Eso

Eso

Todos los hombres son iguales.
Todos se mueven lo mismo.
Las cosas que ves en los otros
y que te arañan el corazón como uñas de gato,
son las que luego haces tú. Las mismas cosas.

Resulta tremendo encontrarse
tantas fallas en los demás hombres.
El egoísmo, la duda, el interés y la codicia,
y el énfasis vanidoso que encontramos
están en ti también; porque lo veo
en ellos y en ti, yo lo proclamo.

A mí no me asustáis ninguno,
porque soy mucho peor que vosotros.
Pero no me disculpo, ni me niego, ni bajo
hipócritamente los ojos.

Lo triste e intolerable -¡convéncete hombre!-,
es que tú no te ves, que solo miras
enfrente de ti, desaprobándolo todo.

Hay que humillarse cada día, a cada hora,
delante del más humilde, pero por dentro.

Y enmendar y aprender a ser de otra manera
que suavice el contacto con los otros.
¡Es tan duro vivir con la condena
y la eterna repulsa en el mundo!

Carmen Conde (1907-1996, Murcia, España), En un mundo de fugitivos, Ed. Losada, 1960

Por el hombre

Por el hombre

Voy a cantar al hombre,
al hombre sólo.
Tapaos los oídos con cera los cobardes,
volved la espalda los indiferentes:
no callaré por eso.
No podría callar aunque me echaseis
un puñado de rosas a los ojos.
Imposible es hallar cumbre o crepúsculo
que arrasar no quisiera
por levantar del polvo a un desvalido.
Apagaría todos los luceros
por devolver a un ciego la mirada,
a un triste la esperanza,
o simplemente
por llevar un minuto de alegría
al ser más humillado de la tierra.
Sólo el hombre me importa,
sólo el hombre:
su vacío infinito,
su valentía y su temor trenzados,
su alma interrogante
azotada de siempre por la duda,
atada a una cadena de preguntas
sin posible respuesta;
su postura intermedia
entre la Nada y Dios
y su impotencia
para negar el pecho a la tristeza.
Tan sólo por el hombre,
por nosotros, hermanos, los pensantes,
los desvelados y los oprimidos,
seguiré golpeando y golpeando
en la hermética puerta clausurada;
seguiré suplicando
desde todas las voces ignoradas,
desde todos los nombres conocidos,
por los que han de venir y los que fueron,
por los niños enfermos,
por los soldados muertos,
por los muertos en el comienzo mismo de la vida,
por los triunfantes y los ajusticiados
de todas las prisiones de la tierra,
por el hombre de siempre
con su destino oscuro
abierto a los confines
lo mismo que una cruz irrevocable,
por su infancia marchita,
ensuciada por todos
sin compasión alguna a su pureza;
por su alocada juventud vencida
a golpes de renuncia y de fracaso,
por su vejez de plomo
vertiendo como alero
su mínimo caudal en el vacío…
Por esta sucesión interminable
de pasos vacilantes monte arriba,
por esta des de altura
de la que siempre fuimos rechazados,
por esta sumisión agradecida
hasta el límite mismo de la muerte,
yo vuelvo a alzar mi ruego
y vuelvo a alzar mi canto
en millones de voces repetido.
Y hablo otra vez del hombre,
de nosotros, hermanos,
en un plural abierto
sin frontera de tiempo ni de raza.
Y ahora que el ademán es aún pujante
sobre esta tierra dura que me aguarda
y bajo estas estrellas que me ignoran,
me descubro la herida,
la herida mía y nuestra,
tan vieja y tan dolida como el mundo,
a ver si la ve Dios, a ver si existe
una gota de gracia que la cure.

Acacia Uceta (1925-2003, España),Frente a un muro de cal abrasadora, Ed. El toro de barro, 1967