Llueve

Llueve

En esta tarde llueve, y llueve pura
tu imagen. En mi recuerdo el día se abre. Entraste.
No oigo. La memoria me da tu imagen solo.
Solo tu beso o lluvia cae en recuerdo.
Llueve tu voz, y llueve el beso triste,
el beso hondo,
beso mojado en lluvia. El labio es húmedo.
Húmedo de recuerdo el beso llora
desde unos cielos grises
delicados.
Llueve tu amor mojando mi memoria
y cae y cae. El beso
al hondo cae. Y gris aún cae
la lluvia.

Vicente Aleixandre (1898, Sevilla- 1984, Madrid, España): Poemas de la consumación; Ed. Plaza & Janés, 1978. Con este libro ganó el Premio Nacional de la Crítica en 1969. Le concedieron el Premio Nobel de Literatura en 1977.

Hubo un tiempo

Hubo un tiempo

Hubo un tiempo en el que el amor era un
intruso temido y anhelado.
Un roce furtivo, premeditado, reelaborado durante
insoportables desvelos.
Una confesión perturbada y audaz, corregida mil
veces, que jamás llegaría a su destino.
Una incesante y tiránica inquietud.
Un galopar repentino del corazón ingobernable.
Un continuo batallar contra la despiadada infalibilidad
de los espejos.
Una íntima dificultad para distinguir la congoja del
júbilo.
Era un tiempo adolescente e impreciso, el tiempo del
amor sin nombre, hasta casi sin rostro, que merodeaba,
como un beso prometido, por el punto más umbrío de la
escalera.

Ana Rossetti (1950, Cádiz, España), Los devaneos de Erato, Ed. Prometeo, 1980

La trampa del teléfono

La trampa del teléfono


Este es mi contestador automático.
Para herir, simplemente marque 1.
Para contar mentiras que me crea, marque 2.
Para las confesiones trasnochadas, marque 3.
Para interpretaciones literarias producto del alcohol, marque 6.
Para poemas, marque almohadilla.
Para cortar definitivamente la comunicación,
no marque nada, pero tampoco cuelgue,
titubee en el teléfono (a ser posible durante varios meses)
hasta que note que voy abandonando el aparato
a intervalos de tiempo cada vez más largos
No desespere. Aguante.
Espere a que sea yo la que se rinda.
Le evitará cualquier remordimiento.
Gracias.


Vanesa Pérez-Sauquillo (1978, Madrid, España), Bajo la Lluvia equivocada, Ed. Hiperión, 2006. IX Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid

La vida responsable

La vida responsable

Conducir sin tener un accidente,
comprar desodorante y macarrones
y cortarles las uñas a mis hijas.
Madrugar otra vez, tener cuidado
de no decir inconveniencias, luego
esmerarme en la prosa de unos folios
que me importan exactamente un bledo
y darme colorete en las mejillas.
Recordar la consulta del pediatra,
contestar al correo, tender ropa,
declarar los ingresos, leer libros
y hacer unas llamadas por teléfono.
Me gustaría permitirme el lujo
de tener todo el tiempo que quisiera
para hacer un montón de cosas raras,
cosas innecesarias, prescindibles
y, sobre todo, inútiles y bobas.
Por ejemplo, quererte con locura.

Amalia Bautista (1962, Madrid, España); Cuéntamelo otra vez, Ed. La Veleta, 1999

Déjame acariciarte lentamente

SUCESIVA

Déjame acariciarte lentamente,
déjame lentamente comprobarte,
ver que eres de verdad, un continuarte
de ti misma a ti misma extensamente.
Onda tras onda irradian de tu frente
y mansamente, apenas sin rizarte,
rompen sus diez espumas al besarte
de tus pies en la playa adolescente.
Así te quiero, fluida y sucesiva,
manantial tú de ti, agua furtiva,
música para el tacto perezosa.
Así te quiero, en límites pequeños,
aquí y allá, fragmentos, lirio, rosa,
y tu unidad después, luz de mis sueños.


Gerardo Diego, Alondra de verdad, 1926-1936

El color de la lluvia

Poema recitado por la poeta Ángela Serna

El color de la lluvia 

¿De qué color es la lluvia cuando llega a tu piel?
¿y de qué color cuando llega a la mía?
¿De qué color es cuando se conjugan los colores
y chispas de nuestro juego amoroso?
A veces somos lluvia y fuego,
a veces  tímidas nubes al acecho.

¿De qué color es la tierra cuando la lluvia la acaricia
y cuándo el goce de su unión la hace danzar?
¿Y de qué color es el río que limpia todo
y cuando la lluvia huye sin destino?
A veces soy burbuja al aire
a veces chispa de colores.

¿De qué color es la hierba que nos acoge
cuando nuestra pasión busca un cobijo?
¿Y de qué color son mis miedos y ansiedades
cuando la luz de mi ser se va apagando?
Y el firmamento con guiños húmedos
calma mis ardores.

Y hoy llegó la lluvia vestida de luces
Iluminando mi inhiesta sombra,
traía el mensaje de los dioses.
Lluvia de colores al infinito
tu color es del corazón que te ama,
generosa y amada lluvia.

