Alicia tira los dados para abolir el azar

Alicia tira los dados para abolir el azar

El tiempo avanza porque existen las certezas,
y sin embargo
solo es capaz de expresar su gratitud
consumiéndolas,

en cierto modo, hay juguetes radiando decisiones,
peonzas que se detienen
en una casilla y no otra del juego de la oca,
yoyós que responden
con determinado número de elevaciones
y no otro,
igual que los ladridos
de los perros matemáticos del circo.

Pero de todos es sabido que a las niñas
nos gustan las miniaturas,
y nunca podremos resistirnos a una muñeca rusa hecha de dados
cada vez más pequeños,
uno dentro de otro hasta el abismo.

Sofía Rhei (1978, Madrid,España) Alicia volátil, Cangrejo Pistolero Ediciones, 2010. Extraído de Sombras di-versas. Diecisiete poetas españolas actuales (1970-1991); Ed. Vaso Roto, 2017.

Libro

Libro

Aunque nadie te busque ya, te busco.
Una frase fugaz y cobro glorias
de ayer para los días taciturnos,
en lengua de imprevistas profusiones.
Lengua que usa de un viento peregrino
para volar sobre quietudes muertas.
Viene de imaginaria estación dulce;
va hacia un inexorable tiempo solo.
Don que se ofrece entre glosadas voces,
para tantos equívoco, se obstina
en hundirse, honda raíz de palma,
convicto de entenderse con los pocos.

Ida Vitale (1923, Uruguay), Todo de pronto es nada, Ed. Universidad de Salamanca & Patrimonio Nacional, 2015

Teoría de la distancia

Teoría de la distancia

La teoría de la distancia la han inventado los estrictos,
aquellos que no quieren arriesgar en nada.

Yo pertenezco a aquellos
que creen que del lunes
se debe hablar el lunes;
es probable que el martes sea demasiado tarde.

Obviamente es difícil estando en la cantina,
mientras caen los proyectiles,
escribir poesía.

La única cosa más difícil es no escribir.

Izet Sarajlic (1930 – 2002, Bosnia y Herzegovina); Sarajevo, Ed. Valparaíso, 2013. Traducción al español de Fernando Valverde con la colaboración de Sinan Gudžević

Este poema

Este poema

Este poema dura solo esto,
lo que tardas en leerlo:
la próxima vez que lo leas
será otro
porque tú serás otro
y, por supuesto, será completamente diferente
cuando lo lea otra persona.

Existe solo en este instante
de tu estado de ánimo,
que has construido
con lo que has encontrado dentro de ti.

Obra fugaz
como una hoja de papel
que discurre por las aguas
cambiando siempre de dirección,
sin que tenga ninguna importancia
la persona que allí puso la hoja
y si escribió algo en ella.

Ana Blandiana (1942, Rumanía); El sol del más allá y El reflujo de los sentidos, Ed. Pre-Textos, 2016

Esta mañana supe…

Esta mañana supe
mi extraña rendición a tus palabras,
mi irrevocable voluntad de náufrago
de sílabas,
de filóloga ahorcada en complementos
directos o indirectos
pero tuyos.

Esta mañana supe
que me visto en tus verbos,
desayuno tu nombre
y me quedo perdida, como tonta,
si me encuentro algún “no”
camino de la tarde,
camino de la noche.

Esta mañana supe
que muy frecuentemente
me vuelvo monosílabo
de sombra
agarrado al tobillo de tus frases,
que muy frecuentemente
quisiera ser prendida en tu nevera
como “nota importante”.

Esta mañana comprendí, aturdida.
Esta mañana supe, por fin vi
que me confundo en viento
cuando gritas mi nombre
y que basta un susurro,
un susurro de nada,
para dormirme en ti.

Vanessa Pérez-Sauquillo (1978, España), Estrellas por la alfombra (Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal 2001), Ed. Hiperión, 2001

Me sobra la poesía

ME SOBRA LA POESÍA

Me sobró el resto
desde el primer beso.

