Curva de lorenz

Curva de Lorenz

Estoy hablando por teléfono con un amigo. No hay nadie
en casa, puedo escucharlo bien.
Él vive solo hace un tiempo. Siento la caída de la vajilla
amontonada que seguramente no lava hace días.
Comenzamos a hablar de la teoría del caos
en un sentido romántico. Creo que los científicos
son mucho mejores amantes que los poetas.
Ni mi amigo ni yo somos científicos
aunque tenemos ese deseo. Él tiene un tatuaje
de la curva de Lorenz del efecto mariposa. A mí me interesa
su relación con la teoría del caos. Nunca estuve obsesionada
por la armonía perfecta, prefiero el accidente
y sus resultados. Mi amigo coincide. Quizás en la curva
entre aquí y allá, entre un no y un sí,
entre seguir y reventar, alguien montó un desorden
delicado para nosotros. El aleteo de una mariposa
puede producir tornados que tiren
toda nuestra ropa colgada.
¿Un mail o la foto de un árbol
puede cambiar nuestro futuro?
Lo que no esperamos parece hostil
si no tenemos fe en la ciencia.

Sofía de la Vega (1993, Argentina); La idea es vivir cerca pero no encima, Ed. Liliputienses, 2019.

Encarnamos un ser

VI

encarnamos un ser.
Existimos.
Y nuestro amor es posible
pese a las sotanas que enlodan el suelo,
pese a la publicidad que solo arroja luz
hacia un calvero del bosque,
pese al gusano de la intransigencia,
y al malecón del odio.
Este cielo de luz suave
nos conoce
y cuando ya no estemos
distinguirá en la tierra a nuestros hijos.
Somos parte de ellos,
y al revés.

Ariadna G. García (1977, Madrid, España); Ciudad sumergida, Ed. Hiperión, 2018

Esta voz que se enciende

Esta voz que se enciende
¡qué alegría delata!
en una flor
todas las flores
sobre la tapia limpia
ni un revés
¿canción?
arde aquí
no hay palabra
en una flor
todas las flores
el mundo ha recobrado
su anillo de verdor
rueda por el sendero que recorren
los deditos de oro
ha llegado la hora
ya están todas las flores
en una sola flor

Esperanza Ortega (1953, Palencia, España), Como si fuera una palabra, Ed. Lumen, 2002

Adiós a la niñez

Adiós a la niñez

Adiós Peter Pan,
se aleja mi niñez
dando pasos de gigante
y tu sombra soy yo
convertida en mujer.

La tierra en donde vives
no me puede acoger
porque ahora sueño
que eres agua salada
mojándome la piel,
que eres un niño grande
bebiéndose mi sed.

Ya no puede volar
porque mi boca
ha aprendido a morder
con dientes de deseo,
y he dejado de ser
la niña que encontraba
respuestas en los libros.
Ahora salgo a buscar
las piezas perdidas de mi alma
en los ojos cerrados de la noche.

En tu almohada
he guardado los tebeos
que leía de niña,
el pedazo de cielo de viñeta
que no podré alcanzar
por querer ser tu amante.

Adiós Peter Pan,
el eco de los niños
que no quieren crecer
y sólo juegan
me ha hecho recordar
que tuve sueños
que nunca jamás podrán cumplirse.

Ana Merino (1971, Madrid, España), Juegos de niños, Ed. Visor, 2003. (I Premio Fray Luis de León)

Ítaca no existe

Ítaca no existe

Tres vueltas de llave y un olor a silencio,
la luz súbitamente estrangulada en el lecho sin fondo
y la humedad de quince o más otoños
y esta locura
y esta oscura gangrena de embriagada penumbra,
tres o cuatro macetas con esquejes de olvido
o esa vela gastada en noche de tormenta.

Las puertas columpian el llanto de sus goznes.
Hace ya tiempo que no hay golondrinas al borde del tejado.

Asciendo lentamente
                                     aquella escalera de los sueños freudianos,
subo a los altares mínimos
                                              de mi propia insuficiencia.

¡Cuánto ayer empozado,
cuánta breve mortaja,
cuánto leve recuerdo!

Sobre la cal de esta pared escribo un verso:

He regresado y nada me esperaba.

Quizá se vuelve como a la patria o al padre
con un algo de herida
y esa ansiedad de no reconocerse en los viejos espejos.
Quizá se vuelve tarde,
se vuelve ya sin tiempo.
Desde el suelo
una muñeca muerta me contempla,
                                            -una muñeca serenamente muerta-
Me alejo
con la desagradable sensación de haber profanado una tumba.

Amalia Iglesias Serna (1962, Palencia, España), Un lugar para el fuego, Ed. Rialp, 1985. Este poemario ganó el Premio Adonáis en 1984

Entelequia

Entelequia

Hubo magia. Eso dicen,
pero yo estaba fuera,
en el día siguiente:
el 7 de enero.
En mí habita el horror de los regalos.
La muñeca sin párpados,
la caja vacía,
las pilas descargadas.
Estoy en la fractura de las muñecas rotas.
En mí, el caramelo envenenado,
la barba postiza.
Soy lo que sobra,
lo que no se recicla, lo que se amontona,
la basura:
una mujer, no joven.
Nadie.
El despojo de este país,
otro olvido,
un tumor social.
En realidad no existo: soy una invención
basada en hechos reales.
De mí habla la mitad de un telediario,
titulares, cifras, porcentajes.
Pero soy un número goloso,
venid a lamerme, perritos,
chupad mis lamentos,
jugad con ellos entre ministros.
Os dejo la desesperación:
haced un buen caldo con mis miserias.
Sois unos cabrones.

