Marco

Marco

Ha terminado un beso.
En los labios que ya se cierran
queda una clara señal de gloria.
Hay un barco que cruza la ría,
la soledumbre de un amor que danza
hasta formalizar una suite.
El beso tiene su mediodía irrepetible,
tiene su lámpara de magnesio,
la disciplina de lo antiguo.
Si se recomenzara, se obtendrían
la desolación y la risa.

Mª del Carmen Pallares (1948, Pontevedra, España), Luces de travesía, Ed. Libertarias, 1989

Gotas

Gotas

De ti me quedan
los restos:
tres plantas, el aftershave
y los gatos.
Y alguna manía:
comer la fruta de primero
limpiar solo los viernes
y la inercia
sonámbula
de pasar todos los días
por debajo de tu casa
y sentarme
a esperar
la caída
del agua
cuando riegan
las flores
tus vecinas.

Arancha Maestro Alejos (1976, Burgos, España); extraído de LUZDEGÁS. Revista Literaria. Edición especial, Burgos, 1994

A 27 de marzo de 2019

A 27 de marzo de 2019

Mi compañera Trini es una señora
que ha cotizado cuarenta y siete años
a la seguridad social.
Con toda certeza se trata
de la empleada más antigua
de todo el complejo hospitalario.
Trini es, ante todo,
una señora
de sesenta y tres años a la que llevan
explotando desde los trece,
edad en la que para sobrevivir
se veía obligada a fregar de rodillas
en las casas de los señoritos
que a la hora de comer
la marginaban en una habitación aparte
con unos cubiertos aparte
y un plato aparte, frío
con las sobras de los pucheros
que ella misma preparaba para todos.
A Trini le da miedo jubilarse, ella cree
que si se queda en casa la visitará la muerte
y que la encontrará desprevenida
ordenando los armarios o quitando el polvo,
por eso Trini cada día madruga
y entre las máquinas practica los pasos
que aprende por las tardes en clases de bachata,
así la muerte, si la visita,
no tendrá más remedio que dar con ella
bailando entre las lavadoras.

Begoña M. Rueda (1992, Jaén, 1992); Servicio de lavandería. Ed. Hiperión, 2021

Lluevo

Lluevo

Lluevo en esta ciudad
envuelto en frío, en aguacero, en noche,
y cuanto toco queda convertido
en una calle solitaria y triste
hecha de casas muertas, y en farolas
de cuyo resplandor nacieran ruinas
y a millones las cruces.
Lluevo sin tregua en todos los rincones,
sobre puertas cerradas y en abiertas
alcantarillas ciegas que se llevan
hasta el mar las estrellas.
Mi corazón es charco y cuando anclan
en él las negras nubes
no pueden ser más náufragas,
y con sólo morirme me confundo
en un luto de pájaros.
Lluevo sobre las ramas
desnudas de los árboles y lluevo
dormido sobre el banco de ese parque
constelado de sueños que mendigan
a las sombras que pasan,
por la mucha tristeza de las cosas
que se acaban.
Y a manos llenas lluevo en el cristal
de la fosca ventana de mi estudio,
y las gotas que lluvian
mi corazón por dentro
son las mismas que bajan y resbalan
trazando bellos signos
que podría leer, si no tuviera
en los ojos mi lluvia tantas lágrimas.

Andrés Trapiello (1953, León, España); de Un sueño en otro (2004). Extraído de La fuente del encanto. Poemas de una vida (1980-2021), Ed. Fundación José Manuel Lara, 2021.

Qué difícil es acariciar

Qué difícil es acariciar

¡Qué difícil es acariciar las plumas de un ángel!
por muy cerca que esté, rehúye el roce;
por miedo a que lo atrapes,
da vueltas, regresa – su aleteo inaudible,
es el único sonido que puede producir.
Ellos, los ángeles, no saben hablar,
no son adecuadas las palabras
para su expresión,
su mensaje mudo es la presencia.
Suelen acercarse
para envolverte con su aura,
pero enseguida se alejan, atemorizados por la intimidad,
protectores, pero no familiares,
dejan siempre una distancia por la que
mis palabras se arrastran para alcanzarlos,
sin saber si no son demasiado débiles para llegar a su oído.
¡El handicap de la fe!:
no saber si te están escuchando, ni si escuchas.
De todos los sentidos sólo queda el sueño táctil
de acariciar, sin asustarlo, las plumas de un ángel…

Ana Blandiana (1942, Rumanía); Mi patria A4, Ed. Pre-Textos, 2014

Pavana del desasosiego

Pavana del desasosiego

A Félix

Y de pronto la vida se explica de otro modo,
y nuestro corazón se vuelve loco.

