Embadurnamos los cuerpos en perfumes de lenguas

Embadurnamos los cuerpos en perfumes de lenguas
esas lenguas indómitas que se engullen
con fragor de conquista multiplicándose imbatibles
en ese idioma nuestro que escapa el escrutinio.
El hambre de nosotros airea olor de carne,
esa carne curtida al soplo y al rocío, al lodo y al salitre,
esa carne despojada de fronteras
vivificada
en apetencia extrema de cachorros sedientos
desbordando extremidades.
Emborrachándonos de hendidura profunda y de dobleces
nuestras bocas engullen en trance hasta el escarpe
que araña desde el órgano.
Un torrente caldea los pasajes con su policromía
ese alud de muerte momentánea, sudor y rubor, pico y cumbre,
y después calma.

Rosa M. Martín (Valladolid, España); A veces contigo, ed. Grupo Literario Juan de Baños, 2018 (ganadora del V Premio Internacional de Poesía Treciembre)

Volviendo a la normalidad

Volviendo a la normalidad

Hoy me he despertado
recordando frases de Tagore
Algunas palabras de Coelho
me rondaban la mente

Cuando me he levantado
tenía todo ese rollo del karma
dando vueltas a mi alrededor

De camino hacia la cocina
me rondaban algunos conceptos:
sol, luna, estrellas, mar y viento

Poesía pura y complaciente
poniendo la lupa en la bondad
La bonita sensación
de que todo está ahí para mí

Pero, ¡ay!
con la primera madalena
el malvado Bukowski
se me ha colado bien dentro

Entonces he sintonizado la radio
Las noticias me han llevado
al lugar donde suelo
y me he puesto a odiar felizmente

Fernando Barbero Carrasco (1949, Vallecas, Madrid, España); La madalena de Bukowski, Amargord Ediciones, 2020

El mensaje

El mensaje

El que se va deja su palabra;
alguien la recoge de la página,
se la lleva al oído,
oye el mar,
el susurro de plata de los peces
esquivando las algas;
la suspende en el aire,
se transparenta el horizonte,
las columnas de polvo vibrando
en el calor del África,
el vértice de azúcar del Aconcagua,
las nubes blancas en el cielo de la pampa
sobre los caballos cimarrones;
la apoya contra el pecho,
oye el tam tam lejano de su corazón,
la cifra del mensaje.

Aurora Bernárdez (1920-2014, Argentina); «La tarea de escribir y otros poemas», en El libro de Aurora, Ed. Alfaguara, 2017.

El mundo hueco

El mundo hueco
 XXI

Nos deshicimos de las huellas.
Ni un resto de pelo, ropa o deje al hablar.
Vendimos las tierras, cerramos las casas,
los utensilios dejados en el suelo de la calle ancha
donde no durarían ni un día. Un paseante,
un morador, darían con el provecho
que nosotros no veíamos.
La cabeza arriba y abajo,
olvidando la lengua antigua
Con que aprendimos a decir las palabras y también a callarlas.
Repartir las semillas.
Repartir el pan.
Sin más rezos ni expiaciones.
Sin apelativos ni títulos.
Huir de los abrazos de camino a los trenes
donde perder el olor a nata,
el peso de las mantas.
La permanencia del vértigo.
No aguantamos.
No quisimos más fallos que los nuestros.
Nuestros códigos nuevos para pensar.

Pilar Adón (1971, Madrid, España); Mente animal, Ed. La Bella Varsovia, 2014. Extraído de Sombras di-versas. Diecisiete poetas españolas actuales (1970-1991), Ed. Vaso Roto, 2017

Una vida mejor

Una vida mejor

Y daría igual que fuéramos eternos.

El escaparate brilla como los fuegos fatuos.

Tras el cristal las minúsculas manos desmenuzan la herrumbre,
una maleta, un pañuelo, un zapato, el cinturón de falsa serpiente, plumas de avestruz para el sombrero que ya nadie llevará,
así brilla el tiempo tras el cristal, fruta escarchada de los días, brillo mineral colgado de un árbol cortado, pez anudado a la cuerda de tender.

Y dará lo mismo que seamos eternos.

Mirar los escaparates, corchea arriba, semifusa abajo,
acompasar el paso para tropezar,
para volver del mediodía, para llegar al anochecer.
Un escaparate y luego otro, y al fondo, el cajero y su ábaco de lágrimas: pasar o no pasar. O quedarnos aquí, moliendo la herrumbre con el molinillo de té.

