Amor

Amor

Amor
desde la sombra
desde el dolor
amor
te estoy llamando
desde el pozo asfixiante del recuerdo
sin nada que me sirva ni te espere.
Te estoy llamando
amor
como al destino
como al sueño
a la paz
te estoy llamando
con la voz
con el cuerpo
con la vida
con todo lo que tengo
y que no tengo
con desesperación
con sed
con llanto
como si fueras aire
y yo me ahogara
como si fueras luz
y me muriera.
Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.

Idea Vilariño (1920-2009, Uruguay), Poesía completa, Ed. Lumen, 2016

Y yo me iré

Y yo me iré

«y yo me iré
  y se quedarán los pájaros cantando.»
      J.R.J.

Y yo me iré,
y tú te quedarás
pensando en otra espera
tigre en celo.
Y yo me iré
con la mar en borrasca
rebuscando el camino
sin la luz de tu estrella,
y quedarán sangrantes
desgarrones de vida
en la reja del puerto.
Tu corazón y el mío
habrán bebido todas
las nuevas alegrías,
y tú te quedarás
con mi recuerdo
clavado en las pupilas
mirándolo crecer.

Marina Romero Serrano, (1908-2001, Madrid, España), Poemas de Ida y Vuelta. Ed. Torremozas, 1999

Hay ventanas que pueden habitarse

Hay ventanas que pueden habitarse…

Hay ventanas que pueden habitarse
como se habita una ciudad, durante años.
Hay escenas que encienden una vida
y vidas
que encienden una muerte mientras duran.

Tan sólo fue un instante.
Después
aquella imagen fue quedándose atrás
y tuve la certeza
de que ella misma había consentido en su muerte. 

El sacrificio es siempre una forma de venganza.
En la noche anterior
él le había prometido llevarla a ver el mar.

La ventanilla de un tren
puede llegar a contener el mundo en un instante. 

Después de golpearla
ella cayó de rodillas ante él,
mientras él la miraba
y su mano homicida se abría sin querer
y la piedra sangraba,
se dejaba caer,
se despeñaba talud abajo. 

Me pregunto cómo se conocieron.
En dónde enamoraron.
Si ella sabía coser.
Si habría criaturas esperándola. 

No pude decir nada.
Asistir al fragmento de la vida de otros.
Sentir la medianía de un cuerpo malogrado.
Ver cómo me alejaba
y mis ojos sin tiempo
querían estirarse, detenerse,
comprender.

El tren seguía su curso. 

(Un hombre solo que planea una muerte en campo abierto.
Alguien que casualmente miraba en ese instante por la ventanilla de un tren
y lo contempla. Eso es todo.)

Rosana Acquaroni (1964, Madrid, España); Lámparas de arena, Editado por la Comunidad de Madrid y la Fundación Gerardo Diego, 2000

Vanidades banales

Vanidades banales

Soy un arlequín, un trapecista saltando al vacío,
la lluvia de abril huyendo de amores y mares baldíos.
Soy la mitad de las mitades que llevan tu nombre,
la escasa piedad que guardan los tristes
cuando recuerdan tiempos mejores.

Tú el pentagrama borrando las líneas,
en Clave de Sol provocando mi arritmia,
si hubiera tenido las luces de haber aprendido solfeo,
Morfeo estaría aturdiendo a otro reo en la noche.

Pero qué hacer ahora si esconden tus mangas
pinceles cual ases, pintando bocetos
de mi caricatura en lienzos feroces,
no toda luna nace sabiendo
cómo atraer en silencio a las fieras.

Tengo ganas de llorar espinas,
a ver si así crecen flores,
crucificar en mis labios tu iris,
descifrar los enigmas que invento en tus sueños.

Quizás ha llegado la hora
de enterrar el cadáver que habita estas páginas,
y hacerle justicia a cada palabra de odio o de amor
que pisó por nosotros los suburbios del infierno.

A veces me pregunto cómo pude resumirte en un poema,
el secreto está en utilizar metáforas
comparándote con la soledad, la muerte y la vida,
que vienen a ser lo mismo que tus ojos.

Lena Carrilero (1994, Córdoba, España); Amores cronofóbicos, Ed. Valparaíso, 2016

Epitafio para una muchacha

Poema recitado por la poeta Ángela Serna

Epitafio para una muchacha

Porque te fue negado
el tiempo de la dicha
tu corazón descansa
tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron
tu vestido más rico
y la tierra no supo
lo firme de tu paso.

Aquí empieza tu siembra
y acaba juntamente
ꟷtal se entierra a un vencido
al final del combateꟷ,
donde el agua en noviembre
calará tu ternura
y el ladrido de un perro
tenga voz de presagio.

Quieta tu vida toda
al tacto de la muerte,
que a las semillas puede
y cercena los brotes,
te quedaste en capullo
sin abrir, y ya nunca
sabrás el estallido
floral de primavera.

Mª Victoria Atencia (1931, Málaga, España); Arte y parte (1961). Extraído de Una luz imprevista. Poesía completa; Ed. Cátedra, 2021.

