Lluvia

LLUVIA


Baja así, agua del cielo
Claudio Rodríguez


Sin importancia alguna
baja así, agua del cielo.
Llega exacta, vistiendo prontitud
y luminosidad
última en su ser húmedo.
Hacia la tierra, anónima esperanza
de los áridos cuerpos,
llega así este pretil de calma extrema
y transparencia líquida.
Y será aquí, en la tierra,
donde esta claridad busque cobijo
desde su cadenciosa tentativa del aire.
Y será desde el suelo,
aquí, donde la imagen es sonido
y el cansancio palabra,
desde donde hallará
la vertical tendencia a su caída
y la grandiosidad del amplio cielo.

Pedro Gascón (1997, Albacete, España); Las mudas soledades; Chamán ediciones, 2017.

No reciclable

No reciclable

El tiempo descuartiza el recuerdo
J. A. Garriga Vela   
             

Deberían barrer estos despojos.

El envase del tiempo, su envoltorio,
su estuche acartonado, su vidrio desechable,
la cueva primordial, las alcobas del tiempo,
las mansiones perdidas, las arcas perfumadas,
su traje de madera, sus maletas azules,
la cáscara amarilla y las bolsas anónimas,
la jeringa, la cápsula, el gotero invertido,
el deseo y sus larvas, sus crisálidas huecas,
sus vuelos cancelados, las gardenias marchitas,
el nocturno almacén, la nave congelada,
el sucísimo altar del carnicero.

Deberían limpiar estos residuos.

Aurora Luque (1962, Almería, España), Transitoria, Ed. Renacimiento, 1998

El mal poema

El mal poema

En ciertos momentos
resulta útil llevar en el bolso un buen poema malo,
malo o a todas luces mejorable, con indicios suficientes
—un lugar común, rimas facilonas, adverbios de emergencia—
para sospechar de él:
un poema, propio o ajeno, posiblemente malo.
Un poema de almanaque, prefabricado, auxiliar,
con estrofas de fieltro y sin salida
que amontonan palabras manoseadas
como mujeres, árbol, lunas,
memoria, tristumbre, refectorio.
Un poema que parezca una poesía,
una carta de soldado, un chicle pegado a una carpeta,
un ripio catedrático, el tango de un progresista,
falso, previsible, desafinado,
que escondo y uso a solas
como un pedazo esculpido de látex.
Un texto de una noche,
que se pierda, que se pudra, que caduque,
un poema de papel
donde poder limpiarme las lágrimas,
las gafas, la cicatriz, el semen.
Palabras de amor donde el amor no quepa.
Este poema
u otro,
uno cualquiera,
de bote, temporero, de pared,
vital y fucsia como todos los poemas malos,
urbano y quejumbroso como todos los poemas malos,
malo como todos los poemas que ganan un certamen.
Pero práctico y de efectos inmediatos,
plegable y extensivo,
sobre el que sentarme a merendar en la era
o guarecerme de la nube que descarga de improviso.
Un poema feo, gastado, utilitario,
lima, abanico, naipe, encendedor,
una rampa, una navaja, un pasamanos.
Un poema
color carne
con que embridarme el pecho esta mañana
donde curar con sal aceitunas negras
y lavar a mi padre cuando ya no se valga.

Carmen Camacho (1976, Jaén, España); extraído de (TRAS)LÚCIDAS. Poesía escrita por mujeres (1980-2016), Bartleby editores, 2016.

Tuneando al pirata cojo

Tuneando al pirata cojo


(Léase recordando la encantadora música de Joaquín Sabina)


No soy una chica con la lágrima fácil,
De esas que se quejan sólo por vicio.
La vida no se deja ni coger de la mano
y me escupe: -Tú no sabes mi oficio.
Aunque sale caro hasta soñar
y disfruto con mi encarnación,
con un poco de imaginación
partiré de viaje enseguida
a vivir otras vidas,
a probarme otros nombres,
a colarme en el traje y la piel
de las mujeres
que tal vez seré.
Ser Michelle en Chicago,
Pasionaria en las minas,
Camille en Montparnasse;
guerrillera en Colombia,
ménade por las noches,
Juana de Arco en Orleáns.
Reportera en Sodoma,
amazona en Turquía,
en Siberia ser tren;
¿chica Bond? Ni lo sueñes;
trapecista en el bosque,
Eleonora en Napolés.
Colette en Montecarlo,
un buen vino en tu boca,
Sontag en Nueva York;
la poeta del barrio
aunque sé que no toca,
hereje en religión.
Levitando, Teresa,
doña Pepa por Cádiz,
Marianne en París;
Mariana en Granada,
bodeguera en Burdeos,
prima de Thelma y Louise.
Nadadora en Australia,
insumisa en la tierra,
Liza en su cabaret;
escritora en tu espalda,
con Rossini soprano,
la que quemó el burdel.
La Zambrano en La Habana,
Isadora en Atenas,
y Zinda en Angolá;
nómada por tu cama,
directora en Viena,
por Oriente, Calaf.
Libertad en Mahattan,
Ágata detective,
Vanessa en Camelot;
guionista en tus sueños,
Nausica fugitiva,
sirena en tu colchón.
Alpinista en el Tíbet,
Lisístrata en la guerra,
Murasaki en Japón;
ser un río en la India,
Aphra Benn por los mares,
y Frida en Mexicó.
Pero si me dan a elegir
Entre todas las vidas, yo escojo
la vida de gaviera que trepa por el palo,
con ojos abiertos, telescopio en la mano,
curtida en el mar, capitana
de un barco que tuviera por bandera
un par de alas y una estrella nueva.

