Leyéndote

Leyéndote

Este libro sin marcas es todo lo que poseo de ti
(yo que creí poseerte)
otra cosa no tengo
ni un papel con tu letra angulosa
ni un fetiche de veras
– un mechón de tu pelo al que pueda rezarle
o una caja de huesos donde brillen tus uñas como diez lunas muertas-
y ni siquiera una fotografía que pudiera yo hincar con alfileres
o “esa ropita tuya” olorosa de ti de la que habla Juan Gelman.
Solo este libro desnudo en sus márgenes
que leo con mis deseos que toco con mis ojos
donde te busco como si contuviera
solo lo que callaste
lo que ya no dirás a mis horas vacías
duras y lancinantes como un colchón de piedras.

Piedad Bonnett (1951, Colombia); Poesía reunida, Ed. Lumen, 2016

Epitafio

Epitafio

Si de algún modo muero,
en las crudas heladas del olvido
o de muerte oficial,
reléeme esta nota, por favor,
y quémala conmigo.
La vida no iba en serio ni siquiera más tarde.
Y no se tarda mucho en comprender
que se trataba sólo de unos juegos
para aparcar la muerte.
Ni siquiera fue un río
pues me tocaron tiempos muy duros de sequía
aunque el mar esperaba, siempre radiante, al fondo.
He creído en los mitos y he creído en el mar.
Me gustaron la Garbo y los rosales de Pestum,
amé a Gregory Peck todo un verano
y preferí Estrabón a Marco Aurelio

Aurora Luque (1962, Almería, España), Transitoria, Ed. Renacimiento, 1998

Parecían buenas personas

Sirenas nadando en el limo
burbujeando en el anverso
de títeres de celofán movidos
por tendones de pollo desechados.

Al fondo del paisaje, borroso,
un hombre lanza discursos
sobre un perímetro acordonado
con laca de uñas.

Sube el volumen del llanto
de la mujer que tiembla bajo el cuchillo
y se le apagan los ojos desencajados
mientras sube al marcador otro gol de Ronaldo,
mientras se anuncia ácido hialurónico en la pancarta,
mientras alguien se enguaja los dientes
con un licor de hierbas.

El equipo forense toma café en una terraza
después de haber firmado la autopsia.

A los ojos redondos y entrevistados
de los vecinos,
todos los asesinos
siempre les parecían buenas personas.

Francisco Pérez (inédito)

1936

1936

Para Agustín, mi padre

Lámina de septiembre:
un aire de membrillos y manzanas
circulaba entre almiares,
y en el ciprés un pájaro despierto
alertó con ternura la descarga.

Tus ojos, ya estrellados y dormidos,
olvidaron las últimas
heridas de la pólvora en el aire.
La mariposa de la madrugada
aproximó el olvido en un instante
cuando mármol tu sangre,
ya cereza en tu boca.

Mariluz Escribano Pueo (1935-2019, Granada, España); Umbrales de otoño, Ed. Hiperión, 2014. Premio Andalucía de la crítica en 2014

La luvia en el entierro golpeaba

La lluvia, en el entierro, golpeaba
el ataúd en balde, redoblaba
el vacío de Dios y, en la distancia,
las campanas. Con lo que fue. No hay dolor
de verdad por el otro, en el aire, el dolor
está en el vínculo. Noviembre
solo, sin él, la tarde en los caminos.
En cambio, la tierra, que habían sacado
para cavar la sepultura, era negra,
mollar, agradecida, acogía
con placidez el chaparrón. Y quién
puede quitarse el susto ante la muerte, hace
mucho que entiendo la ceniza,
bien sé que, a la definitiva, solo
una vez hemos de morir. Y que he vivido
más y mejor de lo que nunca pensé,
como el difunto. Y qué. Como puerta
tapiada para siempre jamás, aunque
la lluvia llame y mulla y sea plegaría.
E ignore, qué bochorno, al muerto, me preocupe
por mí, me regodee en metafísicas.

Fermín Herrero (1963, Soria, España); Sin ir más lejos, Ed. Hiperión, 2016.

A 27 de marzo de 2019

A 27 de marzo de 2019

Mi compañera Trini es una señora
que ha cotizado cuarenta y siete años
a la seguridad social.
Con toda certeza se trata
de la empleada más antigua
de todo el complejo hospitalario.
Trini es, ante todo,
una señora
de sesenta y tres años a la que llevan
explotando desde los trece,
edad en la que para sobrevivir
se veía obligada a fregar de rodillas
en las casas de los señoritos
que a la hora de comer
la marginaban en una habitación aparte
con unos cubiertos aparte
y un plato aparte, frío
con las sobras de los pucheros
que ella misma preparaba para todos.
A Trini le da miedo jubilarse, ella cree
que si se queda en casa la visitará la muerte
y que la encontrará desprevenida
ordenando los armarios o quitando el polvo,
por eso Trini cada día madruga
y entre las máquinas practica los pasos
que aprende por las tardes en clases de bachata,
así la muerte, si la visita,
no tendrá más remedio que dar con ella
bailando entre las lavadoras.