Eva Vaz (1972, Huelva, España). Ruido de venenos, Ed. Crecida, 2013.

No sé

No sé

Soy hermosa y mi piel es suave
y el viento del mar me devuelve rocío
de tiernas tersuras.
Mi cabello perfumo y adorno de áurea madreselva
y mi pecho es redondo y casi virginal.
Tuve un amante que ensalzó mis caderas
y mi forma de amar intensa y silenciosa.
Podría ser aún como un río de luz en tus brazos.
No sé qué te retiene, si furtivo, he visto
un destello de ardor en tu gesto al pasar.

Can I go forward when my heart is here?

No conozco la astucia,
no soy como la hoja del chopo
que en oruga se oculta y arracima
antes de dar su tierno cuerpo al viento,
soy clara y sin pudor,
soy entera y tajante,
y no sé seducir.

Clara Janés (1940, Madrid) Eros; Ed. Hiperión, 1981

Propuesta

Propuesta

Te propongo esta noche
llegar a un acuerdo,
un diálogo entre mi cuerpo y tu cuerpo,
una conversación sin palabras,
un silencio de proyectos,
que tus dedos interpreten
el lenguaje de mis dedos.

Te propongo, simplemente,
alargar la caricia,
no planear la llegada a la cima
sino navegar con el remo de mis brazos
no utilizar para nada el salvavidas
ni que el tiempo detenga la mirada
dirigida a los botones de tu camisa.

Te propongo un pacto de susurros,
una tertulia de gemidos,
un monólogo de gritos,
que todo lo que no dijimos
en la piel permanezca escrito.

Te propongo una noche interminable,
lenta, muy lenta, tan lenta
que cuando nos interrogue la mañana
no sepamos quiénes somos
ni hacia dónde vamos
como si aprendiéramos de nuevo a leer
igual que dos niños pequeños,
como si aprendiéramos de nuevo a escribir
sobre el pálido folio de nuestro cuerpo.

Te propongo una lectura corpórea
desde el prólogo de tus ojos
hasta el epílogo de mi boca.

Gloria Bosch (1959, Barcelona, España);  Dédalo del deseo, Ed. Huerga & Fierro, 1998. Premio Villa de Benasque 1997

Paraguas

Paraguas

Me he comprado un paraguas del color del cielo para albergar todas tus lágrimas. Sólo así tu tristeza más reciente también será mía, y tu dolor ocupará mi sombra.
Puede que aquel paraguas que inventó la forma de calmar los rayos en los días grises no reconozca hoy el tacto de la lluvia y tiemble como un hongo en el olvido.
Puede que un día los nimbos o los cúmulos se nieguen a escurrir todas sus manchas de agua y acaben por secarse con el sol, igual que los lagartos.
Pero el paraguas siempre guardará en silencio la memoria de la lluvia y acogerá en su piel, a un tiempo perfumada y húmeda, las luces de otros rayos: los del sol.
Me gustan los paraguas, pero en casa; colgados del armario, en la cocina, encima del bidé o debajo de la cama pero nunca en la calle. ¿Por qué rayos la gente se pone tan nerviosa y echa a correr cuando llueve un poco? ¿Son tal vez de azúcar? ¿Por qué cuando caen tres gotas toda la gente se ata a su paraguas?
Odio a los que no saben dónde acaba su paraguas; a los que te clavan el mango o la varilla en los riñones, que te lo escurren en los morros, que se echan a volar cuando no pueden con el viento y lo disparan y lo zarandean como tulipanes negros.
Odio a los transeúntes que no vieron nunca a Mary Poppins, que piensan que el paraguas sólo sirve para huir del agua, que en días de tormenta se amotinan en los soportales, que dejan sus paraguas en las papeleras y no se atreven nunca a desplegarlo en casa.
Creo que a las personas se las conoce por sus paraguas: negros para las viudas y los caballeros -quizá más resistentes al humor del agua-, estampados para las solteras, de plástico para los niños, lisos para las universitarias, rojos para los cirujanos, blancos para los curas, verdes para la Guardia Civil, de rayas para los presos, sin tela para los optimistas y de Ágata Ruiz de la Prada para el resto.
Hay paraguas que se abren como flores de invierno, paraguas que se abren como paracaídas, paraguas que se abren por sorpresa, paraguas que no se abren, paraguas para vivos, paraguas para muertos.
Hoy me he comprado un paraguas del color del cielo para albergar tus lágrimas y salir a la calle y decir como Bossa cualquier día: “Bajo la lluvia despliego un mapamundi”.

Raúl Vacas (1971, Salamanca, España); Solar edificable. Antología poética (1996-2020); Editado por la Diputación de Salamanca, 2021.