Amor,
a mí desde que estás
me sobra amor por los cuatro puntos cardinales
de este país que no quería ser conquistado
y acabó enamorado de tu bandera.
Se me han roto las brújulas
y ahora mire donde mire
solo
estás
tú,
y un trozo de mar conjugado en futuro
y un beso en cada ola de tu marea
y varias frases cosidas a tu frente
para que leas poesía cada vez que te mires al espejo.

De igual manera
que me sobran las manos cuando no estás
y tengo demasiados latidos
para tan poco pecho
—aunque me hayas
hecho el corazón más grande que la pena—,
del mismo modo
que mis pies pierden el ritmo
cuando no van a tu casa
—el aire solo se mueve
cuando tú bailas—
y el cartero me pregunte por ti
de tanto escribirle tu nombre…

De igual manera,
me sobran las formas
y las excusas
y las palabras,
me sobra hasta el silencio
y el eco de las estaciones,
me sobra el pasado
y la tristeza
y los poemas,
me sobra la ciudad
y los enamorados que cabalgan sobre ella,
me sobran las mentiras
—menos esas que consiguen
que te quedes un ratito más—,
me sobran todos los besos llenos de tinta
y todas las palabras manchadas de saliva,
me sobra tu casa
y la mía
y las noches que duran días,
me sobra esta bendita paz
y esta ausencia de ruidos
que me has regalado,
me sobran mis dedos
y mis sueños
y mis dedos que te sueñan
y mis sueños con tus dedos,
me sobra el miedo
y los callejones
y la luz,
me sobran las huellas
porque me sobra el camino.

Desde que estás
me sobra todo lo que tengo
—me sobra hasta lo que no tengo—
porque tú me das todo.

Mi vida,
desde que estás tú
lo único que me falta
es la muerte.

Y no la echo de menos.

Elvira Sastre (1992, Segovia, España); Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo, Ed. Lapsus Calami, 2014

Tormenta de verano

Tormenta de verano

Para José Fernández de la Sota

Están cogidos de la mano
en silencio,
bajo los soportales.

El niño mira su columpio,
muy triste,
bajo la lluvia,
y no lo entiende.

El padre mira al niño:
es la vida, hijo
-quisiera poder decirle-,
y no ha hecho más que empezar.

Karmelo Iribarren (1959, San Sebastián, España); Seguro que esta historia te suena. Poesía Completa, 1985-2012; Ed. Renacimiento, 2012.

Soneto

Soneto

En un soneto cabe cualquier cosa:
la tarde del revés, la golondrina
que asoló con sus alas mi oficina,
y el humo, convertido en mariposa.

Le cabe la certeza luminosa
del rayo que ni cesa ni fulmina.
Le cabe la soberbia gongorina
que urdió en la noche el nombre de la rosa.

Si abarcará universos literales,
campos, espigas, lunas, mares, montes,
que, por caber, le caben catedrales

y lirios que resumen horizontes.
¿Y dices que no cabe el amor nuestro?
Si me das un papel, te lo demuestro.

Laura Campmany (1962, Madrid, España); Del amor o del agua, Ed. Bitácora, 1993 (Premio de Poesía Feria del Libro de Madrid en 1992)

La tarea

La tarea

Habría que pedir silencio, habría
que pedir que cesara el laboreo del mundo,
lo doméstico de las mujeres con su charla
cuando en el patio se ponen a tender la ropa.
El sol atraviesa las sábanas húmedas
y deja su espacio de zonas secas,
un paisaje que es otra forma de ocaso.
Me he prendido de este crepúsculo
igual que un rey loco de una reina,
me he enamorado de mi noche,
soy un mudo que desatendiese su carga,
la presión de la voz gritando por salirse
en palabras extendidas que parecen el desierto.
Hablo y me equivoco. Hablo y lo hago
torpemente, desde mi propia vigilancia
como el que aprendiera las llaves y las fórmulas
pero olvidara el dibujo en el hueco de la cerradura,
olvidara todo el vacío del cierre, el lugar
en penumbra donde el nombre encaja.

