Emigrantes

Emigrantes

Llegamos al atardecer. Hacía frío.
Había esa luz dorada y como triste que va extendiéndose sobre los sentimientos de quien va buscando la misericordia de la vida.
Mamá nos hablaba con voz frágil colocándose el pañuelo de caballos y monedas, muy sensible, tal vez sentimental, recordando lo que habíamos dejado, con un brillo terriblemente oscuro en las pestañas.
Mi hermano, con sus gafas de niño antiguo y bueno nos miraba, callado, con aquella expresión de asombro y de tristeza que algunos hombres conservan para siempre.
Habíamos bajado del coche –el primer coche rojo que papá se compraba– y habíamos mirado alrededor
translimitando la realidad y la amargura.
Sólo mi padre, aparentando ilusión iba y venía, entusiasmado, de su coche al círculo de mi madre y los niños.
Iba y venía como mágico de la radio a mi cabeza, acariciándola, diciendo:
“Ven, mater amantísima, aquí está nuestro futuro. En este lugar tendremos muchos amigos y seremos felices. Ven.”
Yo, siempre dispuesta a dejarme convencer por la alegría, me fundí en mi padre imaginando el mundo lleno de regalos
que nos esperaba…

Ahora, apenas puedo recordar todos los años tristes lejanos que vinieron.

Éramos un grupo, aquella tarde, de emigrantes perdidos, de fantasmas ingenuos junto a un coche.

Isla Correyero (1957, Cáceres, España); Mi bien. Ed. Visor, 2018

Florecemos

Florecemos

A Cris, Luci, Moni y Sara.
A todas las mujeres que amo.
A mis amigas.

Estamos tristes.
Estamos casi derrotadas.
Pero estamos vivas.
Estamos juntas.

Repítelo.

Estamos tristes.
Estamos casi derrotadas.
Pero estamos vivas.
Estamos juntas.

Grítalo

Un grupo de mujeres avanza.
Cantan el mismo verso.
Levantan la cabeza.
Se agitan las faldas.

Están tristes.
Casi derrotadas.
Están vivas.
Porque están juntas.

Alejandra Martínez de Miguel (1994, Madrid, España); Báilatelo sola, Ed. Plan B, 2019

Nana del desperdicio de la tristeza

Nana del desperdicio de la tristeza

 Al abrigo de la arboleda de Soto del Real
   y cerca de María Fernanda y Emilio Barrachina

Tengo delante de los ojos
el asombro de la arboleda
que me abraza.
Miro los fresnos susurrantes,
 los callados abetos,
los sauces melancólicos
 y no sé bien qué hacer
con el desperdicio intangible
 que llamamos tristeza.
 La tristeza es quizás
 el mejor animal de compañía,
la fiera más doméstica,
 pero también la más hambrienta.
La tristeza es un hueco que nos sigue
y que al menor descuido nos alcanza,
se sitúa delante de nosotros
y nos canta su nana de desdichas,
su lamento de fiera abandonada,
su machacona relación de oprobios,
su quejido de bicho que se empeña
en pegarse a nosotros
 y decirnos
que no la abandonemos
 a su suerte,
que nuestra obligación es adoptarla.
El viejo desperdicio de la pena,
tan opaco y radiante a un mismo tiempo,
nos va reconociendo con su hocico
y nos lame las manos con su lengua
y se acurruca manso a nuestro lado:
conoce palmo a palmo
 el territorio.
Sus lágrimas nos lavan con modestia,
mientras el animal nos sigue terco,
 con la amable seguridad
que da el abismo.

Francisca Aguirre (1930, Madrid, España); Nanas para dormir desperdicios, Ed. Hiperión, 2007

Tienda en casa

Tienda en casa

Reciba, sin gastos de envío,
su sonrisa restaurada y blanqueada,
fácil de montar,
sin baterías,
biodegradable,
autoadhesiva,
inodora,
a prueba de bombas,
retransmisiones bélicas en directo,
genocidios,
intervenciones aliadas y ataques a objetivos no civiles
que al final resultan ser un puente, una fábrica,
quién sabe si algún parque,
eso sí, no civil.

Pruebe sin compromisos
nuestra sonrisa
sometida a los mejores controles de calidad
y vuelva a brillar con luz propia
en todo tipo de acontecimientos.

                Si no queda conforme,
                le devolvemos su tristeza.

Irene Sánchez Carrón (1967, Cáceres, España); Escenas principales de un actor secundario, (Premio Adonáis, 1999) Ed. Rialp, 2000

Tristesse

Tristesse

J’ai perdu ma force et ma vie,
Et mes amis et ma gaieté;
J’ai perdu jusqu’à la fierté
Qui faisait croire à mon génie.

Quand j’ai connu la Vérité,
J’ai cru que c’était une amie;
Quand je l’ai comprise et sentie,
J’en étais déjà dégoûté.

Et pourtant elle est éternelle,
Et ceux qui se sont passés d’elle
Ici-bas ont tout ignoré.

Dieu parle, il faut qu’on lui réponde.
Le seul bien qui me reste au monde
Est d’avoir quelquefois pleuré.

Tristeza

He perdido mi fuerza y mi vida,
Y mis amigos y mi alegría;
He perdido hasta el orgullo
Que hacía creer en mi genio.

Cuando conocí la Verdad,
Creí que era una amiga;
Cuando la he comprendido y sentido,
Ya estaba asqueado de ella.

Y sin embargo ella es eterna,
Y aquellos que se han despreocupado de ella
En este bajo mundo lo han ignorado todo.

Dios habla, es necesario que se le responda.
El único bien que me queda en el mundo
Es haber llorado algunas veces.

Alfred de Musset (1810- 1857, Francia) Antología de la poesía romántica francesa; Traducción de Evelio Miñano; Ed. Cátedra, 2000.

Estrella fugaz

Estrella fugaz


Hay una tristeza inherente a las cosas
que las hace bellas
y no quiero llegar a comprender nunca.

Hoy he tenido un sueño triste
y he despertado en una cama carente de nada,
en unas sábanas blancas y tristes,
y en el balcón mis plantas me miraban tristes.

He salido a la calle y era pronto.
Los domingos por la mañana
Madrid se pone más bonita que nunca:
pasearla así ha sido como ver una estrella fugaz,
y me ha parecido todo tan triste
que me he puesto la canción más triste de mi cabeza
y he deseado la soledad.

Me he acordado
de todo lo que he olvidado
y he maldecido el paso del tiempo por un momento;
después he leído que la mujer de Cortázar
tenía los ojos azules y apenados,
y el mundo me ha parecido algo más sencillo,
pero también más triste.
Los fantasmas también quieren flores,
pero la gente solo tiene miedo.

He visto a una pareja sentarse separada
en el metro
con los ojos a un centímetro de distancia,
a una niña reírse a carcajadas de una verdad,
dos manos besarse en una terraza,
una tierra abandonada a través de una ventana
y a alguien pensar en otra vida,
y me he puesto triste
al verme en todos ellos.

Después,
he vuelto a casa,
a mi refugio blanco y triste,
a mi paz en calma culpable,
al fin de cada comienzo,
y te he mirado tranquila y bella,
en el sofá y en tu universo
de estrella fugaz,
y he dejado toda la tristeza en la puerta.


Elvira Sastre

(http://bleuparapluie.blogspot.com/2014/11/estrella-fugaz.html)