Aurora Luque (1962, Almería, España); Gavieras, Ed. Visor, 2019 (XXXII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe)

Encuentro

Encuentro 

Lo acabo de ver. Pasó cerca,
junto a mí. Cuando cruzaba mi calle.
Tenía tus mismos ojos.
He sonreído. Él—tú—,
un instante, me ha mirado.
Desde no sé qué remota distancia,
desde no sé qué estrella sin nombre,
desde no sé qué mundo intransitable,
desde no sé qué hora.
Tú, él, me habéis sonreído.
Desde no sé qué inexplorada profundidad,
desde no sé qué límites,
desde no sé qué increada palabra,
desde no sé qué última, qué primera mirada.
Desde no sé qué angustia.
Cuando cruzaba mi calle, —extraño, verdad, presencia—
él, tú, los dos,
—realidad—me habéis dejado
en el aire
una sonrisa.
Tú. Él.
Acabo de ver tus ojos.

Elena Martín Vivaldi, Materia de esperanza, Ed. Albaicín, 1968

Espera

IN MEMORIAM

Espera


Y tú me dices
que tienes los pechos vencidos de esperarme,
que te duelen los ojos de tenerlos vacíos de mi cuerpo,
que has perdido hasta el tacto de tus manos
de palpar esta ausencia por el aire,
que olvidas el tamaño caliente de mi boca.

Y tú me lo dices que sabes
que me hice sangre en las palabras de repetir tu nombre,
de golpear mis labios con la sed de tenerte,
de darle a mi memoria, registrándola a ciegas,
una nueva manera de rescatarte en besos
desde la ausencia en la que tú me gritas
que me estás esperando.

Y tú me lo dices que estás tan hecha
a este deshabitado ocio de mi carne
que apenas si tu nombre se delata,
que apenas si eres cierta
en esta oscuridad que la distancia pone
entre tu cuerpo y el mío.

José Manuel Caballero Bonald (1926, Jerez de la Frontera, Cádiz – 2021, Madrid), Las adivinaciones, 1952. Extraído de Selección natural, Ed. Cátedra, 1983. Edición del autor.

La ventana

La ventana


La ventana engrandece lo que enmarca,
une todo con todo: el estudiante
de la bufanda roja, el perro absurdo
que observa con su hocico, los obreros
de azul saliendo de aquel bar con prisas,

en ella,
ahora,
significan más.

Basta con acotar nuestra mirada,
para que en su interior crezca una red
que pesca entre las cosas peces vivos.

Escribir poesía es de algún modo
estar enfermo de buscar ventanas.

Y estar enfermo de pensar quién puede
borrosamente
desde el otro lado
mirarte a ti
significando qué.

Lorenzo Oliván (1968, Cantabria, España); Para una teoría de las distancias de, Ed. Tusquets, 2018

Anecdotario

Anecdotario

Tengo muy pocas cosas claras
pero una de esas pocas cosas
es que sin la música yo habría sido otra,
y esa otra habría sido peor.
Todo cuanto recuerdo
está relacionado con la música
desde mi padre que siempre cantaba
mi madre que siempre cantaba
(hasta que dejó de cantar durante mucho tiempo)
mis tías mis tíos mi abuela.
En casa todos cantaban
y después del desastre
pasado un tiempo todos volvieron a cantar.
Mi madre y la abuela
de manera distinta como con sordina
pero los tíos y las tías
como siempre.
Y nosotras con ellos.
Veo a mi abuelo en 1934
oyendo tangos de Gardel junto a mi padre.
En 1939 los tíos en Barcelona cantaban
«Junto al Puente de la Peña una tarde la encontré».
¡Qué bonita era Barcelona!
Y qué alegre estaba mi padre
mientras cantaba «No era calle que era un río».
Fui al Ateneo en 1958 para oír a un poeta joven
que leyó un poema titulado
«Largo para clavecín solo».
Me gustó el poema y me gustó el poeta. Me enamoré.
Nació mi hija en 1965:
el poeta argentino José Alberto Santiago
la dormía cantándole vidalitas.
Y la voz arrolladora del cantor Jaime Dávalos
también argentino la despertaba.
Mis hermanas y yo vivíamos para la música
y gracias a la música creíamos en el futuro.
Llegó el amor y con él llegó el flamenco.
Llegó mi hija y con ella llegó Keit Jarret
y llegó también la alegría y la felicidad.
Todo estaba bien.
El mundo tenía sentido.
¿Cómo hubiera sido ese mundo nuestro sin la música?
¿Cómo habría sido sin oír a mi niña cantando:
«Pasaba por aquí…»

Francisca Aguirre (1930- 2019, Alicante, España); Historia de una anatomía, Ed. Hiperión, 2010

Mi trabajo consiste

Mi trabajo consiste
en asesinar la luna,
por eso me pagan.
Hago pentagramas
con expedientes
amarillos
y pompas
de jabón.
La administración pública
está llena de silencios
que entierro en mis pies
y a veces
(sin querer)
me traigo a casa.
Me he sentado
en el despacho vacío
y querría crear
algo más
que decretos
y metáforas.
Ahora cocino mi piel
con ajitos frescos,
a nadie le importa
lo que llevo dentro.
Levanto las cejas
y a veces sueño.
No tengo dibujos
ni apellido
ni dinero.
Tengo una cuerda floja
donde mezclo mis besos.


Noemí Trujillo (1976, Barcelona, España); Lejos de Valparaíso, Ed. Sial, 2009