Cementerio

Cementerio

Tiene también la sangre sus revoluciones,
sus líderes y demagogos
que arengan al pueblo de las ansias
congregado en el corazón.
Tiene también la sangre sus masacres
—en nombre de oscurísimas razones—,
en las que mueren tantos inocentes:
los de pequeña voz, los tímidos
que no saben exponer sus deseos;
menos aún, imponerlos.
Mueren entre las venas, y de manera irrevocable,
lo mismo que acontece entre la historia.
Muere toda una grey de tristes oprimidos, pero
en la espantosa servidumbre del reemplazo
sucumben a su vez los opresores
sin que exista un recodo, un breve hueco
en que dejar sobre una lápida
constancia de su paso.
En la anónima fosa de la sangre
yacen mezclados víctimas y verdugos;
y en las terribles horas de la comprensión
qué imposible resulta distinguir
del corrompido olor de la esperanza degollada
el agrio aroma de sus asesinos.

Francisca Aguirre (1930-2019, Alicante, España), Ítaca, Ed. I. Cultura Hispánica, 1972 (Premio «Leopoldo Panero», 1971).

Palabras como piedras

Palabras como piedras

Madrid (Agencias). La Policía Nacional ha encontrado finalmente este martes los cadáveres de una mujer de 32 años y de su hija de 9 años desaparecidas en verano en un pozo del municipio de San Vicente de la Cabeza (Zamora).
La Vanguardia. 25 de noviembre 2014.

Hoy no puedo escribir palabras más que como piedras,
ni tiritas voy a darles para el corte,
que cada uno se lama sus heridas
o que reviente en pus.
Aunque sea de mala educación
me niego al perdón y al olvido y señalo con el dedo,
ya está bien de machitos cabríos
dejando tras su paso arrasadas mujeres
muertas en vida,
muertas por sus hijos y por sus hijas muertas.
Muertas de asco,
muertas de miedo,
muertas de vacío,
muertas.
En mi corazón ateo no hay cabida para tanto,
y no crean que es por falta de espacio
ni por aforo limitado,
es por derecho de admisión.
Me niego a compartir bondades con cobardes asesinos.
Ya está bien de condescendencias
y pulcros discursos para evitar ampollas,
por si alguien se molesta;
que empiecen a cambiarse de zapatos, si les aprietan,
y que anden descalzos en los pavimentos
de la condena eterna.
Eso hace falta.
La condena eterna sin contemplaciones.
A esos que matan en nombre del amor
y matan a una mujer y al amor en la misma puñalada,
los condeno al desprecio, al exilio, al desierto,
y ni cantimplora para el agua les daría.
No me avergüenzo.

Patricia Olascoaga (1958, Uruguay); Tenemos la canela, Ed. Noepàtria, 2016

Qué difícil resulta separa una a una las capas de la cebolla

Qué difícil resulta separar, una a una, las capas de la cebolla…

Qué difícil resulta separar, una a una, las capas de la cebolla.
Se adhieren entre sí con una fina telilla
que las unifica y conjunta de manera tenaz.
Cuando intentamos separarlas,
las lágrimas acuden a los ojos.

Así el odio se pega de manera indeleble a ciertos corazones
y resulta imposible retirar esa membrana pegajosa
del órgano que la genera
y hace de ella un vínculo con los enamorados de la muerte.

No lamenta su suerte la cebolla,
ni la conmueven nuestras torpes lágrimas.
Un corazón ahogado por el odio,
envuelto en su coraza transparente,
no es más que una cebolla en el mercado,
un vegetal dispuesto a provocar lágrimas.
Da lo mismo la mano que lo roce:
él no hace distinciones, no le incumben,
tiene un destino cierto que cumplir:
aniquilar la vida para que brote el llanto.

No lamenta su suerte la cebolla ni lamenta el odio.
Cumplamos, pues, también nuestro destino
y lloremos con impotencia la desgracia
de ver cómo florecen las cebollas
entre los tristes muros de la patria.

