Cuadernos de un vencejo

Cuadernos de un vencejo

Un vencejo, de media, vive unos cinco años.
Un poemario recién
publicado se olvida en pocos meses.
En cinco años lleva ya muchos años muerto.
Sólo es un ejercicio
arqueológico el de quien recupera
de vez en cuando alguna de sus páginas.
Apenas una anécdota que ríe la memoria.
Mientras un año más
los vencejos cincelan sobre el cielo sus lunas.
Y las crías recitan, temblorosas,
un primer verso que con emoción
les cuelga desde el pico.
Antes de continuar
escribiendo, antes de seguir volando.
En los vencejos viaja la poesía
que se muere en nosotros.

 Raquel Vázquez (1990, Lugo, España);  Lenguaje ensamblador, Ed. Renacimiento, 2019

Qué poco hemos cambiado

qué poco hemos cambiado
y agosto era invierno
Fernando Fernández Freijo

ya no te acuerdas
pero siempre hacía frío
se nos helaban las rodillas de esperar
se nos helaban las palabras en la punta de la lengua
porque a nadie interesaba nuestro miedo
crecíamos a lo loco, en silencio
éramos zarzas en los descampados
éramos zarzas en los escalones
el mármol nos alimentaba
éramos zarzas entre las zarzas
y las palabras ahí, detenidas
y el frío ahí, para siempre

Isabel Bono (1964, Málaga, España); Lo seco, Bartleby editores, 2017

Un instante de lluvia i

Un instante de lluvia (I)

but come, girl, get your raincoat,
let’s look for life in some café behind
tear-streaked windows,
perhaps the fin de siècle isnt really finished,
maybe there’s a piano playing it somewhere
Piano practice, DEREK WALCOTT

Un instante de lluvia,
¿es esto lo que quiero?
¿era lo que esperaba?
Y después la tormenta,
poemas metro cuadrado.

La fuerza incontrolable sobre el mundo
y las palabras justas para seguir nadando
por los charcos que la calle ha escondido
debajo de baldosas
que quedan despegadas de la tierra,
son el mejor lugar
para gritarle al tiempo adormecido
de cielos despejados;
empaparse de miedo,
de nuestra propia historia
llena de conjeturas, teóricas y desveladas.

Sorpréndeme buscando el amor en el frío
en el tráfico lento de los días de lluvia.
Las manchas de humedad que muestran
el camino vertical de los puentes
nada tienen que ver con la vida
que el agua arrastra por sorpresa.

Vamos a ser, al menos este instante,
anfibios de ciudad, vivir de las palabras.
El agua entre nosotros ya es inevitable.

Paula Bozalongo (1991, Granada, España) Diciembre y nos besamos, Ed. Hiperión, 2014 (XXIX Premio Hiperión de Poesía)

Paisajes de papel

Paisajes de papel

A mis hermanas Susy y Margara

Aquella infancia fue más triste.
Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible.
Nuestra niñez era una mezcla de comprensión y aburrimiento.
Éramos serios y aburridos.
Recuerdo aquellas tardes; eran como el mundo era entonces:
sin resquicios y tristes.
Veo a mis pocos años observar con ahínco,
tras el cristal opaco, la calle larga y gris;
el sol estaba lejos y era lo único barato,
lo único que traía alegría sin exigirnos nada.
Veo a mi niña, adulta y consecuente
con un programa bien trazado:
crecer, crecer muy pronto, darse prisa
—ser niño era una carga demasiado pesada
para nosotros y para los grandes—.
Sólo en verano el mundo parecía asequible,
durante tres o cuatro meses saltar, correr, era la vida.
Lo gris volvía siempre muy pronto.
Un día amanecimos lentas, crecidas,
llenas de miedo, de presente.
Buscábamos palabras en el diccionario
con el afán de comprenderlo todo:
necesitábamos hacer lenguaje.
Algunos nos miraron con asombro,
decían que éramos inteligentes.
Nosotras, durante los dolientes domingos
dibujábamos inseguros paisajes.
Durante mucho tiempo ésas fueron todas mis excursiones.
Salir a un campo que no fuera pintado
suponía gastar unos zapatos.
Salir, salir, ése era el sueño,
abolir a las trenzas, inaugurar la barra de labios:
¡mi reino por un trabajo! 

