Mujeres

Mujeres

«Hay una historia que no está en la historia
y que sólo se puede rescatar aguzando el oído
y escuchando los susurros de las mujeres.»
Rosa Montero

En mi casa somos mayoría.
También en mi pueblo, en la ciudad,
en el país, en el continente
y en el mundo.

Hoy, la mayoría es una voz
que habla a través del tiempo
por todas las que apagó el silencio.

Nos componen los nombres olvidados
de las mujeres que debemos rescatar.
Aquellas que callaron
y solo pudieron rendirse.
Las que se atrevieron a ser
y tuvieron que pagar por ello.
Rescatemos a las que se escondieron
detrás de otro nombre
porque escribir las convertía en prostitutas
-la desnudez libre de la mujer,
siempre prohibida-.
A las que empujaron hacia delante la ciencia
y tuvieron que compartir el mérito.
A las que sólo reconocieron
su trabajo porque un hombre quiso hacerlo.
A las que vieron como otros robaban su investigación.
A las que esculpieron con el corazón roto
y su mundo no les creyó.
A las que fueron artistas encarceladas
porque otros las decidieron musas.
A la hermana de la madre de mi abuela
que tuvo la valentía de tener un hijo sola.
A mi abuela, que, siendo señorita,
se ponía los pantalones debajo de la falda.
A las que quisieron hacerse oír,
a las que no cedieron, a las que soñaron
y lograron cumplirse.
A las que hicieron lo que quisieron,
se vistieron como quisieron
y se casaron con quien quisieron.
A las que acusaron, encerraron
y trataron de locas.
A las que acusaron, encerraron
y quemaron por brujas.
A las que alzaron los puños en alto
para defender su razón
y a las que solo pudieron desaparecer.
A las que amaron y regalaron su talento.
A las que fueron humilladas,
maltratadas, insultadas,
despreciadas y calladas.
A las que se fueron sin saber
que el tiempo sabría devolverles
el mérito, el poder y la razón.
A las musas que decidieron hacer arte.
Ahora nuestras voces se oyen más alto
porque en cada una
habita la palabra de otras diez.
Por mí y por todas las demás:
grita,
grita hasta que todos lo oigan,
grita hasta que la respuesta
sea sincera y la misma para todos.

Mujer,
grita,
siente tu lugar, tu poder, tu libertad y tu vida.

Andrea Valbuena (1992, Barcelona, España); Si el silencio tomara la palabra, Ed. Valparaíso, 2018

Todas las mañanas

Todas las mañanas
me voy y dejo la alegría

está durmiendo aún
plácidamente

vengo hacia el abandono de las frases sin alma
en las que nadie paladea
ni el contento de hablar el mismo idioma
ni de comer de un mismo pan

adonde a nadie le parezco hermosa

os dejo en la penumbra
con mi sombra solícita que vela vuestro sueño

Esperanza Ortega (1953, Palencia, España), Algún día, Ediciones Portuguesas, 1988. Extraído de Lo que va a ser de ti, Ed. Plaza & Janés, 1999

No existe el infinito

No existe el infinito…

No existe el infinito:
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una trayectoria,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.

Chantal Maillard, («Matar a Platón», 2004)

No sé escribir sobre la felicidad

VII

No sé escribir sobre la felicidad por la inmensidad de su lenguaje,
porque sobrepasa un latido,
devora el instante.

Se consume tan rápido como este poema en el fuego,
como la vida de un kamikaze.

Cuando escribo, lloro.
Y cuando lloro, lloro sobre lo escrito
haciendo que mis versos se ahoguen en mis propias lágrimas
como cuerpos sin vida que se lleva una riada.

Ansío sin sentido salir de un dolor
que me encarcela y me quema.

Ansío descongestionar el latido consentido
porque no deberíamos olvidar que el corazón,
aunque dando vida,
lo hace mediante la sangre,
y la sangre es herida.

Loreto Sesma (1996, Zaragoza, España); Alzar el duelo, Ed. Visor, 2018

Escontra l’insomniu

Escontra l’insomniu tamién dormía dalguna vez con mio ma.
Yo miraba pala paré, ya ella pa la puerta,
pa guardar tolos furacos del templu.

A veces xirábame pa ella,
tocába-y los rizos per ou salíen los páxaros
que-y contaben mentires a la pena.

Páxaros d’otru tiempu nel que yo nun morrí.

Cuando nun podíemos dormir
facíemos migraciones a la cocina
o al soníu de la curuxa monte arriba,
al picu’l monte a rodiar las estrellas,
metelas nun vasu de Nocilla.

Contábame cuentos garraos de la nuesa Sherezade,
vieya ya coxa.

Agora, de nueche, voi tocar los páxaros
hasta que pueda facelo colos güeyos zarraos,
y voi dicite, a ti, Sherezade,
que yá siento la to pena tocando los rizos de mio ma.
Les muyeres d’esta tierra tamos condenaes
a llorar colos güeyos zarraos los domingos,
abrazanos callaes de llunes a vienres.


