Como una lágrima
oscura
la noche sobre el día
¿rodará entre la hierba
tu dolor?
como dos frutos tiernos
caídos de sus ramas
así lloran tus ojos
Esperanza Ortega (1953, Palencia, España), Hilo solo, Ed. Visor, 1995
Como una lágrima
oscura
la noche sobre el día
¿rodará entre la hierba
tu dolor?
como dos frutos tiernos
caídos de sus ramas
así lloran tus ojos
Esperanza Ortega (1953, Palencia, España), Hilo solo, Ed. Visor, 1995
Nightingale
«Cada palabra es una herida mortal.
Debo tener cuidado».
Jorge Díaz
Noche, palabra mía henchida de sucesos
La aflicción, el vacío, la muerte, la tiniebla
avivan en tus sílabas sus temores y ansias.
Extenuado nombre, fatigada corola,
para caer de ti como cansino pétalo,
o hundirse en tus confines, abiertos, afilados,
beso ardiente, última sensación,
locura extrema.
Noche, noche, amor mío,
¿es que acaso me atreveré a saltar
traspasada de ti hasta la muerte?
Lengua: nupcial espada.
Apenas te mencione, convocadas estrellas
insistirán solícitas mostrando el desvarío
de tus ojos vibrátiles.
Oh noche, qué incitante, qué turbadora eres;
madre devoradora, acercas tu regazo,
y cómo quiero huir, cómo desertar quiero
de tus lágrimas ávidas, cómo intento esconderme
de tus manos, oh noche, mi tristeza.
Y quizás seas la única, la palabra final
que todo amor explique. Y el estremecimiento.
Y el magnífico instante que ni aún la memoria
más fiel y enamorada consiente en repetir.
Noche, tristeza mía, todavía es posible
que te llame, y me abreve en el láudano amargo
que destilan tus letras. Que a tu herida entregue
y a tu abismo, mi tristeza, mi noche,
todavía es posible.
Oh noche mía, acaso… acaso te amaría.
A James Forestal, que se arrojó al
vacío antes de terminar de escribir
la palabra “ruiseñor”, es decir,”NIGHTingale”
Ana Rossetti (1950, Cádiz, España), Indicios vehementes (Poesía 1979-1984), Ed. Hiperión, 1998
El río no medita su cauce
Va la corriente al encuentro de su desembocadura,
nadie puede apagar su voz cuando se aleja.
Los labios dicen al viento en su cascada
que algún enigma a veces se desnuda en tus poros,
pero la ausencia no quiere
descifrar su emblema en un solo abrazo.
Aún escribo tu nombre con prisa
en las paredes del sueño,
y aunque la lluvia se empeñe otra vez en borrarlo,
queda el poso que el tiempo
no ha visto entre las grietas.
El fuego no piensa en la ceniza.
El camino no sabe del viajero.
La noche desconoce que siempre huye del día.
La distancia no pregunta dónde está el horizonte.
Amalia Iglesias (1962, Palencia, España), Dados y dudas, Ed. Pre-Textos, 1996
Nunca le tomes
la palabra
a la noche.
Es palabra de agua
y tú conoces las mareas.
Vanessa Pérez-Sauquillo (1978, España), la isla que prefieren los pájaros, Ed. Calambur, 2014
Ya es de noche en algún lugar
Ya es de noche en algún lugar,
alguien está sacándose las medias,
metiéndose en la cama,
tomando el último vaso de coca del día,
fumando la última seca del día
antes de lavarse los dientes,
sacándole la correa a su perro
después de llevarlo a pasear
por lo menos una vuelta a la manzana,
apagando el teléfono
o enchufándolo,
mandando un buenas noches
un te quiero mucho
un te extraño
un nos vemos mañana
un me gustaría dormir con vos
un tu lado de la cama está frío.
Ya es de noche en algún lugar,
alguien está cocinando para
la persona que más quiere
en el mundo,
partiendo los fideos
por la mitad
para que entren en la cacerola
mientras la salsa burbujea
en la otra hornalla.