Noviembre

Noviembre
                                                                A Juan Bernier

Oigo crujir tus hojas y vuelvo a estremecerme,
memoria de noviembre con la fruta en los labios,
pervertido jardín que hollé una vez, descalza,
y en el que, de rodillas, llevé mi frente al suelo.
Tengo el leve recuerdo de un sollozo y mi nombre,
y fielmente el del hueso, áspero, cautivo.

Mª Victoria Atencia (1931, Málaga, España); La llama en que arde, 1988. Recogido en la antología: Como las cosas claman (Antología poética 1955-2010), Ed. Renacimiento, 2011.

Cavar una fosa

Cavar una fosa.

Cavar una fosa.
Edificar una casa.
Sobre las ruinas de las ruinas,
ahora y siempre por los siglos de los siglos,
la vida siempre en obras.
Un basurero atesora
la indiferente memoria de los días.
Quién reciclará nuestros despojos,
quién regalará fascículos
con nuestra colección de instantes,
qué teletipos darán noticia
de la simulación de un sueño,
quién archivará cuidadosamente nuestros nombres
y hará el penúltimo inventario,
en qué autopista o hiperespacio habitaremos.

Qué Internet hacia Dios por si lo escucha.

Entre derribo y derribo,
cavar una casa,
edificar una fosa.


Amalia Iglesias (1962, España), Dados y dudas, Ed. Pre-Textos, 1996

Contemplación del dolor

Contemplación del dolor

Su gran dolor de madre era visible
a través de las gafas empañadas:
un soplo de fatiga en esos ojos
distantes, infinitos, desarmados.
Al lado, su marido, muy nervioso,
trataba de mirarla y sujetarla;
silenciosos testigos esparcidos
exhalaban el vaho del horror.
La niña, sobre el suelo, degollada,
era un canal de doce cicatrices,
un animal sin piel, desnudo y rojo,
una belleza horriblemente dulce.
La madre se acercó como volando,
despavorida, con las alas altas,
se quitó su camisa blanca y leve,
y envolvió las caderas de la niña.
El asesino, con gafas de sol,
desde el otro lado del patio, la miraba.

Isla Correyero (1957, Cáceres, España); Mi bien. Ed. Visor, 2018

Me moriré como tú…

ME MORIRÉ COMO TÚ, COMO EL VECINO QUE NOS DA SU SONRISA

con la pizca de sal o con el aceite que le pedimos,
como el viejo conocido que ha torcido la cabeza
al cruzar por nuestra misma acera esta mañana
y nos ha dejado la distancia
colgada en el roce de los hombros,
en el aire helado que nos burlaba.

Me moriré, para qué darlo más vueltas, nos moriremos todos,
y no es nada del otro mundo,
sino de este. Nos moriremos
como murieron los que nos marcaron las sendas que nos llevan,
las sendas tan hundidas ya, y tan gastadas,
tan sin hierba. Nos moriremos
como murieron los que se besaron bajo una luna más llena y más joven
una luna que podría recitar estrellas lidiando en el lecho de los dioses,
tiempos rojos de albas. Nos moriremos
como murieron los que acariciaron un cielo en la tierra para los hombres,
un cielo tan de dentro que manara de las uvas,
deslumbrara por los surcos. Nos moriremos, en fin,
como murieron los que nos legaron los trigos y maíces,
para que nosotros dejáramos los granos de sus granos
a los hijos de nuestros hijos.

Nada ha cambiado. Alguien cerrará nuestros ojos,
porque esa luz, —habrá otra—, la del sol, la luna o la bombilla,
ya no nos responde.
Nada ha cambiado, ni nada
cambiará con nuestra muerte. Solo la vida sola,
toda la vida hecha senda, casi cielo, luna, maíz y trigo,
eterna e inmutable, sin pararse ante nosotros,
proseguirá su marcha hacia la vida. Somos
parte de ella sin ser ella, y nosotros, solos,
solo caminamos hacia la muerte.

Fermín Heredero Salinero (1950, Fuentespina, Burgos-2021, Aranda de Duero, Burgos), Entrada para la vida, Ed. Fundación Caixa Galicia, 2001. XX Premio Esquío de Poesía.

Este conocido temblor

Este conocido temblor
de las hojas con la brisa y este verde
de abril como un vómito
en la luz. Suficientes
aún las antiguas palabras:
no percibe el cadáver
dulzura ni calor y sí, en cambio,
el silencio y el frío,
puesto que se percibe lo que se es.
Discontinua vivencia, porque todas
aquí somos iguales
. Como mirlos
y mirlos esbeltos en el canto y en el negro
intercambian sonidos:
acepta la vida, el acorchamiento
de la vida, desecha
la vieja hybris, nada
pierde quien muere, nada gana
tampoco. Es nítido
el sonido tras la lluvia,
se percibe ahora el tren
con violencia veloz, el obsesivo
zureo de palomas.

Olvido García Valdés (1950, España), Caza nocturna, Ed. Ave del paraíso, 1997