Contra el insomnio también dormía alguna vez con mi madre.
Yo miraba hacia la pared, y ella hacia la puerta
para guardar todos los agujeros del templo.

A veces me giraba hacia ella,
le tocaba los rizos por donde salían los pájaros
que le contaban mentiras a la pena.

Pájaros de otro tiempo en el que yo no morí.

Cuando no podíamos dormir
hacíamos migraciones a la cocina
o al sonido de la lechuza monte arriba,
al pico del monte a rodear las estrellas,
meterlas en un vaso de Nocilla.

Me contaba cuentos tomados de nuestra Sherezade,
vieja y coja.

Ahora, de noche, voy a tocar los pájaros
hasta que los pueda sentir con los ojos cerrados
y te voy a decir a ti, Sherezade,
que ya siento tu pena tocando los rizos de mi madre.

Las mujeres de esta tierra estamos condenadas
a llorar con los ojos cerrados los domingos,
abrazarnos calladas de lunes a viernes.

 Raquel F. Menéndez (1993, Asturias, España); El llibru póstumu de Sherezade, Ed. Impronta, 2018

Canto para los niños sin infancia

Canto para los niños sin infancia

Allá,
cuando era niña,
probé la hierba.
Y era verde su olor,
y verde su sabor,
y verde su escondido y pequeño
rincón de sombras.

Sin embargo,
la amargura
que no tiene la hierba
cuando está dormida,
la tienes tú,
pequeño limosnero sin sombra,
a esta hora en que los niños duermen
y en que tu sueño
abre su boca blanca,
interrogante.
A las diez de la noche
la lluvia extiende sobre las piedras
su fatigada lengua de frío.
A las diez de la noche
el hambre muerde y muerde
cerca del corazón.
A las diez de la noche
te quedas en la esquina
solitario,
tembloroso,
y aunque quieras gritar que no se vayan todos,
que no dejen la calle abandonada,
que el viento, si no hay nadie,
gruñe y empuja contra las paredes,
la soledad se posa, inevitablemente,
sobre tus manos sucias y asombradas.
Es la hora en que los niños duermen
para no oír el miedo nocturno que se agita.
Pero tú,
pequeño de seis años,
no eres niño siquiera.
Cuando naciste
alguien dijo que la infancia no te pertenecía
y desde entonces
lo vienen repitiendo muchas bocas:
—el pan tampoco es suyo,
—ni el cariño,
—ni la pequeña tierra de sus pasos,
—ni esos seis años que le vienen grandes.
Y por eso,
sin nada tuyo,
ni siquiera el sueño
miras la calle
como a una larga pesadilla sin sueño
entre los ojos
Pero algún día,
la hierba será dulce,
y te será devuelto tu corazón de niño,
tu reposo de niño,
y la pisada de amor que te negaron
sobre la tierra.

Quizá bajo la hierba
hayamos enterrado muchos muertos,
pero la noche no podrá apretarte
nunca más
contra la mesa de los bares,
ni gritarte en el miedo
con su voz de borracha.
El olor de la hierba
seguirá siendo verde,
y verde su sabor,
y verde
su escondido y pequeño
rincón de sombras,
para que tú lo encuentres
y lo ames.

Julieta Dobles (El peso vivo, 1968)

Cicatrices

Las cicatrices

No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.

Piedad Bonnett (1951, Colombia); Explicaciones no pedidas (XI Premio Casa de América de Poesía Americana), Ed. Visor, 2011

En un árbol escrito

En un árbol escrito

Nunca nada de ellos te había conmovido,
ni siquiera sus nombres.
Recogías del suelo
a veces una hoja desprendida a tu paso,
la mirabas ausente
con tosca indiferencia,
segura de su verdor, que iba a responder
con el silencio suyo a tus preguntas, ¿cuándo?

Debajo de sus copas pasó el amor contigo
y aspiraste el perfume
de su hospitalidad ensombrecida,
mas no leíste nunca
su caduca escritura,
los trazos del reflejo inestable del sol
en la sombra que era de tus sueños cobijo.

Ahora no responde, ahora te interroga:
¿desde dónde ha caído esta hoja amarilla
sobre el papel en el que escribes?

Y mientras se deshace
en tus manos su escuálido esqueleto,
le contestas que has visto esta mañana
al mirar a tu hijo
-que de repente es alto, tan alto como ellos-
la esbeltez de sus troncos,
que en su vello incipiente hay restos de resina
e intuyes en sus labios un sabor de raíces.

¿Lo recuerdas ahora? Ése era el mensaje
perenne, de aquella escritura:
en ti había un árbol,
de su copa ha caído esta hoja amarilla.
El árbol que ha brotado de la alfombra invisible
de las horas de espera,
aquél en el que añoras llegar a cobijarte,
bajo la sombra tuya,
junto al tronco soñado
en cuyo cerne estaba escrito este poema.

Esperanza Ortega (1953, Palencia, España), Lo que va a ser de ti, Ed. Plaza & Janés, 1995