¿Cómo rendir ahora un homenaje a aquellos días?
¿Cómo añorarlos sin desconfianza?
Se arrugaron, igual que los paisajes de papel,
mientras crecíamos hacia este desconsuelo que hoy nos puebla

Francisca Aguirre (1930-2019, Alicante, España), Ítaca, Ed. I. Cultura Hispánica, 1972 (Premio «Leopoldo Panero», 1971). Extraído de Detrás de los espejos (Antología 1973-2010), Ed. Bartleby Editores, 2013

Ellas sí que te esperan

Ellas sí que te esperan…

Ellas sí que te esperan
ellas sí que regresan si las dejas volar
con tensa mansedumbre
van diciendo sus nombres
Cobijo
Lentitud
Vaivén
Entrega
Sometida Indeleble Guiadora
los pronuncian con miedo
—alguien ha maltratado
su humilde voz desnuda—
por eso les perdonas que callen tantas veces
que ninguna te diga cómo entraron en ti
por qué hueco insondable se abrió tu corazón
cómo burlan tu asedio
las cautivas
cuando husmeas a oscuras en sus nidos

Esperanza Ortega, (1953, España), Hilo solo, Ed. Visor, 1995

Mutaciones poéticas

Mutaciones poéticas

En mi familia no hay poetas.

Pero mi abuelo Gregorio,
cuando regaba el huerto en Belinchón,
se quedó tantas tardes
velando las acequias, murmurando:
No bebemos
el agua: es ella quien nos bebe.
El agua
es
la mujer.

No, en mi familia no hay poetas.

Pero una vez, muy niña, encontré cáscaras
de huevo azul
a los pies del almendruco.
Se las mostré a mi padre y mi padre, silencioso,
me enseñó a hacerles un nido
con ramaje;
y me enseñó por qué: hay pedazos de vida
que son
sueños enteros.

En mi familia, os digo, no hay poetas.

Pero cuando mi bisabuela
Asunción
contempló por vez primera el mar
-la primera y la única-,
me cuentan que se quedó muy seria, muy callada,
durante un ancho rato, hasta que dijo:
Gracias
por
los ojos.

No sé de dónde salgo. En mi familia
no hay poetas
malos.

Martha Asunción Alonso (1986, Madrid, España), Wendy, Ed. Pre-Textos, 2015. Este poemario ganó el Premio de Poesía Joven RNE (2015). Además, la poeta tiene el Nacional de Poesía Joven (otorgado por el Ministerio de Cultura, 2011), el Adonáis (2012), y el Premio Carmen Conde de Poesía Joven (2018)

Habitación vacía

Habitación vacía

¿Alguien podrá verme, ahora, bajo el agua?
Oigo un murmullo que sale de los estantes. No un sonido de voces sino más bien un rumor como de fuente que salpicara tras las baldas.
 Abro un libro y gotean letras.
Del canto de los diccionarios brota un torrente de palabras disueltas. Mayúsculas y minúsculas, interrogaciones, tildes y vocales  se enganchan a mi ropa y van cayendo después hasta acabar formando un charco de signos sobre el suelo.
 Me empeño en recoger estos trazos negros enmarañados,
me empeño en distinguir una línea de otra línea,
me empeño en colocarlas con cuidado sobre el papel, como si fueran las piezas  numeradas de un mecano y creyera que han de levantar sobre la página la maqueta precisa del mundo.
Pero cuando escribo no hago sino anotar mi propia transparente telaraña, una ilegible red de espirales vacías, agua de alcantarilla.
Mis manos son de agua y, cuando trato de escribir con ellas, las páginas quedan en blanco.
 ¿Alguien podrá verme, ahora, bajo el agua?

Trinidad Gan (1960, Granada, España); Papel ceniza, Valparaíso ediciones, 2014

No quisiera que lloviera

No quisiera que lloviera

No quisiera que lloviera
te lo juro
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto.

Cristina Peri Rossi (1941, Uruguay); Diáspora (1976); Ed. Lumen, 2001