Begoña M. Rueda (1992, Jaén, 1992); Servicio de lavandería. Ed. Hiperión, 2021

Tango 2

Tango 2

Cómo decirle al Tiempo que desande los pasos
y nos vuelva a entregar lo que nunca fue suyo:
el fulgor de un milagro, la limpia mordedura
de la dicha en la carne, la piel en plenilunio.

Cómo decirle al Tiempo que el otoño es mentira
y que la vida puede valer lo que una noche
de julio solamente porque tuvo el deseo,
el ardor excesivo de una piel de sirena.

Cómo pedirle al Tiempo que nos lleve desnudos
al fondo de la noche, la mutua encrucijada,
a desmentir la muerte con la ebriedad concisa
de saberse elegidos y elegir el fracaso.

Cómo pedirle al Tiempo que nos deje siquiera
una memoria blanda que registre los ecos,
los olores, la risa, la intuición dolorosa
del temblor que sentimos como un dios pasajero.

Aurora Luque (1962, Almería, España), Problemas de doblaje, Ed. Rialp, 1990

Carne del mar tensa y desnuda

Carne del mar tensa y desnuda,
violenta sombra de nácar oscuro,
hacia el verano tiendes tu lamento,
oh carne de muerte latiendo inmensa
bajo mi corazón embravecido de amor.
Hacia ti los tibios suspiros del alba,
hacia ti los jóvenes miembros adolescentes,
hacia ti los brazos marineros,
la hojarasca poderosa del sueño,
ese semblante cóncavo del miedo,
el horizonte de sal que no te siente
cuando estrechas un pecho maduro,
carne del verano, luz recogida
en este temblor de muslos tensos,
en estos pálpitos en que respira el mundo,
fulgor instantáneo de isla,
en ti se concreta la noche
cuando te apaciguas y derramas,
cuando emites tu tierno gemido de ave
en tu lejanía de plata y algas.
Por ti yo sabría de la muerte
y de sus pechos sonámbulos,
por ti, oh mar,
yo sabría del Eterno,
del suspiro de un dios
que hubiera posado en mi vientre
su espléndida desolación de música quebrada.

Isabel Rosselló (1950, La Coruña, España), Las diosas blancas. Antología de la joven poesía española escrita por mujeres, Edición de Ramón Buenaventura, Ed. Hiperión, 1985

Muñeca de nieve

Muñeca de nieve

Y más triste que un cortejo de caballos sonámbulos
VICENTE HUIDOBRO

De niña hubiese hecho cualquier cosa
por ser la reina de los hielos

no sabía entonces que un día
me quedaría helada sin reacción
ante la muerte de papá
que sería un gélido maniquí
en una pista olímpica

ese frío duele más que la pubertad
duele más que el dolor
punzantes estalactitas te inmovilizan
son puñales dardos y tú la diana

soy una muñeca que no se derrite
que no puede sonreír bailar
amar y sudar hasta el amanecer

Silvia Rodríguez (1970, Las Palmas de Gran Canaria, España), Padresueño, Tragacanto Ediciones, 2018

Palabras de mármol

Palabras de mármol

Cada palabra que escribo
cada palabra que callo,
me acerca más a la muerte
de la que todavía escapo.

Cada silencio que otorgo,
cada sueño que duermo,
me lleva más al borde de la nada
en la que todavía no acampo.

Palabras,
palabras de tinta,
de plata, de aire, de agua.

Palabras,
palabras de siempre,
de ahora, de nunca, de mármol.



Palabras de mármore

Cada palabra que escribo,
cada palabra que calo,
achégame máis á morte
da que aínda escapo.

Cada silencio que outorgo,
cada soño que durmo,
lévame máis aínda á beira da nada
onde aínda non acampo.

Palabras,
palabras de tinta.
de prata, de ar, de auga.

Palabras,
palabras de sempre,
de agora, de nunca, de mármore.

Montserrat Villar González (1969, Ourense, España); Tierra en mármol y ternura/ Terra en mármore e tenrura. Antología/ Antoloxía; Ed. Lastura, 2016.

El poema “Palabras de mármol” cantado por Andrés Sudón