Nombres borrados

Nombres borrados

La mente no es un lápiz para tomar apuntes,
es una goma de borrar.
(Marko Vesovič)

Mi padre fue perdiendo poco a poco el lenguaje.
Y empezó por los nombres. Lo primero
que olvidó su cerebro no fueron los adverbios
ni los pronombres ni los adjetivos,
como uno estaría tentado de creer,
ni las motas de polvo de las preposiciones,
sino los sustantivos.
La manzana dejó de ser manzana,
el vaso pasó a ser eso,
y quienes se acercaban dejaban de llamarse.
La muerte comenzó su labor minuciosa
robándole los nombres,
borrándolos, poniendo
en su lugar un esto o un aquello,
un dame, un balbuceo, un gesto de la mano.
Lo último que se pierde son los verbos,
los verbos que se mueven en la sangre
como si fuesen peces
hasta que acaba el mundo,
hasta que ya no puede el cuerpo con su alma.
Los adjetivos son afectuosos,
visten de amor lo que miran
y por eso perviven.
Pero los nombres se esfuman.
Y la sustancia de los sustantivos
es agua de borrajas, niebla, torres de humo.
La manzana deja de ser manzana.
Yo dejo de llamarme
La palabra dolor no significa nada.

Juan Vicente Piqueras (1960, Valencia, España); Qué hago yo aquí (Poemas, 1999-2017); Ed. Renacimiento, 2019

Te soñé siendo enorme árbol blanco

Te soñé siendo enorme árbol blanco
del tamaño de un elefante
y con ojos de cierva

te soñé dentro de un vientre que es un barco
y recordé tu voz, tu huesuda voz llamándome
brillando regada con la calidez del panadero

y vino un viento y te desenvolvió
dejó tu cuerpo desnudo, tu cuerpo de vieja
áspero, estrujado como un trapo empapado en lejía

y yo me desenvolví contigo para fingir
que todo es fácil
los gritos la ceguera de las manos,
la historia de muchas mujeres
el silencio del adoquín que se resquebraja de
tanto árbol tuyo

¿cuál es la canción que más tarareabas?

porque el tocadiscos está gastado
como los perros después del aguacero

María Sotomayor (1982, Madrid, España); La paciencia de los árboles, Ed. La Bella Varsovia, 2018

Cuando recuerdo que una vez fui niña

Cuando recuerdo que una vez fui niña

A Esperanza y Manolo Rico

Cuando recuerdo que una vez fui niña
se me suele caer algún objeto;
unas veces la cosa tiene arreglo:
basta con agacharse y recoger del suelo
un libro, algún zapato, quizás una carpeta.
Otras veces la historia acaba en muerte súbita:
un plato menos, un florero, un vaso.
Yo recuerdo mi infancia y no sé cómo
casi siempre termino recogiendo escombros.
Claro que, en ocasiones, esos escombros brillan:
las migajas de duralex tienen algo muy parecido a las burbujas
que les da un cierto aire de bisutería;
en cambio, los pedazos de porcelana
lo primero que muestran son los bordes
y un como avergonzado desconcierto;
el cristal, por su parte, siempre es joya,
el destrozo no altera su hermosura,
un pequeño fragmento, una mínima esquirla,
mantiene inalterable el fulgor de la transparencia.
Suelo inclinarme entonces con ternura
y recoger despacio, uno por uno,
esos frágiles testimonios de un vacío,
de una oquedad vibrante y misteriosa
que una vez albergó flores y aroma.
A veces la recolección acaba en sangre,
lo intangible de vez en cuando corta.
Y ese corte produce en mí una quieta angustia,
una extrañeza amortizada en llanto
y un repentino amor hacia mi vida,
mi testaruda vida consecuente,
tan repleta de dichas y de espantos,
tan pegada a los huesos de mi cuerpo,
tirando del vivir sin darse tregua,
sin quererse parar por si el tiempo la vence.
En momentos así,
entre trozos de porcelana y flores secas,
entre restos de fuegos fatuos
levemente apagados por el polvo,
me gusta echar la vista atrás y ver
paisajes y canciones y aguaceros,
mañanitas al borde de la playa,
la niña que yo fui jugando al corro con mi hija,
haciéndole las trenzas y recordando historias
que me contaba a mí mi abuela.
Por un momento todo vive junto:
mi asombro frente al mar allá en Levante,
la radiante alegría de mi hija
entre las verdes aguas de la Isleta del Moro,
y el sobresalto náufrago y absorto
de los ojos de Félix en Cantabria,
mirando sin creer lo que veían
en el atardecer de El Sardinero:
un mar tan desmedido como el Tiempo.
Hay que ver lo que puede florecer en nuestro corazón
un día cualquiera, una mañana como tantas,
una de esas mañanas en que de pronto,
sin motivo, sin causa, recordamos
que hace ya mucho tiempo tuvimos una infancia.
Y el hermoso jarrón se nos escapa de las manos
y vemos en el suelo un arcoíris de luz diseminada.
Pero en cada fragmento tiembla y huele
el aroma de un tiempo deslumbrante.
Un tiempo que murió para ofrecernos
este dolor que nos abriga y nos consuela ahora.

