Todo el silencio de mi vida está encerrado en un grano de ámbar. Todo lo que callé y aún callaré está escondido allí.
La sola voz desnuda que me obliga al secreto y ni lágrimas vierte ni impaciencia, es un punto negro dentro del amarillo fulgor que el alma tiene, una extensa planicie de oro en el desierto, esférica y helada con un solo habitante en su interior: un pájaro gigante, muy lejano, atrapado en la quietud de la resina, derretidas las patas por el tiempo y la mirada ingenua del que muere inocente.
Todo el silencio cabe en un segundo, en un sueño, en una seña, o en el último estertor junto a otra boca.
Por eso escribo sin violar las leyes del silencio, con la tristeza en flechas arrancadas del labio, escarchada en cristales de azúcar y aguardiente cual ramo de anís en la botella blanca o faisana soñando solitaria en los bajos espumeros de la sal.
Todo mi reino está rayado a esmeril y es pasto del olvido, costa brumosa surcada de aguanieves, intenso mar que vive en mí con la niebla y la sombra.
De sus playas extraje todo el ámbar, de mi azotado corazón, todo el silencio.
Isla Correyero (1957, Cáceres, España); Mi bien. Ed. Visor, 2018
Un cielo empeñado en hacer de nosotros su último milagro
Quisiera escribir un poema de amor que no sea torpe, que se mantenga erguido hasta el amanecer, y al que no le importe la vergüenza del desnudo.
Que nombre la exactitud de mi ingravidez con el empeño con el que se cree en dios antes de que la cordura toque a rebato.
Pero probablemente no lo haré, porque al igual que tú, mis párpados viven exiliados y la voz se refugia en la trinchera justo a dos interrogantes del suicidio.
Y pensar que me resulta tan fácil amarte con los ojos, quedarme recostada en el incendio de una nube y no perder detalle de todas las promesas que se le escapan a un cielo empeñado en hacer de nosotros su último milagro.
Aunque la mayoría de veces, la palabra se limita a reflejar por cada uno de sus octaedros, un facetado diferente del náufrago, y descubro de repente, que no es tu lengua si no arena lo que me llena la boca.
Marian Raméntol (1966, Barcelona, España); La escritura plural. 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura. Antología actual de poesía española, Ed. Ars poetica, 2019
La verdadera historia no se escribe sin dar al fracasado un sitio en la palabra. Y qué mejor motivo para hacerlo que encontrar esas huellas de los días envueltos con la propia renuncia, ese final escrito sobre el aire. Quién oyera la voz incandescente de aquél cuyo silencio es su enemigo y se sabe orador, y se responde con la locuacidad de la derrota. El hundido conoce como nadie el sombrío dolor, la llama fría que propaga su intento de vivir, de alumbrarse. Pero calla la vida, todo calla. La verdadera luz se enciende sola.
María Sanz (1956, Sevilla, España), Dos lentas soledades, Ed. Huerga & Fierro, 2017
Por septiembre se te llenan de sótanos los labios y es relativo el cielo después de haberte visto preguntarle a la vida. Pero también el cielo, arrugado y preciso como tu cazadora adolescente, quiere estar entreabierto, brillar recién amado, descansando en la hierba el peso de su larga cabellera de nubes.
Por septiembre se te llenan de humo los síes en la boca.
¿Dónde vives cuando no te pienso? En los cuadernos. En los bares de tapas de las calles del sur. En las fachadas de las catedrales. En las casualidades. En lo que fue, en lo que pudo haber sido. Hoy es fin de semana, pero parece una mazmorra. Hazme un hueco en tu domingo, en el mío hace frío.
Soñaba el corazón… ¡Oh sueños de la escuela! Concha Méndez
Calles estrechas, balón, cristales rotos, la rodilla escociendo sobre el suelo, última fila en clase, solitarias vocales buscando consonantes, los números en serie bajo las uñas sucias y un nombre escrito en todos los cuadernos, en todas las paredes, sobre tu propio aliento en el espejo, tu mano en el alféizar alimenta a los pájaros mientras repites que España limita al norte con el mar Cantábrico y alguien te clava espigas en el jersey de lana.
Irene Sánchez Carrón (1967, Cáceres, España); Ningún mensaje nuevo, Ed. Hiperión, 2008. XII Premio Internacional de Poesía “Antonio Machado”, Baeza
Nunca es tarde para empezar de cero, para quemar los barcos, para que alguien te diga: -Yo sólo puedo estar contigo o contra mí.
Nunca es tarde para cortar la cuerda, para volver a echar las campanas al vuelo, para beber de ese agua que no ibas a beber.
Nunca es tarde para romper con todo, para dejar de ser un hombre que no pueda permitirse un pasado.
Y además es tan fácil: llega María, acaba el invierno, sale el sol, la nieve llora lágrimas de gigante vencido y de pronto la puerta no es un error del muro y la calma no es cal viva en el alma y mis llaves no cierran y abren una prisión.
Es así, tan sencillo de explicar: -Ya no es tarde, y si antes escribía para poder vivir, ahora quiero vivir para contarlo.
Benjamín Prado, (Madrid, 13 de julio de 1961) Ya no es tarde, Ed. Visor, 2014