Dormir

Dormir

¡Yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir!… ¿Sabes?: el sueño
es un estado de divinidad.
El que duerme es un dios… Yo lo que tengo,
amigo, es gran deseo de dormir.

El sueño es en la vida el solo mundo
nuestro, pues la vigilia nos sumerge
en la ilusión común, en el océano
de la llamada «Realidad». Despiertos
vemos todos lo mismo:
vemos la tierra, el agua, el aire, el fuego,
las criaturas efímeras… Dormidos
cada uno está en su mundo,
en su exclusivo mundo:
hermético, cerrado a ajenos ojos,
a ajenas almas; cada mente hila
su propio ensueño (o su verdad: ¡quién sabe!)

Ni el ser más adorado
puede entrar con nosotros por la puerta
de nuestro sueño. Ni la esposa misma
que comparte tu lecho
y te oye dialogar con los fantasmas
que surcan por tu espíritu
mientras duermes, podría,
aun cuando lo ansiara,
traspasar los umbrales de ese mundo,
de tu mundo mirífico de sombras.
¡Oh, bienaventurados los que duermen!
Para ellos se extingue cada noche,
con todo su dolor el universo
que diariamente crea nuestro espíritu.
Al apagar su luz se apaga el cosmos.

El castigo mayor es la vigilia:
el insomnio es destierro
del mejor paraíso…

Nadie, ni el más feliz, restar querría
horas al sueño para ser dichoso.
Ni la mujer amada
vale lo que un dormir manso y sereno
en los brazos de Aquel que nos sugiere
santas inspiraciones. ..
«El día es de los hombres; mas la noche,
de los dioses», decían los antiguos.

No turbes, pues, mi paz con tus discursos,
amigo: mucho sabes;
pero mi sueño sabe más… ¡Aléjate!
No quiero gloria ni heredad ninguna:
yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir…

Amado Nervo, El estanque de los lotos, 1919

Umbral para un libro que se soñó distinto

Umbral para un libro que se soñó distinto

Hubiera querido yo que este libro fuera todo ficción, todo la sola fiesta de los sueños que uno escribe para que le sucedan. No hay como el mundo cerrado y abismal de las historias que imaginamos ciertas para luego regalarlas a quien las quiera soñar con nosotros. Pero los libros van siendo el testimonio de lo que somos y, en los últimos tiempos me han pasado los sueños por encima, me han tomado la vida como milagros inasibles, me han hecho el cada día de un modo tan intenso que nada de lo que imaginé me pesó tanto como la mentira inaudita de lo real.

Por eso hay en este libro el deseo de contar lo que me sucede como quien cuenta sus bendiciones: en trozos, en desorden, sin más ley que la memoria y su delirio…

Ángeles Mastretta, El cielo de los leones, 2003

Aunque tú no lo sepas

Aunque tú no lo sepas

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.
Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.
También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes,
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuando te marchas.
Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.
Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

Luis García Montero, Habitaciones separadas, 1994

El sueño

El sueño

La casa tenía pocos metros y los cristales rotos
por las ventanas heridas
se colaban la noche y los insectos

las ráfagas azules de la muerte
competían con la velita mínima
aquí alumbraba tan tímida la estancia

mientras dormías te repetía siempre en un susurro débil:
no te mueras ni por dios y por la patria
(ni por dioses)
(ni por patrias)

pero tú no me oías.

Mila Ramos (1961, Córdoba, España); 8000 razones para la memoria, Ed. Torremozas, 2004

Anduve por el dorso de tu mano

Anduve por el dorso de tu mano, confiada…

Anduve por el dorso de tu mano, confiada,
como quien anda en las colinas
seguro de que el viento existe,
de que la tierra es firme,
de la repetición eterna de las cosas.
Mas de repente tembló el universo:
llevaste la mano a tus labios
y bostezando abriste la noche
como una gruta cálida.

Llevabas diez mil siglos despertando
y el fuego ardía impaciente en tu boca.