Ya es de noche en algún lugar,
alguien está escribiendo un poema
para que oscurezca más rápido,
más temprano.
Valentina Varas (1991, Argentina); De todas las cosas que nunca entendí siempre vas a ser mi favorita; Ed. Liliputienses, 2018.
Sarajevo
preso
del miedo
de lo que vendrá
(como vino
antes)
¿cómo
podrá
recobrar
el mutilado
la serenidad?
¿cómo
podrá
reconciliarse
con la idea
que tuvo
una vez
sobre
la progresión
de la Noche?
-creyendo
que
la Mañana
diría
la verdad
frente
a todos
los malentendidos
de las sombras
Mª Auxiliadora Álvarez (1956, Venezuela), Piedra en :U:, Ed. Candaya, 2016
La visión
Caminábamos lejos de la noche,
citando versos al azar,
no muy lejos del mar.
Cruzábamos de vez en cuando un coche.
Había un eucalipto, un pino oscuro
y las huellas de un carro
donde el cemento se volvía barro.
Cruzábamos de vez en cuando un muro.
Íbamos a ninguna parte, es cierto,
y estábamos perdidos: no importaba.
La calle nos llevaba
junto a un caballo negro casi muerto.
Era de noche -esto será mentira.
Tal vez, pero en mis versos es verdad-.
Una arcana deidad
casi siempre nocturna que nos mira
vio que nos deteníamos y el día
suspendió sus fanáticos honores,
clausuró sus colores
pues también el caballo nos veía.
No digas que no es cierto: nos miraba.
Con la atónita piedra de sus ojos,
bajo los astros rojos,
nos vio como los dioses que esperaba.
Silvina Ocampo (1903-1994, Argentina), Poesía completa, Ed. Emecé, 2010
Azul oscuro casi negro
El reverso de la luna
Guarda historias mudas
De criaturas cuya voz
Retumba bajo tierra
Un cadavérico silencio
Custodia en la noche
Gritos de sombra y luz
Y el cielo de agua fría
Gélido espejo del pánico
Traga almas del subsuelo:
Anémicos fantasmas
Vástagos del desamor
María Iglesias Pantaleón () Vals de medianoche, Ediciones Vitruvio, 2019
La poesía no ha caído en desgracia
Rumbo a Lesbos se va poniendo el sol
dice Mestre, el poeta. Penoso es que el presente reconozca
en sí mismo futuros motivos de elegía,
que se sepa exaltado de otra temperatura
por breves horas sólo. Pero basta un periplo,
basta un itinerario. Si acude la memoria -su garfio de palabras-
no importará la muerte, la no prolongación.
No importará la muerte. Rumbo a Lesbos
se iba poniendo el sol; en la cubierta,
un abrazo, su libro contra el viento, algo de hybris,
la silueta de Sunion, los flashes desde el mar,
la isla de Patroclo. Que se apaguen, espléndidos,
rumbo a Lesbos los soles.
Al presente voraz basta con arañarle
una noche, esa noche, antídoto de orgullo
contra toda la muerte.
Aurora Luque (1962, Almería, España), Camaradas de Ícaro, Ed. Visor, 2003 (I Premio Fray Luis de León)
Anochecer
A Antonina Rodrigo
Se está haciendo de noche en mis ventanas.
Los cristales aceptan subyugados
el ritmo de la sombra,
su vengativa dentadura
de marfil apagado que se extiende
hacia las cosas. Las devora.
Todo va entrando
con lentitud y orden en sus fauces:
muebles, retratos, libros…
Y esas rosas
de madera tranquila
que Lucía me trajo una mañana
para ponerme a salvo del invierno.
No impediré el paso
de tanta opacidad, del barniz derramado
donde se apaga el día.
Quiero un manjar suyo, ofrendarme
con un temblor de novia a su deseo.
Aunque, después de todo,
yo ya le pertenezco.
Angelina Gatell (1926, Barcelona- 2017, Madrid); La oscura voz del cisne, Bartleby Editores, 2015