Francisca Aguirre (1930, Alicante- 2019, Madrid, España); La herida absurda, Bartleby, 2006. Extraído de Antología Raíces. Francisca Aguirre, Luisa Castro, Amalia Bautista, Luz Pichel, Ed. Ya lo dijo Casimiro Parker, 2017

Soneto del amor y de la muerte

Soneto del amor y de la muerte

Yo quisiera morir sólo un momento
 para ver lo que soy en tu memoria,
 conocer tu versión de nuestra historia
 y saber en qué piedra me sustento.

 Solo el paso levísimo de un cuento.
 Tan sólo contemplar la trayectoria
 desde mi muerte a ti. Y qué victoria
 detener tu tormenta. Tu tormento. 

Morirme de verdad nunca podría.
 Si perdiera la voz la robaría:
 con mi piel, con mis puños, con mis huellas

 a gritos me llamaras, te llamara
 y al borde de la muerte te esperara
 para subir contigo a las estrellas.

Julia Uceda (1925, Sevilla, España), En el viento, hacia el mar (1959-2002), Ed. Fundación José Manuel Lara, 2003. Le concedieron el Premio Nacional de Poesía en 2003 por este libro.

El sueño de la muerte

El sueño de la muerte

I
Despiértame de este sueño de la muerte,
príncipe de mis días,
acércate,
encuéntrame tendida en este sueño de la muerte.

Tan bella como pueda serlo
aquella que ha cruzado huyendo un bosque
y se ha rendido,

así soy yo de bella. 

Muerta y llorada por pequeños amigos.

II
Despiértame de este sueño de la muerte.
Atiende toda señal del camino
y presta oídos al rumor de los árboles.
Ellos te guiarán.
Ábrete paso, príncipe de mis días,
encuéntrame aquí bella y dormida
y bésame.

Tanto
como puedas besar a aquella
que ha cruzado huyendo un bosque
perseguida y sin culpa
hasta perderse.

Así de bella soy.

Luisa Castro (1966, Lugo, España), De mí haré una estatua ecuestre, Ed. Hiperión, 1997

La poesía no ha caído en desgracia

La poesía no ha caído en desgracia

Rumbo a Lesbos se va poniendo el sol
dice Mestre, el poeta. Penoso es que el presente reconozca
en sí mismo futuros motivos de elegía,
que se sepa exaltado de otra temperatura
por breves horas sólo. Pero basta un periplo,
basta un itinerario. Si acude la memoria -su garfio de palabras-
no importará la muerte, la no prolongación.
No importará la muerte. Rumbo a Lesbos
se iba poniendo el sol; en la cubierta,
un abrazo, su libro contra el viento, algo de hybris,
la silueta de Sunion, los flashes desde el mar,
la isla de Patroclo. Que se apaguen, espléndidos,
rumbo a Lesbos los soles.
Al presente voraz basta con arañarle
una noche, esa noche, antídoto de orgullo
contra toda la muerte.

Aurora Luque (1962, Almería, España), Camaradas de Ícaro, Ed. Visor, 2003 (I Premio Fray Luis de León)

La otra orilla

La otra orilla

Algún día, cuando el aire pese como tierra sedienta sobre los cuerpos desnudos,
tal vez alcance a ser la voz de aquel peregrino que enmudeció o el agua que,
gota a gota, resbala por su pecho. Él nunca estuvo en la otra orilla pues sabe
que allí los dioses duermen en el polvo. Y sabe que cuando un hombre por azar
se duerme en la otra orilla -ese lugar que siempre ocupó la mirada-
ellos se despiertan y se contemplan en él. Si ese hombre, entonces, se despierta,
se convierte en espejo y estalla con el sol.

(Chantal Maillard de «La otra orilla» 1990)

Homenaje I

Homenaje I

Me moriré en Madrid
un día cualquiera
 me moriré sin aguacero
me moriré
sin que suceda nada
sin que nadie me pegue
sin causa sin motivo
me moriré
de un silencio mayor que yo
mayor que el mundo.
Y se me irán quedando
marchitas las palabras
y se me irán cayendo
como las hojas de los árboles
y el silencio
como un musgo veloz
me irá invadiendo
hasta dejarme muerta
y silenciosamente.

Francisca Aguirre (1930-2019, Alicante, España); Los trescientos escalones, Bartleby Editores, 2012.