.Todo se ha transformado en un instante,
los árboles susurran como niños
que estuviesen contándose un secreto.

Desde algún territorio inolvidable
llega el canto coral de las ballenas.

Tú te sientas al borde de la música,
hundes tu corazón en los abismos
de una luz que propaga un fresco aroma
de naranjos en flor, de caracolas,
de miradas que brotan como espigas
y que vuelven de no se sabe dónde.

El tiempo te acompaña enternecido
y en la penumbra llora una guitarra
una canción para que duerma el mundo.
La voz de la piedad cruza el silencio:
escondida en la música, la vida
cuenta la historia de su amor secreto.

amor, loco cisne abandonado,
ay amor, que una vez nos contaste tu leyenda
para marcharte luego a recorrer el mundo.
Ay amor, ay amor, dulce alimaña,
doméstico caimán que nos devora
sin dejar de llorar desconsolado, ay amor,
que te fuiste tan pronto, tan sin causa
cuando dolías tanto que pensábamos
que ibas a ser eterno.

Y ahora vuelves, regresas con tus lágrimas,
con tus alegres lágrimas traslúcidas,
con tu llanto inmortal y tu rocío,
tu aguacero de ópalos que buscan
las amapolas de nuestro corazón
para condenarlo de pálida hermosura.

Y de pronto la vida se explica de otro modo
y la tarde regresa a la mañana,
y la noche se enciende como un cráter
que todo lo calienta y lo ilumina.
Y el tiempo, el viejo tiempo abandonado,
escucha la canción de la guitarra,
oye con estupor su anochecida historia.

Dentro de los espejos, los recuerdos
juegan al corro y a las cuatro esquinas
y la música tiembla en el azogue
como una mariposa deslumbrada.

Ay amor, ay amor que nunca acabas,
que regresas cantando tu canción
y a su compás la vida cambia el paso
y de pronto se explica de otro modo
y se encienden las luces de la casa
y todas las ventanas dan al mar.
Ay amor, ay amor que nunca mueres,
que sigues remendándote las alas,
pisando con cuidado los escombros
como si fueran campos de cantueso.

Ay amor, ay amor, luna creciente,
guitarra, clavicordio y violonchelo
de una orquesta que vaga por el aire
regando con su música el desastre
mientras el corazón despavorido
siente cómo lo acunas
con tu pavana del desasosiego.

Francisca Aguirre (1930-2019, Alicante, España), Pavana del desasosiego (Premio “María Isabel Fernández Simal” 1998), Ediciones Torremozas, 1999

Piezas para piano

Piezas para piano

VII

1
Si la lluvia cantara
sonaría como este piano lento
que da vueltas en torno a un solo motivo.
Pero la lluvia no canta.
La lluvia es silencio desde el piso doce.
Y solo percute contra el vidrio cuando el viento la empuja
y ella suena susurrante o brusca.
Casi siempre la lluvia pasa en silencio frente a mi ventana
y yo intuyo que lleva ganas de cantar un canto triste,
un canto de piano sin palabras posibles.
 

2
Yo no soy.
Soy las cosas que pasan,
la lluvia bendita.
Si algo soy, soy alguien que ve llover,
que oye llover,
soy un oído entre la música del viento,
una piel entre el frío del viento,
alguien que yace
mientras afuera hay una ciudad que no conozco,
que apenas olfateo.
Soy ese perfume que desconocía.

Darío Jaramillo Agudelo (1947, Colombia); Cuadernos de música; Ed. Pre-Textos, 2008

Tango 2

Tango 2

Cómo decirle al Tiempo que desande los pasos
y nos vuelva a entregar lo que nunca fue suyo:
el fulgor de un milagro, la limpia mordedura
de la dicha en la carne, la piel en plenilunio.

Cómo decirle al Tiempo que el otoño es mentira
y que la vida puede valer lo que una noche
de julio solamente porque tuvo el deseo,
el ardor excesivo de una piel de sirena.

Cómo pedirle al Tiempo que nos lleve desnudos
al fondo de la noche, la mutua encrucijada,
a desmentir la muerte con la ebriedad concisa
de saberse elegidos y elegir el fracaso.

Cómo pedirle al Tiempo que nos deje siquiera
una memoria blanda que registre los ecos,
los olores, la risa, la intuición dolorosa
del temblor que sentimos como un dios pasajero.

Aurora Luque (1962, Almería, España), Problemas de doblaje, Ed. Rialp, 1990