Alicia tira los dados para abolir el azar

Alicia tira los dados para abolir el azar

El tiempo avanza porque existen las certezas,
y sin embargo
solo es capaz de expresar su gratitud
consumiéndolas,

en cierto modo, hay juguetes radiando decisiones,
peonzas que se detienen
en una casilla y no otra del juego de la oca,
yoyós que responden
con determinado número de elevaciones
y no otro,
igual que los ladridos
de los perros matemáticos del circo.

Pero de todos es sabido que a las niñas
nos gustan las miniaturas,
y nunca podremos resistirnos a una muñeca rusa hecha de dados
cada vez más pequeños,
uno dentro de otro hasta el abismo.

Sofía Rhei (1978, Madrid,España) Alicia volátil, Cangrejo Pistolero Ediciones, 2010. Extraído de Sombras di-versas. Diecisiete poetas españolas actuales (1970-1991); Ed. Vaso Roto, 2017.

Naturalezas muertas

Naturalezas muertas
I.
Las manillas de este reloj
tan sólo van cerrando puertas.

II.
De algunas vivencias
queda apenas un retrato molesto.

Objetos inertes, inútiles,
invadiendo la memoria.

¿Para qué volver?
Su pulpa agridulce se secó hace tiempo.

III.
Una flor de papel
también es un vegetal.

Sonia Marpez (1987, Lugo, España), “Estación Poesía” Nº 8, Editado por Secretariado de Publicaciones Universidad de Sevilla, 2016

Nimiedades

NIMIEDADES

Tu luz era fuente de gozo aquellos días.
No importaba más
la piel dura de las sombras,
ni el rasgado sol de aquel otoño incipiente
impedía aún el rojo de la tarde.

Entonces era más joven y escribí
poemas remilgados. Inventé para ti paisajes tiernos
y la esperanza
de aquel que desconoce,
iluminaba mi rostro y transformaba el presente
en un futuro favorable.

Quisiera ahora, sin embargo, nimiedades.
Verte dudar junto al estante de los yogures,
mirarte hervir las patatas,
sacudir de tu hombro las gotas
algún día en que, al salir del cine,
nos sorprendiese la lluvia y su fragancia.

María Paz Otero (1995, Madrid, España); Nimiedades. Ed. Hiperión, 2021. Ganadora del III Premio de Poesía Joven Tino Barriuso.

Lluvia en la cala

Lluvia en la cala

Llueve, entre pausas, sobre las piedras
redondas, asustadas sin razón.
Cubren toda la orilla de la cala.
Están quietas. Ahora el mar suena
a la vez que el deseo de cambiar
junta y destroza espuma en olas breves
que acaban serenísimas. El tiempo
parece una voz que nada dice.
Otro tiempo imposible lo desmiente
en cada terminarse de las olas,
más breves que la lluvia. Sorprendidas
por su propio agolparse sin sentido.

Antonio Méndez Rubio (1967, Badajoz, España); de Un lugar que no existe (1998); extraído de La otra joven poesía española, Ediciones Ígitur, 2003

Del transcurso

Del transcurso

Miro hacia atrás, hacia los años, lejos,
y se me ahonda tanta perspectiva
que del confín apenas sigue viva
la vaga imagen sobre mis espejos.

Aún vuelan, sin embargo, los vencejos
en torno de unas torres, y allá arriba
persiste mi niñez contemplativa.
ya son buen vino mis viñedos viejos.

Fortuna adversa o próspera no auguro,
por ahora me ahínco en mi presente,
p aunque sé lo que sé, mi afán no taso.

Ante mis ojos, mientras, el futuro
se me adelgaza delicadamente,
más difícil, más frágil, más escaso.

Jorge Guillén (1893, Valladolid-1984, Málaga); Clamor, Ed. Sudamericana, 1957-1963.

Una percha olvidada

Una percha olvidada
y la lámpara vieja
los niños
se despidieron del caballo blanco
se sostenía muda
tu casa
apoyada en el aire de la claraboya
donde el amor creció invisible
tierno como un racimo
asombro
de gentiles fantasmas descuidados
sin embargo el otoño
cayó sobre la casa
y la cubrió de sombras amarillas

Esperanza Ortega (1953, Palencia, España), Mudanza, Ed. Ave del Paraíso ,1994

Los buenos propósitos

Los buenos propósitos

En la lista de cosas por hacer
está la peculiar obligación de recuperar el tiempo perdido,
como si en todos esos buenos propósitos
existiera una fórmula infalible para apropiarse del pasado
y volverlo presente continuo.

Cuando nos desnudamos
la geografía de cada cuerpo
se vuelve una ciencia exacta y nos confirma
que la vida atemporal es para las estatuas.
Esa es la arqueología que a veces nos confunde
mezclando el paladar de los esfuerzos
con la madurez que da forma a la piedra
y su gesto inmóvil de secretos cincelados.

Los pliegues de la carne quieren parecerse
a la luz evaporada del verano;
la arena del cristal de los espejos
es un reloj que araña cada rostro
y va trazando surcos con ecos murmurados.

La soledad reconvertida en todos los instantes
que anidan en nosotros como abismos vacíos.
Ansiedades insomnes de voz distorsionada
que escarban sin descanso en el vértigo extraño
de la mala conciencia que nadie reconoce,
pero es en realidad ese tiempo perdido
que se ha vuelto a escapar y nos despierta a cada rato,
para reírse otra vez de lo que se ha llevado.

Ana Merino (1971, Madrid, España), Los buenos propósitos, Ed. Visor, 2015

En las ventanas de casa

En las ventanas de casa
los años centellean.
Yo aún recuerdo tus manos
temblando
en ese primer regalo
que me hiciste,
cuando eras un hombre
que hoy dices que está muerto.
Recuerdo tus manos y tus ojos,
recuerdo Barcelona dentro de un taxi,
recuerdo las cosas que dijiste,
todas las palabras.
Recuerdo las sillas de ese café,
la mesa con patas de aluminio,
la dulzura salada de tus besos
y mis nervios aflorando
como árboles
al darte la mano.
Somos más viejos
pero somos los mismos,
y todo lo que tengamos que hacer
lo haremos juntos.
No pienses demasiado
y ponme el abrigo;
y no dejes que se enfríe
el pastel de manzana
que siempre compartimos.

Noemí Trujillo (1976, Barcelona, España); La muchacha de los ojos tristes. Poemas, homenajes y estrés; Parnasse Ediciones, 2011

La canción de las cosas perdidas

La canción de las cosas perdidas

Estoy en casa sola, escucho jazz,
una canción que me habla de la lluvia
mientras las gotas, aún lentas, caen
desconcertadas sobre este cristal
que me hace ver la noche y tu recuerdo.

Es la canción de las cosas perdidas,
que regresan en noches de verano
igual que una tormenta inesperada.

Y bailo enloquecida con tu ausencia,
y se calman la lluvia y el desgarro,
y suave es la canción, como la noche.

Los amores difíciles
están en la canción y en esta lluvia
que ahora cae fina en la ventana.

Y las gotas de nuevo se deslizan
lentas sobre el cristal con su promesa
de imposible regreso de las cosas perdidas.

La canción terminó y voy a la cama,
mientras la lluvia fuera me susurra
—no sé si es un consuelo o una advertencia
todo se alcanza al fin, pero a destiempo.

Ioana Gruia (1978, Rumanía); La luz que enciende el cuerpo, Ed. Visor, 2021. Premio Hermanos Argensola 2021