Pero los guantes de gamuza se posan sobre el piano. Do re mi, sordamente, fa, sol, sol, felpa constante en la percusión. No, no hay pez martillo que valga. No hay animal de sombra ni luz en esta cuenta de adverbios: aquí, allí, ahora, entonces, cuándo.

Daría lo mismo que fuéramos eternos, entonces, ahora, hoy o jamás.

Es mucho más simple. No es cuestión de constelaciones, no es el brillo de la madera trasmutado en ballena, no es la piedra roseta, ni el esperanto de la lluvia, no el canto de sirena deletreado en los surcos de la pizarra. Es mucho más simple.

Una vida mejor.

Una vida con memoria de elefante y sed de camello y ojo de lince, brújula de cormorán, solidaridad de hormiga, precisión de abeja, una vida con fidelidad de cisne y sonrisa de chimpancé y delicadeza de libélula y piel de leopardo, conversación de bosque, majestad de cordillera y siempre el cuento de nunca acabar.

Primera lección nunca aprendida en las cuevas de sésamo: la vida está aquí, no allí, y todos creen que seremos eternos.

En el escaparate brilla la caja registradora, pequeña cola de alacrán, servilletero que nos abraza a la mesa,
una vida mejor,
aquí, allí, al otro lado del cristal.

Y nada importa que seamos eternos.

Guadalupe Grande Aguirre (1965, Madrid, España); Hotel para erizos, Ed. Calambur, 2010

Tenso el puño para dormirme

Tenso el puño para dormirme
un acto reflejo, casi mecánico
me preparo para bucear en las profundidades
durante las próximas ocho horas. Allí aparece
todo lo que esquivo con éxito durante el día:
el miedo a estar sola, el dolor de haberte perdido
el deseo de que regreses y la esperanza también
de que a la larga como me dicen
todo sea para mejor.
Me despierto, el puño sigue tenso
igual como lo dejé al dormirme, abro la mano
por las dudas, pero no hay en ella ningún tesoro
no hay tesoros en el fondo del mar
solo nosotros mismos y un espejo gigante
que al igual que los del circo
deforma nuestras dimensiones
y se lee en clave.

Luciana Reif (1990, Argentina), Entrada en calor, Ed. El Ojo del Mármol, 2016

No te he querido nunca como debiera

No te he querido nunca como debiera, te acompaño
en la alegría y te deseo mucho y a veces
te acaricio, es verdad, con ternura, e incluso
te echo en falta a menudo, en cuanto estás
lejos o no te veo y necesito reunir a tu lado
mi silencio, que es nuestro silencio. Me encuentro
a gusto entre tus brazos, tus manías, tal
y como van las cosas. También estás en mí secreta
y aun así sé que no te he querido como tendría
que quererte, que no seré capaz de hacerlo.

Fermín Herrero (1963, Soria España); Nunca será bastante (poemas casi de amor), Ed. La Garúa, 2019.

La lluvia

LA LLUVIA

En un mundo anterior. En el pasado siempre.

Sobre las tejas pobres de la infancia
donde el amor tapaba las goteras.

Sobre las rosas rojas del otoño
en la lejana adolescencia.

En las estrellas ya apagadas,
en las constelaciones más pretéritas.

Sobre la tumba abierta del mañana
que es pasado también por su certeza.

La lluvia está sonando eternamente
en el patio vacío de mi escuela.

Pedro Sevilla (1959, Cádiz); Para cuando volvamos. Poesía completa (1992-2018); Ed. Renacimiento, 2018.

Los diferentes ángulos de la lluvia


Los diferentes ángulos de la lluvia
nos distraen de la más íntima
naturaleza de la lluvia:
caer siempre perpendicular a algo.

Así a veces cae perpendicular al corazón,
pero el corazón tiene miedo
y escapa de todas las perpendiculares.
Otras veces cae perpendicular a los muertos,
pero los muertos ya no aciertan ninguna geometría.
Y otras veces cae perpendicular a la noche,
pero la noche la abraza como un surtidor por todas partes.

Sin embargo la perpendicular de la lluvia,
para cumplir su llamado,
no necesita ni siquiera una línea,
sino tan solo un punto donde poder caer
y hundirse plenamente.

Roberto Juarroz (1925-1995, Argentina); Poesía vertical, Ed. Cátedra, 2012