Chantal Maillard, de «Hainuwele» 1990

Espíritu del tiempo

Espíritu del tiempo

Cobijan las noches ecos,
voces que pierden los días,
tediosos fragmentos de vida,
melancolía de gaviotas.
Se transforma la distancia
en espejismos de ceniza,
estampida de colores,
susurro de olas.
La luz se amontona.
Amalgama de incontrolables deseos;
vestíbulo de sueños,
delicada sábana de aromas.
Cada estrella guarda una voz,
fuego de las palabras,
rumores de destierros,
oquedad del pensamiento.
Tiene la noche cautivo
el suspiro de una flor.
Un gigantesco guiñol,
las sombras que perdemos.
En enjambres de cristal se apaga la luna.
Las hormigas conducen ambulancias
declamando voces de sirenas.
En púlpitos de cangrejos
croan sin cesar las ranas,
glorifican a peces disecados
que embargaron el espíritu de agua.
Ángeles de cemento
construyen moradas
con los ojos de los hambrientos.
Insignias de negra sangre
lustran los necios.
En el azar de los sueños
las amapolas olvidan su nombre,
vagan perdidas en el tiempo.

Marcos Jiménez León (1956, Torreperogil, España) Cigarras de alambre 2012

Interior

Interior

A menudo converso con mis sueños.
Los invito a salirse de la noche
y se sientan, con trajes neblinosos,
junto a mi mesa sucia de papeles.
y les pregunto sobre su sintaxis
porque se ofenden si hablo de semántica.
Hoy he recuperado de sus manos
un fragmento de ti tan exquisito.
como una noche de junio en Gil de Biedma,
un otoño de Keats o aquel sabor a polo de naranja
de las viejas mañanas de domingo.

Aurora Luque (1962, Almería, España), Problemas de doblaje, Ed. Rialp, 1990

Trance de la lluvia

Trance de la lluvia

Es la lluvia, hijo mío ꟷy un lejano relámpagoꟷ,
lo que hace cimbrearse las cumbreras del techo.

Se arrebujan los juncos en la débil orilla
mientras el agua acrece el caudal del arroyo.

Pero sigue en tu sueño. Porque lleva mi nombre,
tu barco de papel salvaré del naufragio.

Mª Victoria Atencia (1931, Málaga, España); Trances de Nuestra Señora (1986). Extraído de Una luz imprevista. Poesía completa; Ed. Cátedra, 2021.

Animales de compañía

Animales de compañía

Ellos no, nunca atacan,
tan solo se defienden.
Está en su naturaleza.

¡Uno los ama tanto!
Los acaricias, les mesas el pelo,
los abrazas a corazón abierto,
los metes en tu vida
y todo te lo cambian.

Ellos no lo hacen adrede,
no pueden evitar la genética
y cuando uno, que tanto los ama,
intenta, mansamente, con cariño,
que hagan lo que tú quieres,
cuando los cambias de sitio
o de costumbres,
te arañan sin saberlo,
te pican sin maldad,
te muerden sin intención.

Es por eso
que estas marcas moradas,
ya casi verdes, que andan dispersas
entre mis versos,
estas marcas como de dientes
horadadas en mis poemas
no son culpa suya.

¡Uno los ama tanto!
Ellos no lo hacen adrede.
Es que cuando intentas
que hagan lo que tú quieres,
cuando los cambias de sitio
o de costumbres,
los recuerdos arañan,
los sueños pican,
los desamores muerden.

Francisco Pérez

Carne del mar tensa y desnuda

Carne del mar tensa y desnuda,
violenta sombra de nácar oscuro,
hacia el verano tiendes tu lamento,
oh carne de muerte latiendo inmensa
bajo mi corazón embravecido de amor.
Hacia ti los tibios suspiros del alba,
hacia ti los jóvenes miembros adolescentes,
hacia ti los brazos marineros,
la hojarasca poderosa del sueño,
ese semblante cóncavo del miedo,
el horizonte de sal que no te siente
cuando estrechas un pecho maduro,
carne del verano, luz recogida
en este temblor de muslos tensos,
en estos pálpitos en que respira el mundo,
fulgor instantáneo de isla,
en ti se concreta la noche
cuando te apaciguas y derramas,
cuando emites tu tierno gemido de ave
en tu lejanía de plata y algas.
Por ti yo sabría de la muerte
y de sus pechos sonámbulos,
por ti, oh mar,
yo sabría del Eterno,
del suspiro de un dios
que hubiera posado en mi vientre
su espléndida desolación de música quebrada.

Isabel Rosselló (1950, La Coruña, España), Las diosas blancas. Antología de la joven poesía española escrita por mujeres, Edición de Ramón Buenaventura, Ed. Hiperión, 1985