Visiones I

Visiones I

Inútil perseguirte. Por las frondas
te buscas y te encuentras incesante,
exenta como torre de campanas.

Yo sólo soy testigo del hallazgo,
territorio asombrado en que se funden
las huellas y los pasos de un instante.
* * *
En el prado tendida contemplabas
esa red vegetal con que los árboles
intentan apresar las fugitivas
aves que son nubes.
* * *
No puede ser veloz la trayectoria
de tu agudo quejido acribillado
¡oh animal malherido
entre las ramas!
* * *
Luciérnagas del agua, las estrellas,
clavadas en el río simulaban
ojos de luz inmóviles negándose
a la ley inmutable del transcurso.
* * *
Cuando el espejo me tendió la imagen
mirarse fue reconocer un rostro
* * *
Cruzar la soledad de una tiniebla
sintiendo aletear entre las manos
el corazón en vuelo de la noche
* * *
Raíz. Mineral. Astros.
Negaciones del tiempo
que nos finge el espacio.
* * *
Como duros luceros condenados
a la contemplación de la negrura
dejábamos flotando nuestros rostros
sobre el agua recóndita del pozo.
* * *
Gravitando en los párpados tu cuerpo
me cerrará los ojos para el sueño.
Con la luz se abrirá mi cuerpo a ti.
* * *
Un velo arrasa solitario el cielo
arriesgada propuesta de la altura;
el mar lo copia inverso en lo profundo
convirtiéndole en par su tentativa.
* * *
Nosotros sólo somos el lugar de la cita.
El encuentro es un águila bifronte
que ha cegado el destino.
* * *
El secreto es la voz
de lo ya dicho.
El misterio, la clave
del enigma.

Amparo Amorós (1950, Valencia, España), Las diosas blancas. Antología de la joven poesía española escrita por mujeres, Ed. Hiperión, 1985

Las huellas de los osos

Las huellas de los osos

Si la belleza es verdad y la verdad belleza
para mirar de frente los espejos sin fondo,
la ausencia que perdura después de su intemperie,
los signos que descifran plenitud a su paso.

Es nuestro este momento tendido entre los siglos
y el tiempo en su trineo nos lleva mundo abajo.
En la ladera nevada el blanco nos escribe
cotillo desdibujado en nuestros ojos,
después los valles que fermentan los nombres,
la forma fértil de duda o de quimera
y el instante para ser feliz sin simulacro.

No queda vértigo en los rojos escaramujos de diciembre.
Solo en nuestras pupilas perduran los lugares,
los gestos que nos miran detrás de los deshielos.

Yo quiero ser alguna vez de la memoria
en el blanco corazón del paraíso,
las huellas de los osos que sin estar estaban,
pasos a campo abierto, sin nostalgia ni excusa.

Amalia Iglesias (1962, Palencia, España), La sed del río, Ed. Reino de Cordelia, 2016

También he llorado

También he llorado

Cuando alguien llora en la calle miramos
en general es una mujer la que llora,
es común verlas pasar llorando
y pensar que alguien le rompió el corazón
que algo le pasó a un hijo, a un padre
que la echaron, que está sensible,
pero nunca a un hombre he visto llorar en la calle
hasta hoy cuando paseaba y junto a mí pasó
un hombre llorando en silencio
caían lágrimas de sus ojos, lágrimas hasta su boca
y le habría tomado la mano,
su mejilla con la mía
y lo habría besado
sin decirle nada lo habría besado.

Milagros Abalo (1982, Chile); Esto es, Ed. Hueders, 2016

Está creciendo el número de espectadores

Está creciendo el número de los espectadores.
No como una marea, no:
como crecen los sueños
cuando el que sueña quiere saber qué se le oculta.
Crecen desde los huecos, desde los callejones,
desde la transparencia de las ventanas, desde
la trama, el argumento,
complicando la historia
ocupan las rendijas, los ojos de las tejas,
cruzan por las cornisas,
por los desagües bajan,
crecen en todas direcciones,
dispersando complican,
añaden, superponen, indagan desde dentro
lo que fuera no alcanza, gigantesco
cuerpo vampiro que procura
saberse vivo por un tiempo,
saberse vivo por más tiempo,
saberse vivo tras la página
que le invita a crecer, denso, fluido y compacto,
urdiendo sus defensas
al tiempo que investigan la manera
de saber sin sufrir,
de ver sin ser vistos.

