Hay demasiadas cosas de las que preocuparse, siempre distintas, siempre imprescindibles, y nunca se termina, y apenas se respira… Y además está el muchacho que jamás nos mira, la chica que no sabe que la amamos y Platón predicando represiones…. Y a esto le llaman vida…
Carmen Jodra (Madrid, 1980 – 2019); Las moras agraces, Ed. Hiperión, 1999. (XIV Premio de Poesía Hiperión)
Esta planicie sigue siendo el oeste y en mí siempre cupo el espanto de los grandes desiertos, de la soledad de la encina de Castilla. Jamás laberinto más terrible que aquel que no conoce muros.
La noche se cierne aquí sobre nosotros de una sola vez y por entero y cuando el sol te inunda -qué hacer si te calcina- nadie se puede guardar.
Abandonados somos a la llanura.
Maribel Andrés Llamero (1984, Salamanca, España); Autobús de Fermoselle, Ed. Hiperión, 2019 (Galardonado ex-aequo con el XXXIV Premio Hiperión de Poesía 2019).
Al abrigo de la arboleda de Soto del Real y cerca de María Fernanda y Emilio Barrachina
Tengo delante de los ojos el asombro de la arboleda que me abraza. Miro los fresnos susurrantes, los callados abetos, los sauces melancólicos y no sé bien qué hacer con el desperdicio intangible que llamamos tristeza. La tristeza es quizás el mejor animal de compañía, la fiera más doméstica, pero también la más hambrienta. La tristeza es un hueco que nos sigue y que al menor descuido nos alcanza, se sitúa delante de nosotros y nos canta su nana de desdichas, su lamento de fiera abandonada, su machacona relación de oprobios, su quejido de bicho que se empeña en pegarse a nosotros y decirnos que no la abandonemos a su suerte, que nuestra obligación es adoptarla. El viejo desperdicio de la pena, tan opaco y radiante a un mismo tiempo, nos va reconociendo con su hocico y nos lame las manos con su lengua y se acurruca manso a nuestro lado: conoce palmo a palmo el territorio. Sus lágrimas nos lavan con modestia, mientras el animal nos sigue terco, con la amable seguridad que da el abismo.
En las ventanas de casa los años centellean. Yo aún recuerdo tus manos temblando en ese primer regalo que me hiciste, cuando eras un hombre que hoy dices que está muerto. Recuerdo tus manos y tus ojos, recuerdo Barcelona dentro de un taxi, recuerdo las cosas que dijiste, todas las palabras. Recuerdo las sillas de ese café, la mesa con patas de aluminio, la dulzura salada de tus besos y mis nervios aflorando como árboles al darte la mano. Somos más viejos pero somos los mismos, y todo lo que tengamos que hacer lo haremos juntos. No pienses demasiado y ponme el abrigo; y no dejes que se enfríe el pastel de manzana que siempre compartimos.
Noemí Trujillo (1976, Barcelona, España); La muchacha de los ojos tristes. Poemas, homenajes y estrés; Parnasse Ediciones, 2011
Nos gustaba impulsarnos de la mano y salpicarnos todo el eros de política. Como en aquella foto movida y entusiasta que nos hicieron saltando en multitud. Sólo después supimos adónde: cada salto inventaba su lugar.
¿Y si rompemos esto –nos decíamos– y luego lo volvemos dulcemente a construir? Estábamos desnudos, estábamos furiosos y queríamos llevarnos las sobras a casa.
Con el paso del tiempo nuestros cuerpos detenidos transparentaron el paisaje, o nos caímos de la fotografía por un agujero que nadie esperaba.
De lo que hicimos queda el lugar, un aire eufórico y algo hecho añicos que aún respira. La historia cruje. Y la hostigamos. Amor es una escala de violencia.
Estoy en casa sola, escucho jazz, una canción que me habla de la lluvia mientras las gotas, aún lentas, caen desconcertadas sobre este cristal que me hace ver la noche y tu recuerdo.
Es la canción de las cosas perdidas, que regresan en noches de verano igual que una tormenta inesperada.
Y bailo enloquecida con tu ausencia, y se calman la lluvia y el desgarro, y suave es la canción, como la noche.
Los amores difíciles están en la canción y en esta lluvia que ahora cae fina en la ventana.
Y las gotas de nuevo se deslizan lentas sobre el cristal con su promesa de imposible regreso de las cosas perdidas.
La canción terminó y voy a la cama, mientras la lluvia fuera me susurra —no sé si es un consuelo o una advertencia todo se alcanza al fin, pero a destiempo.
Ioana Gruia (1978, Rumanía); La luz que enciende el cuerpo, Ed. Visor, 2021. Premio Hermanos Argensola 2021
Cuando yo no te amaba todavía -oh verdad del amor, quien lo creyera- para mi sed no había ninguna preferencia verdadera. Ya no recuerdo el tiempo de la espera con esa niebla en la memoria mía: ¿El mundo cómo era cuando yo no te amaba todavía? Total belleza que el amor inventa ahora que es tan pura su navidad, para que yo la sienta. Y sé que no era cierta la dulzura, que nunca amanecía cuando yo no te amaba todavía.
Mª Elena Walsh (1930-2011, Argentina), Poemas y canciones, Ed. Alfaguara, 20014
Mutatis mutandis Recuerda que yo existo porque existe este libro, que puedo suicidarnos con romper una página. Luis García Montero Porque puede, uno a veces se pregunta
–como quien mastica una resaca aún a medio sueño y ve pasar la noche (dios, qué noche) por el tamiz de una miopía de chupitos y se arrepiente, es un decir, de tener amigos– decía que entonces uno piensa –o algo parecido– si este puñado de salpicadas líneas horizontales son la imagen de un cuerpo vertical que busca re- conocerse.
Sara Alonso Palicio (1991, Asturias, España); Las costumbres vacías, Ed. Trabe, 2015 (Premio Asturias Joven 2014)
Es siempre la memoria amarga copa que promete consuelo y todo quema tan pronto como roza nuestros labios. Amor, verdad, locura. Imprevisible materia de la vida y de los sueños que levanta castillos en el aire y traza laberintos infinitos sobre el mapa de nuestro corazón. En la insaciable sed de la nostalgia, Todos los fuegos son el primer fuego.
Victoria León (1981, Sevilla, España); Secreta Luz, Ed. Fundación José Manuel Lara, 2019 (Premio Iberoamericano Hermanos Machado)