las uvas,
deslumbrara por los surcos. Nos moriremos, en fin,
como murieron los que nos legaron los trigos y maíces,
para que nosotros dejáramos los granos de sus granos
a los hijos de nuestros hijos.

Nada ha cambiado. Alguien cerrará nuestros ojos,
porque esa luz, —habrá otra—, la del sol, la luna o la bombilla,
ya no nos responde.
Nada ha cambiado, ni nada
cambiará con nuestra muerte. Solo la vida sola,
toda la vida hecha senda, casi cielo, luna, maíz y trigo,
eterna e inmutable, sin pararse ante nosotros,
proseguirá su marcha hacia la vida. Somos
parte de ella sin ser ella, y nosotros, solos,
solo caminamos hacia la muerte.

Fermín Heredero Salinero (1950, Fuentespina, Burgos-2021, Aranda de Duero, Burgos), Entrada para la vida, Ed. Fundación Caixa Galicia, 2001. XX Premio Esquío de Poesía.

Mujer saludando a los árboles

Woman Waving to Trees

 Not that anyone would
notice it at first.
I have taken to marveling
at the trees in our park.
One thing I can tell you:
they are beautiful
and they know it.
They are also tired,
hundreds of years
stuck in one spot—
beautiful paralytics.
When I am under them,
they feel my gaze,
watch me wave my foolish
hand, and envy the joy
of being a moving target.

Loungers on the benches
begin to notice.
One to another,
“Well, you see all kinds…”
Most of them sit looking
down at nothing as if there
was truly nothing else to
look at until there is
that woman waving up
to the branching boughs
of these old trees. Raise your
heads, pals, look high,
you may see more than
you ever thought possible,
up where something might
be waving back, to tell her
she has seen the marvelous.

Mujer saludando a los árboles

 Como si nadie pudiera
advertirlo al principio.
Me he entregado al prodigio
ante los árboles de nuestro parque.
Sólo una cosa puedo decirte:
son grandiosos
y lo saben.
También están exhaustos,
cientos de años
atrapados en el mismo sitio—
grandiosos paralíticos.
Cuando estoy debajo,
sienten mi mirada,
observan cómo agito mi loca
mano, y envidian mi alegría
de ser un blanco móvil.

Los perezosos en los bancos
comienzan a notarlo.
Uno al otro se dicen:
“Las cosas que hay que ver…”
La mayoría de ellos mira
abajo hacia la nada como si no hubiera
en verdad nada más para
mirar hasta que aparece
esa mujer saludando a lo alto
hacia las ramas
de los viejos árboles. Levanten sus
cabezas, amigos, miren arriba
pueden ver más
de lo que creían posible,
arriba donde algo puede
devolverle el saludo, para decirle
que ella ha visto lo magnífico.

Dorothea Tanning (1910 –2012, Estados Unidos); Coming to That , Graywolf Press (extraído de circulodepoesia.com)