Chantal Maillard (Bruselas, 1951) de «Matar a Platón» Ed. Tusquets, 2004

En la sala de lectura del insomnio

En la sala de lectura del insomnio,
cuando el camión de la basura es
la única respuesta al silencio
y cada instante es un amante
que matamos en un abrir y cerrar de piernas,
acompaño en eco, hasta la estación,
los pasos apresurados de las empleadas domésticas.
Para ellas, no existe el infierno. Simplemente,
evitan soñar.
Para nosotros, el autobús 738 siempre irá al Calvario,
aunque paguemos el billete.
En el horizonte lento pero seguro de una utopía light,
paso el día vendiendo mi tercer mundo
en coloquios y conferencias internacionales.
Les muestro a todos el canino de oro,
mi piel de jirafa,
la bibliografía en francés.
Escribo la palabra vacío
después de la palabra espera.
Poso las manos sobre mis rodillas cansadas.
Limpia
pero mal vestida,
-mirad-
soy el nuevo modelo para el fracaso.

Golgona Anghel (1979, Rumanía); Vine porque me pagaban, Killer71 ediciones, 2019

Desde dónde hablar

¿Desde dónde hablar?

Es inútil ocultarse tras la piel de un poema,
calzarse la incertidumbre de alguien
que siendo tú es otra a la vez.

¿Cómo decir que esa que no eres tú
-porque no lo eres- también eres tú?

¿Cómo conjugar ficción y realidad
para que mentira y verdad, sueño
y deseo, -sueño y sueño-, coincidan?

¿Cómo decir para que otra piel,
otra boca, otra mente, otras manos
encuentren en un verso el lugar anhelado?

¿Cómo pasar del poema
a la vibración del cuerpo?

¿Al suspiro contenido?

¿Al grito varado en el silencio?

¿Cómo?

¿Cómo hablar cuando toda tú
entras y sales del verso sin saber
si el poema te acoge o te expulsa?

¿Cómo hablar?

¿Cómo decir que escribes
porque no puedes resolver tanta contradicción,
tanto desencanto, tanto amor encadenado,
tanto tiempo prisionero en un bolsillo?

¿Cómo decir sí o no
sin sentir un pellizco en el alma?

¿Cómo conciliar los contrarios
sin un poso de culpa?

¿Desde dónde hablar?

Ángela Serna (1957, Salamanca, España); Solitudine, AA ediciones, Colección Menhir Poesía, 2015

Por qué hoy la poesía

Por qué hoy la poesía

por qué hoy la poesía
para qué
para mantener una luz encendida
porque bebés siguen naciendo
cachorros flores
hermosas
dignas
posibilidades
y nadie sabe qué los llama
porque en algún momento todos
extendemos los brazos
necesitamos agarrar
personas calor cosas
algo
y ese algo
bien puede ser un poema

Carmen Beltrán (1981, Logroño, España); La meteoróloga de sí misma (Antología personal 2004 – 2014), Ed. La cabaña del loco, 2018

Podría

Podría ahora,
mientras un hombre duerme aquí a mi orilla
remontarme por el río de la sangre
hasta la piedra primera de mi especie,
hasta el vértigo inicial de una mujer ceñida
por los signos, apenas descifrables,
que fueron roturados en su cuerpo.
Mi madre, y la suya, y la suya de la suya,
se agachan despacio y miran en silencio,
se acuclillan despacio.
La mujer que es primera de mi genealogía
calienta en su entraña aquello que rezumo:
la tintura más roja de la sangre,
el ocre de la piel sobre sí vuelta
hasta alargar las manos y el deseo,
ese blanco sin adjetivos de las lágrimas
o la leche que nace por sí sola.
La palabra es una excrecencia más tardía,
no nos ha sido dada por igual,
ni siquiera en mi origen más cercano
se encuentra el don de hablar y conjurar la muerte.
Por eso estoy condenada a nombrarlas a todas.

Mª Ángeles Pérez López (1967, Valladolid, España); Tratado sobre la geografía del desastre,  Ed. Verdehalago, 1997

Treinta años

Treinta años
y todavía no he escrito aquel poema

con sus relojes
con sus calendarios
con los hijos que crecen
y el olvido

algún día…

(recuerda a la jovencita sin paraguas
está aquí
aguardando)

treinta años
—ya han crecido las rosas—
y aún espero
que suceda el prodigio
que florezca tu nombre

Esperanza Ortega (1953, Palencia, España), Algún día, Ediciones Portuguesas, 1988. Extraído de Lo que va a ser de ti, Ed. Plaza & Janés, 1999