Irene mira por primera vez la lluvia

Irene mira por primera vez la lluvia

Tiene el cielo un aspecto de libro encuadernado
como de piel oscura y sombra pensativa.
Tú no puedes saberlo.
Ni siquiera conoces todavía
su resplandor nostálgico
 de laguna que cruza por medio de la tarde
 llena de ojos inquietos, cofres y nadadores.

 Porque cualquier mirada necesita
 todo lo que duerme detrás de una pupila.
 Deja pasar mil noches:
 que tu ciudad se tienda con el gesto
 gris de las alamedas,
 que el suelo de tu casa parezca interminable,
 movedizo, igual que los desiertos,
 y que tu corazón, sombra partida
 por el cristal de la ventana,
 sepa cómo discurre la humedad
 de una presencia extraña.

 Camino de los nombres y los días
 es una ley de tribu
 que la lluvia se viva en primera persona
 con un dejo de alma trabajada
 y que el mundo respalde
 su dudoso prestigio
 en tu pequeño corazón sin mundo.

 Lo repiten mil veces los libros de poesía.
 Vive y sueña despierta
 el difícil derecho que tendrán tus deseos
 a reclamarte tiempo, a pensar por sí mismos.

Luis García Montero (1958, Granada, España); Las flores del frío, Ed. Hiperión, 1991.

Aunque hubiera tenido que comer pan solo

Aunque hubiera tenido que comer pan solo

Madre,
me acuerdo de una vez, no sé cuándo, tú ya eras
muy mayor, el sol nimbaba
tu rostro puro, finísimo, de sonrisa esplendente,
sin una arruga. Hablabas de mi padre,
que había muerto años atrás: tortolica sin socio,
sola en el aire cenital del mediodía.
La vida
iba llegando a su fin, y recordabas los años
de privaciones y escasez, tenacidad y esperanza:
«Tu padre
tardó mucho en colocarse cuando volvimos de Madrid…»
Y me contabas los trabajos y los días
de un Hércules civil al que nunca abandonó la fe
en el futuro. Porque el futuro éramos
nosotros. Es decir, yo. Lo escribo ahora,
2 de enero del año 2008, con temblor
y deslumbramiento, en el centro geométrico de un charco
de soledad purísima.
Te veo,
te vuelvo a ver mirándome, porque me parecía a él
(a quien él era entonces), tomándome la mano
entre tus manos de ríos azules que se iban
yendo tras el recuerdo: Madre,
hoy que no queda nadie de nosotros (yo menos
que ninguno) tus palabras florecen,
bellísimas, en el silencio definitivo de un poema
de amor que tú escribiste con tu vida
(yo le habría seguido
aunque hubiera tenido que comer pan solo)
hasta el final.
‍‍

Eduardo Fraile Valles (1961, Madrid, España), Retrato de la soledad, Ed. Difácil, 2013.

Poema

Poema

Y ahora, abundante de ensueños y de grises,
con esa eterna impotencia que no limpia el lenguaje,
el miedo que se hace palabra para no ser miedo,
todo lo que enciende luces y no se nombra por si muere,
el resquicio de libertad que terco asoma;
brazo roto, abril marchito, luna falsa,
también falso el dolor que se vuelve costumbre;
los labios en dudosas fuentes,
los ojos todavía sedientos de estrellas, calandrias, mitos
y otras delgadas inutilidades que los dioses derraman,
la sonrisa en ayuno para que no traicione
y una mentirosa amnesia de rechazos y deseos;
con ruiseñores y congojas,
o sea con nada, sólo con uno mismo dentro y fuera,
dispuesto a que cada cosa recupere su alcurnia,
su medida y su precio,
se emprende la huida adonde aún no ha llegado el futuro.

Ana María Navales (1942, Zaragoza, España), extraído de Mujeres de carne y verso. Antología poética femenina en lengua española del siglo XX, Ed. La esfera literaria. 2002

Cuadernos de un vencejo

Cuadernos de un vencejo

Un vencejo, de media, vive unos cinco años.
Un poemario recién
publicado se olvida en pocos meses.
En cinco años lleva ya muchos años muerto.
Sólo es un ejercicio
arqueológico el de quien recupera
de vez en cuando alguna de sus páginas.
Apenas una anécdota que ríe la memoria.
Mientras un año más
los vencejos cincelan sobre el cielo sus lunas.
Y las crías recitan, temblorosas,
un primer verso que con emoción
les cuelga desde el pico.
Antes de continuar
escribiendo, antes de seguir volando.
En los vencejos viaja la poesía
que se muere en nosotros.

