Ya creciste

Ya creciste

Ya creciste,
ya tienes el armario ordenado por estaciones y
los libros colocados por autores.
Tus amigos te sonríen desde el corcho,
tienen los cuerpos prendidos con chinchetas
y no se quejan.
Hay una agenda sobre la mesa
-ahora es importante no olvidar jamás las cosas-,
las tapas de cuero,
las hojas con fechas,
las citas con el dentista, los exámenes,
el casero que viene dentro de dos días.
Productos para el cuidado del cabello en la bañera,
botecitos de crema para cuidar la corteza.

Ya creciste,
pero no sufras.
¿Acaso no crecen también los árboles
y no lloran?

Alba Flores Robla (1992, Madrid, España); Digan adiós a la muchacha, Ed. Rialp, 2017 (Pemio Adonáis 2017)

Dejaste de escribir

Dejaste de escribir

Canciones intocables, lugares anchos y largos,
cervezas abiertas cuando teníamos veintidós
y las conversaciones duraban y duraban.
¿Qué te puso tan triste, que dejaste de escribir
esos poemas que nos gustaban tanto?
De las fiestas de aquel verano largo
recuerdo una. Cerca del final,
cayó un aguacero cálido de pronto,
rompió los toldos, desbordó la piscina.
Tú saliste a bailar casi desnudo, riendo como un loco.
En medio de la calle saltabas en los charcos.
Terrible hermano:
los jóvenes heridos también somos jóvenes.
Te fuiste pisando sitios que el sol no tocaba nunca.
Casas, prados, otros trenes
pasaron en el viaje del que vuelves.
En el porche desconchado ahora crecen aloes
y geranios enredados solo en sí mismos.
El frescor sigue llamando a la siesta.
Aunque ya nadie lo escucha, sigue llamando.

Vicente Monroy (1989, Toledo, España); Las estaciones trágicas; Suburbia Ediciones, 2018

Emigrantes

Emigrantes

Llegamos al atardecer. Hacía frío.
Había esa luz dorada y como triste que va extendiéndose sobre los sentimientos de quien va buscando la misericordia de la vida.
Mamá nos hablaba con voz frágil colocándose el pañuelo de caballos y monedas, muy sensible, tal vez sentimental, recordando lo que habíamos dejado, con un brillo terriblemente oscuro en las pestañas.
Mi hermano, con sus gafas de niño antiguo y bueno nos miraba, callado, con aquella expresión de asombro y de tristeza que algunos hombres conservan para siempre.
Habíamos bajado del coche –el primer coche rojo que papá se compraba– y habíamos mirado alrededor
translimitando la realidad y la amargura.
Sólo mi padre, aparentando ilusión iba y venía, entusiasmado, de su coche al círculo de mi madre y los niños.
Iba y venía como mágico de la radio a mi cabeza, acariciándola, diciendo:
“Ven, mater amantísima, aquí está nuestro futuro. En este lugar tendremos muchos amigos y seremos felices. Ven.”
Yo, siempre dispuesta a dejarme convencer por la alegría, me fundí en mi padre imaginando el mundo lleno de regalos
que nos esperaba…

Ahora, apenas puedo recordar todos los años tristes lejanos que vinieron.

Éramos un grupo, aquella tarde, de emigrantes perdidos, de fantasmas ingenuos junto a un coche.

Isla Correyero (1957, Cáceres, España); Mi bien. Ed. Visor, 2018

Adiós a la niñez

Adiós a la niñez

Adiós Peter Pan,
se aleja mi niñez
dando pasos de gigante
y tu sombra soy yo
convertida en mujer.

La tierra en donde vives
no me puede acoger
porque ahora sueño
que eres agua salada
mojándome la piel,
que eres un niño grande
bebiéndose mi sed.

Ya no puede volar
porque mi boca
ha aprendido a morder
con dientes de deseo,
y he dejado de ser
la niña que encontraba
respuestas en los libros.
Ahora salgo a buscar
las piezas perdidas de mi alma
en los ojos cerrados de la noche.

En tu almohada
he guardado los tebeos
que leía de niña,
el pedazo de cielo de viñeta
que no podré alcanzar
por querer ser tu amante.

Adiós Peter Pan,
el eco de los niños
que no quieren crecer
y sólo juegan
me ha hecho recordar
que tuve sueños
que nunca jamás podrán cumplirse.

Ana Merino (1971, Madrid, España), Juegos de niños, Ed. Visor, 2003. (I Premio Fray Luis de León)

Ítaca no existe

Ítaca no existe

Tres vueltas de llave y un olor a silencio,
la luz súbitamente estrangulada en el lecho sin fondo
y la humedad de quince o más otoños
y esta locura
y esta oscura gangrena de embriagada penumbra,
tres o cuatro macetas con esquejes de olvido
o esa vela gastada en noche de tormenta.

Las puertas columpian el llanto de sus goznes.
Hace ya tiempo que no hay golondrinas al borde del tejado.

Asciendo lentamente
                                     aquella escalera de los sueños freudianos,
subo a los altares mínimos
                                              de mi propia insuficiencia.

¡Cuánto ayer empozado,
cuánta breve mortaja,
cuánto leve recuerdo!

Sobre la cal de esta pared escribo un verso:

He regresado y nada me esperaba.

Quizá se vuelve como a la patria o al padre
con un algo de herida
y esa ansiedad de no reconocerse en los viejos espejos.
Quizá se vuelve tarde,
se vuelve ya sin tiempo.
Desde el suelo
una muñeca muerta me contempla,
                                            -una muñeca serenamente muerta-
Me alejo
con la desagradable sensación de haber profanado una tumba.