Francisca Aguirre (1930, Madrid, España); La herida absurda, Bartleby, 2006. Extraído de Extraído de Detrás de los espejos (Antología 1973-2010), Ed. Bartleby Editores, 2013

Mi primer biquini

Mi primer bikini  

Solo yo sé cuándo sobrevivimos.
Lo sé porque mis dedos
se transforman en lápices de colores.
Lo sé porque con ellos
dibujo en las paredes de tu casa
mujeres con rostro de epitafio.
Porque, a la caricia de la punta,
comienza el derrame de los cimientos
formando arco iris en la noche.
Porque, al escribir testamentos
en el suelo, se remueven las vísceras
de azúcar, y trepan tus raíces.

Grabo versos de colores fríos
en tu piel, de arquitrabe a basa,
y les llueve y los diluye, y compruebo
que la lluvia suena como hacen al caer
las canicas brillantes y naranjas
que cambiaba en el patio del recreo,
poco antes de calzar mi primer bikini.

Hoy guardo las canicas, como un apagado
tesoro, en los huecos de otras espaldas. 

Pinto también en la terraza de enfrente
un jardín de lápidas cálidas y hermosas.
Trazo como una medusa de bronce,
un paraíso de cadenas hendiendo en mantillo
el valle diminuto que proclama que es frágil
y sin embargo, dirás tú, sobrevive.

Elena Medel (1985, Córdoba, España), Mi primer bikini, Ediciones DVD, 2001 (Premio Andalucía Joven de Poesía)

Cuando éramos eternos

Cuando éramos eternos

Para Álvaro Álvarez Villamartín


Cuando éramos eternos
y los días no parecían tener un fin,
nos gustaba gastar las horas
sentados en la calle
charlando sobre el paso del tiempo y sus efectos.
Envejecer solo era el argumento romántico
de esta trama que llaman existencia.
Nombrábamos la vida
como si aún no hubiera nacido
ni tampoco fuéramos a morir.
Por alguna razón que no sabría explicar
sentíamos que estábamos a salvo.

Nos engañábamos, era obvio.
Sin embargo, jamás nuestra mirada
fue más franca que entonces.

José Gutiérrez Román (1977, Burgos, España); Material de contrabando, Ed. Difácil, 2020

Hace tiempo

Hace tiempo

A Nati y Jorge Riechmann

Recuerdo que una vez, cuando era niña,
me pareció que el mundo era un desierto.
Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
las estrellas no tenían sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sueño equivocado.
Sé que una vez, cuando era niña,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socavón que se tragó a la vida,
un embudo por el que huyó el futuro.
Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado.
Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.
Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.
Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.

Francisca Aguirre (1930-2019, Alicante, España), Pavana del desasosiego (Premio “María Isabel Fernández Simal” 1998), Ediciones Torremozas, 1999

Cuando la lluvia se ha ido

Cuando la lluvia se ha ido

Cuando la lluvia se ha ido
he salido descalza al exterior,
el olor a tierra mojada era tan intenso…
parecía que toda la montaña
latía con fuerza dentro de mi estómago.

He sentido entonces mi silencio emocionado
como un manzano mecido por la brisa.
Luego me he arrodillado y he estado comiendo tierra
hasta que dentro de ella he oído cantar a mis abuelos.

Julia Otxoa (1953, San Sebastián, España); La lentitud de la luz, Editorial Cálamo, 2008