 Raquel Vázquez (1990, Lugo, España);  Lenguaje ensamblador, Ed. Renacimiento, 2019

Qué poco hemos cambiado

qué poco hemos cambiado
y agosto era invierno
Fernando Fernández Freijo

ya no te acuerdas
pero siempre hacía frío
se nos helaban las rodillas de esperar
se nos helaban las palabras en la punta de la lengua
porque a nadie interesaba nuestro miedo
crecíamos a lo loco, en silencio
éramos zarzas en los descampados
éramos zarzas en los escalones
el mármol nos alimentaba
éramos zarzas entre las zarzas
y las palabras ahí, detenidas
y el frío ahí, para siempre

Isabel Bono (1964, Málaga, España); Lo seco, Bartleby editores, 2017

Un instante de lluvia i

Un instante de lluvia (I)

but come, girl, get your raincoat,
let’s look for life in some café behind
tear-streaked windows,
perhaps the fin de siècle isnt really finished,
maybe there’s a piano playing it somewhere
Piano practice, DEREK WALCOTT

Un instante de lluvia,
¿es esto lo que quiero?
¿era lo que esperaba?
Y después la tormenta,
poemas metro cuadrado.

La fuerza incontrolable sobre el mundo
y las palabras justas para seguir nadando
por los charcos que la calle ha escondido
debajo de baldosas
que quedan despegadas de la tierra,
son el mejor lugar
para gritarle al tiempo adormecido
de cielos despejados;
empaparse de miedo,
de nuestra propia historia
llena de conjeturas, teóricas y desveladas.

Sorpréndeme buscando el amor en el frío
en el tráfico lento de los días de lluvia.
Las manchas de humedad que muestran
el camino vertical de los puentes
nada tienen que ver con la vida
que el agua arrastra por sorpresa.

Vamos a ser, al menos este instante,
anfibios de ciudad, vivir de las palabras.
El agua entre nosotros ya es inevitable.

Paula Bozalongo (1991, Granada, España) Diciembre y nos besamos, Ed. Hiperión, 2014 (XXIX Premio Hiperión de Poesía)

Paisajes de papel

Paisajes de papel

A mis hermanas Susy y Margara

Aquella infancia fue más triste.
Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible.
Nuestra niñez era una mezcla de comprensión y aburrimiento.
Éramos serios y aburridos.
Recuerdo aquellas tardes; eran como el mundo era entonces:
sin resquicios y tristes.
Veo a mis pocos años observar con ahínco,
tras el cristal opaco, la calle larga y gris;
el sol estaba lejos y era lo único barato,
lo único que traía alegría sin exigirnos nada.
Veo a mi niña, adulta y consecuente
con un programa bien trazado:
crecer, crecer muy pronto, darse prisa
—ser niño era una carga demasiado pesada
para nosotros y para los grandes—.
Sólo en verano el mundo parecía asequible,
durante tres o cuatro meses saltar, correr, era la vida.
Lo gris volvía siempre muy pronto.
Un día amanecimos lentas, crecidas,
llenas de miedo, de presente.
Buscábamos palabras en el diccionario
con el afán de comprenderlo todo:
necesitábamos hacer lenguaje.
Algunos nos miraron con asombro,
decían que éramos inteligentes.
Nosotras, durante los dolientes domingos
dibujábamos inseguros paisajes.
Durante mucho tiempo ésas fueron todas mis excursiones.
Salir a un campo que no fuera pintado
suponía gastar unos zapatos.
Salir, salir, ése era el sueño,
abolir a las trenzas, inaugurar la barra de labios:
¡mi reino por un trabajo! 

¿Cómo rendir ahora un homenaje a aquellos días?
¿Cómo añorarlos sin desconfianza?
Se arrugaron, igual que los paisajes de papel,
mientras crecíamos hacia este desconsuelo que hoy nos puebla

Francisca Aguirre (1930-2019, Alicante, España), Ítaca, Ed. I. Cultura Hispánica, 1972 (Premio «Leopoldo Panero», 1971). Extraído de Detrás de los espejos (Antología 1973-2010), Ed. Bartleby Editores, 2013

Ellas sí que te esperan

Ellas sí que te esperan…

Ellas sí que te esperan
ellas sí que regresan si las dejas volar
con tensa mansedumbre
van diciendo sus nombres
Cobijo
Lentitud
Vaivén
Entrega
Sometida Indeleble Guiadora
los pronuncian con miedo
—alguien ha maltratado
su humilde voz desnuda—
por eso les perdonas que callen tantas veces
que ninguna te diga cómo entraron en ti
por qué hueco insondable se abrió tu corazón
cómo burlan tu asedio
las cautivas
cuando husmeas a oscuras en sus nidos

Esperanza Ortega, (1953, España), Hilo solo, Ed. Visor, 1995

Así sea

Así sea

El día queda atrás,
apenas consumido y ya inútil.
Comienza la gran luz,
todas las puertas ceden ante un hombre
dormido,
el tiempo es un árbol que no cesa de crecer.
El tiempo,
la gran puerta entreabierta,
el astro que ciega.

No es con los ojos que se ve nacer
esa gota de luz que será,
que fue un día.
Canta abeja, sin prisa,
recorre el laberinto iluminado,
de fiesta.
Respira y canta.
Donde todo se termina abre las alas.
Eres el sol,
el aguijón del alba,
el mar que besa las montañas,
la claridad total,
el sueño.

Blanca Varela (1926- 2009, Perú),  Luz de día, Ediciones La Rama Florida, 1963