Como un golpe blanco en una víscera
Así es mi apellido diciéndome
Entre el ruido de esta hora.
Algún modo habrá de bautizarme.
En el río aun de niños nos llamábamos.
Nos gritábamos de improviso.
Luego no tuve otro modo de hablar
sino aquel que se llevó la corriente.
La gramática del balbuceo, las sílabas
De la cuna y del pecho.
La voz casi tendida de la leche.

El estrecho sitio entre la pena
y la expresión de la pena
lo ocupa un voraz verbo.
La travesía que va de nombre
a nombre un nombre la cubre.
De hierro se vuelve el aire
Que al lado del barrote circula.
El idioma devora idioma, es
sonido lo que el sonido habla.
Come, pido así, y reúne tus fuerzas,
y el lenguaje es el que se pone
a pan y agua, la lengua la que ayuna.
Mi boca es la que dice que tiembla.

A todo lo que le falta un adjetivo
lo hemos considerado muerto,
aunque esto es verdad en parte.
La muerte chupa como termita
la savia de las sílabas, se sorbe
la sustancia blanda de las frases,
las deja en médula o en tono redondo,
Arturo, Antonio, Julio, digo
como quien hace muecas contra un muro,
pronuncio, Lucio, Adela, Jesús.
Nunca se parecieron más a sus verbos,
ni fueron nunca tanto su nombre,
cáscara desnudada, puro hueso metido,
nunca se hicieron ellos de tal modo.

Hay secretos que no se cuentan.
La palabra no es ojo y menos es mano
ni cuello ni nave alta que transporte
hombres. La palabra no cosecha,
no cruza ríos ni desembarca en ellos.
La palabra es como un mantel de flores
en desvaído tergal de otra época,
un mantel viejo y sin apenas apresto
que a diario se saque y luego se pliegue,
que se use al almuerzo y cuyo trabajo
resulta mejor si en nada destaca,
si no se nota que está sobre la mesa,
todo extendido y cubierto de dones,
fruta, pan, carne. Una frágil membrana
entre el mundo y el mundo.

Existía una costumbre en la mesa,
los menores no hablaban en tanto
no preguntasen los mayores.
Como de espinas de pescado
uno se guardaba de los dientes,
el paladar se volvía una caja
y una llave. Por eso, la harina
quedaba en medio silenciosa, el agua
estaba por eso líquida, la sal salada,
las horas eran horas y era fruta la fresa,
el limón por eso volaba.

No había luna. Parecía a punto de llover.
En el patio ondearon las sábanas tendidas,
eran una envoltura destinada a nosotros.
Un fantasma de lo que ha de venir.
Alguien pidió que lo acompañásemos.
Por un lado reclamaba la voz y, por otro,
sin unirse del todo, sonaba lo pedido.
Salimos vadeando la tormenta y pensé
en aquella frase tan desdoblada y floja
si no la dicen hombres con nueva gramática.
Oímos muchas cosas en el mensaje del ángel.
La oración en el cielo funda un malentendido.
La lluvia cae siamesa sobre ropa mojada.

Carne, pan, vino, uva verde,
esto reclamas que te sea acercado.
Del extremo de la tabla opuesta
se te hace llegar hasta la boca.
De nuevo te alimentas con lo que pides.
Antes también había sed al querer leche
y el festín de trigo no tenía otro objeto
que quedar saciado. De nuevo lo dicho
se aproxima al acto de nombrarlo.
Nuevamente no hay más distancia.
No hay más ruego que éste que tiene
Los términos justos y cada uno invoca.
Cada uno bautiza aquello que llama.
Otra cosa sería argumentar la obediencia,
Dar vueltas siempre al discurso del mudo.
Ahora sólo confías en la comida clara.
Crees en nombres conciliados.

Esperanza López Parada (1962, Madrid, España); extraído de Tras(lúcidas) Poesía escrita por mujeres (1980-2016), Bartleby Editores, 2016