Amalia Iglesias Serna (1962, Palencia, España), Un lugar para el fuego, Ed. Rialp, 1985. Este poemario ganó el Premio Adonáis en 1984

El ángel y su piedra (poema cubista)

El ángel y su piedra (poema cubista)

para Jorge Villalmanzo, que aprendió a volar

me voy a cazar árboles, digo con firmeza

pero una cebra coronada de escabiosas
cruza la calle, y me detengo a mirarla
y pierdo el rumbo y la noción del tiempo
y la prisa y la cordura

se nos escapan los días a la velocidad del rayo

ha empezado a llover
hay charcos que nos pertenecen, digo con firmeza
y todos los ángeles
deberían volar con una piedra atada al cuello

Isabel Bono (1964, Málaga, España); Me muero, Bartleby Editores, 2021

Tópico

Tópico

Ya no atrapes el día —no se deja,
no es tan fácil ser dueño del presente,
persistir en la dicha o detenerla
para el trámite mínimo
de asignarle palabras.
Y ni al acariciar
las sienes o los pómulos o el pecho
que con furia deseas, cuando la luz parece
palparse con las yemas de los dedos,
estás lejos al fin de los vampiros:
la Utopía, el Vacío, la Memoria.
Amas para escribirlo solamente,
la dicha pide a gritos que un recuerdo
del futuro la abrace y la duplique.
No corras tras el día. Si no lo acosas puede
que se tienda sumiso
de noche en tu regazo.

Aurora Luque (1962, Almería, España), Problemas de doblaje, Ed. Rialp, 1990

Poesía para un lunes

Poesía para un lunes

Vuelve el lunes tras el hiato;
vuelve con los ojos llenos de sueño
y con menos sueños posibles,
vuelve funcionarial, rutinario,
como la tormenta tras el rayo,
como un matrimonio.
¿Dónde están las buenas noticias?
El lunes huele a detergente,
a vacío,
a comida congelada.
Los lunes nunca hacemos el amor.
Lunes, tediosa palabra de orden
depurativo y famélico.
No hay poesía los lunes. Ni pescado fresco.
Es lunes, pero te quiero
y eso me salva del mundo.

Eva Vaz (1972, Huelva, España); Ruido de venenos, Ed. Crecida, 2013.

No pido más

No pido más, ¿ya para qué?
Y es que, siglo tras siglo, no me encuentro
en las alforjas de tan andariega vida
más que el triste legado
de tener que pedir.
Pasé de largo, crucé el límite
y en esta nueva realidad me queda,
apenas, la añoranza de lo mucho
que fui perdiendo al elegir.

No pido más; acaso
la mesa de un café, a ser posible
en Montparnasse, vidrieras y molduras
años veinte, y algunas luces mortecinas
anunciando el derrumbe clamoroso,
definitivo de la tarde.

Y un pintor rezagado que recoja,
silencioso sus bártulos,
y un farol que, de pronto,
se ilumine, incendiando
los árboles cercanos.

¡Ah!, y un saxo
que apenas si se oiga, pero
que, de alguna manera, haga saltar
los resortes más íntimos
de una melancolía antigua; un saxo
que me cuente lo que dejé olvidado
sin querer, ¡tanta vida! ,
lo que me fue olvidando a mí.

Y una calle sin fondo.
Y tú llegando acalorada, frágil,
como del otro lado de la lluvia,
con un paraguas rojo, y el deseo
transparentado en la tersura
de tu piel. Y el mojado impermeable
robándome el contorno sinuoso
de tu cintura amada.

Y un saxo sí, un saxo constipado,
terco y lejano, desde
la niebla de otros tiempos, asomándose
como una flor pequeña por el único
resquicio de esta triste y desolada
conciencia que no quiere
desvanecerse.

Rafael Guillén (1933-2023, Granada, España); Balada en tres tiempos para saxofón y frases coloquiales, Ed. Visor, 2014

No perdamos el tiempo

No perdamos el tiempo

Si el mar es infinito y tiene redes,
si su música sale de la ola,
si el alba es roja y el ocaso verde,
si la selva es lujuria y la luna caricia,
si la rosa se abre y perfuma la casa,
si la niña se ríe y perfuma la vida,
si el amor va y me besa y me deja temblando.
¿Qué importancia tiene todo esto,
mientras haya en mi barrio una mesa sin patas,
un niño sin zapatos o un contable tosiendo,
un banquete de cáscaras,
un concierto de perros,
una ópera de sarna…
Debemos inquietarnos por curar las simientes,
por vendar corazones y escribir el poema
que a todos nos contagie.
Y crear esa frase que abrace todo el mundo;
los poetas debiéramos arrancar las espadas,
inventar más colores y escribir padrenuestros.
Ir dejando las risas en la boca del túnel,
y no decir lo íntimo, sino cantar al corro;
no cantar a la luna, no cantar a la novia,
no escribir unas décimas, no fabricar sonetos.
Debemos, pues sabemos, gritar al poderoso,
gritar eso que digo, que hay bastantes viviendo
debajo de las latas con lo puesto y aullando,
y madres que a sus hijos no peinan a diario,
y padres que madrugan y no van al teatro.
Adornar al humilde poniéndole en el hombro nuestro verso;
cantar al que no canta y ayudarle es lo sano.
Asediar usureros y con rara paciencia convencerles sin asco.
Trillar en la labranza, bajar a alguna mina;
ser buzo una semana, visitar los asilos,
las cárceles, las ruinas; jugar con los párvulos,
danzar en las leproserías.
Poetas, no perdamos el tiempo, trabajemos,
que al corazón le llega poca sangre.

Gloria Fuertes (1917-1998, España), Obras incompletas, Ed. Cátedra, 2000