Parapa limpin    

¿Ima llimpiyuqmi para qaraykiman chayaptin?
¿Ima llimpiyuqtaq ñuqapa qarayman chayakuptin?
¿Ima llimpiyuqtaq llimpikuna, k’achachaykunapas,
kuyanakunchik pukllakuspa  tinkuptinku?
Huk kutikuna parapas ninapas kanchik
hukkunataq qawapayaq mancharisqa puyukuna.    

¿Ima llimpiyuqtaq pacha, para wayllukuptin,
kusikuyninpas kuskachakusqanrayku tusuchirqa?
¿Ima llimpiyuqtaq  mayu llapanta aytiptin
parapas maykamapas  ayqichirqa?
Huk kutikuna puqpu wayraman kani
Hukkunataq llimpipa llipipiqyaynin. 

¿Ima llimpiyuqmi  qiwa chaskiwaptinchik,
maypi kuyakuyninchik maytukuyta maskaptinku?
¿Ima llimpiyuqtaq manchakuyniy  munakuyniypas
kawsaypa k’anchaqnin wañukuchkaptin?
Hanaq pachataq uqhusqa  ch’imsikunawan
rupayniykunata qasillachinku.       

Kunantaq para kanchaq pachanwan chayamun,
kaspiyasqa llantuyta kanch’arispa,
apupa kachasqanta  apamurqa.
Llimpiq para mana tukuyniyuq
 llimpiykiqa kuyakuqniykipa sunqunmi
mana michaq  wayllukusqay para. 

Gloria Cáceres Vargas (1947, Perú); Un otoño azul;  Cuervo Editores – Alianza Francesa de Arequipa, 2018. Traducción al quechua de la escritora.

¡Qué alegría vivir…

¡Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido!
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías
-azogues, almas cortas-, aseguran
que estoy aquí, yo inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los hombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy buscando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida -¡qué transporte ya!-, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
En que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
De haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

Pedro Salinas (Madrid, 1891-Boston, 1951)

Palabras a una muchacha gorda

Palabras a una muchacha gorda

Mueves los muslos como si supieras
que eres heredera de una historia repetida.
Oscilas las caderas
con la seguridad de quien conoce
que la moda es lo primero que se pasa de moda.
Pero también te preguntas si es sólo por lástima
que el chico de la barra te sonría
y crees que tu vida es solo una isla
en los ojos distantes de los otros.
Cierto día quemaste tus peluches
por ver arder con ellos
el principio y umbral de tu tristeza,
pero, a pesar de todo,
bailas con la energía secreta de la piedra,
con un antiguo don de fuente o labio.
A pesar de ti, enseñas el ombligo y ríes:
sabes que la poesía también te necesita.

Carlos Contreras Elvira (1980, Burgos, España) Bildungsroman, Ed. Point de lunettes, 2007 (VI Premio internacional de poesía joven “Martín García Ramos”)

Tacto

TACTO 

Nada será como antes.

La lluvia no será ya la lluvia,
será celebración aún más gozosa,
mirarla cómo cae traerá un milagro
de panes y de peces llegando desde el cielo
para empujar la flor, el trigo, la memoria
de tu cuerpo y mi cuerpo aquella tarde
que fue todas las tardes.

Las cosas no serán la misma cosa,

los árboles
no serán ya los árboles,
serán ahora un abrazo sin contagio
al alcance de todos, descubrirás
que su sombra es más sombra
y que incluso en invierno, ya sin hojas,
se ven todos los nidos con mayor nitidez,
vacíos, pero intactos.

Las cosas no serán la misma cosa,

las calles no serán ya las calles,
la alegre muchedumbre
será ahora una extraña pasajera
con su maleta a solas
aconteciendo a un mundo que no entiende,
y aunque la gente ocupe las aceras
tú las verás vacías, y hacia dentro
extraviadas quizás, preguntándote ellas
cómo se llega a ti.

Las cosas no serán la misma cosa,

las ventanas no serán ya ventanas,
las miradas no serán ya miradas,

no amaré ya jamás como allí amé
el tacto de aquel guante
con sus dedos de plástico.

Las manos que sin manos se acercaban a mí.

Las cosas no serán la misma cosa,
la piel no será ya la piel
ni el desnudo el desnudo,

habrá que comenzar a desvestirse
por el botón del miedo, y al besarnos
quitada ya la ropa, aprender que había huecos
antes nunca tocados,

por fin seremos tacto.

Recorrerá mi lengua muy despacio
la isla abandonada, estallaremos juntos
como si fuera un último deseo
cumplido cuando ya no crees en nada.

Las cosas no serán la misma cosa,

nosotros no seremos los mismos,
los otros no serán ya los otros,
el amor no será ya el amor,
será solo el amar, y será más.

No habrá piel, habrá carne
jugándose la vida

Fernando Beltrán (1956, Oviedo, España); La curación del mundo, Ed. Hiperión, 2020.

Vergüenza

VERGÜENZA


Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba a que bajó el rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas cañas cuando baje al río.
   Tengo vergüenza de mi boca triste,
de mi voz rota y mis rodillas rudas.
Ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.
   Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz en la alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la mirada.
   Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
y en la tremolación que hay en mi mano…
   Es noche y baja a la hierba el rocío;
mírame largo y habla con ternura,
¡que ya mañana al descender al río
la que besaste llevará hermosura!


(Gabriela Mistral, Desolación, 1922)