No habrá nadie aguardando mi llegar sobre el andén alborozado de abrazos y baúles silbando bienvenidas rozaré con fijeza los semblantes extraños esperanzada en redescubrirte a pesar de los años, tomaré un taxi tatuado de lluvia, visitaré a la familia, dilapidaré los días y partiré despaciosamente hacia cualquier otro lugar.
Mar Sancho (1972. Valladolid, España); Entre trenes, Eolas Ediciones, 2019
Tiene el cielo un aspecto de libro encuadernado como de piel oscura y sombra pensativa. Tú no puedes saberlo. Ni siquiera conoces todavía su resplandor nostálgico de laguna que cruza por medio de la tarde llena de ojos inquietos, cofres y nadadores.
Porque cualquier mirada necesita todo lo que duerme detrás de una pupila. Deja pasar mil noches: que tu ciudad se tienda con el gesto gris de las alamedas, que el suelo de tu casa parezca interminable, movedizo, igual que los desiertos, y que tu corazón, sombra partida por el cristal de la ventana, sepa cómo discurre la humedad de una presencia extraña.
Camino de los nombres y los días es una ley de tribu que la lluvia se viva en primera persona con un dejo de alma trabajada y que el mundo respalde su dudoso prestigio en tu pequeño corazón sin mundo.
Lo repiten mil veces los libros de poesía. Vive y sueña despierta el difícil derecho que tendrán tus deseos a reclamarte tiempo, a pensar por sí mismos.
Luis García Montero (1958, Granada, España); Las flores del frío, Ed. Hiperión, 1991.
but come, girl, get your raincoat, let’s look for life in some café behind tear-streaked windows, perhaps the fin de siècle isnt really finished, maybe there’s a piano playing it somewhere Piano practice, DEREK WALCOTT
Un instante de lluvia, ¿es esto lo que quiero? ¿era lo que esperaba? Y después la tormenta, poemas metro cuadrado.
La fuerza incontrolable sobre el mundo y las palabras justas para seguir nadando por los charcos que la calle ha escondido debajo de baldosas que quedan despegadas de la tierra, son el mejor lugar para gritarle al tiempo adormecido de cielos despejados; empaparse de miedo, de nuestra propia historia llena de conjeturas, teóricas y desveladas.
Sorpréndeme buscando el amor en el frío en el tráfico lento de los días de lluvia. Las manchas de humedad que muestran el camino vertical de los puentes nada tienen que ver con la vida que el agua arrastra por sorpresa.
Vamos a ser, al menos este instante, anfibios de ciudad, vivir de las palabras. El agua entre nosotros ya es inevitable.
Paula Bozalongo (1991, Granada, España) Diciembre y nos besamos, Ed. Hiperión, 2014 (XXIX Premio Hiperión de Poesía)
No quisiera que lloviera te lo juro que lloviera en esta ciudad sin ti y escuchar los ruidos del agua al bajar y pensar que allí donde estás viviendo sin mí llueve sobre la misma ciudad Quizá tengas el cabello mojado el teléfono a mano que no usas para llamarme para decirme esta noche te amo me inundan los recuerdos de ti discúlpame, la literatura me mató pero te le parecías tanto.
They hand in hand with wandring steps and slow, Through Eden took thir solitarie way. John Milton
No es este el Paraíso prometido y, sin embargo, ¿quién se ha dado cuenta? I
Llovía en las aceras y en las casas. Llovía en todo el siglo XXI. Teníamos entonces nueve años y una idea aturdida del amor. Llovía en todo el siglo XXI. Llovía en nuestros ojos y quemaba mientras nos divertíamos lamiendo el “nebluno”, el smog de las farolas. La city era una ciénaga convulsa donde se hacía muy difícil distinguir el cielo gris de todas las corbatas. Cogidos de la mano nos hacía toser el acre olor de vidas gangrenadas. Un poco más cerca de la muerte llorabas y decías “¡Ben, Ben, Ben, yo quiero irme a casa!” Estábamos perdidos. Y aún llovía. Confundías las calles como a veces confundimos extraños con amigos. Como Hansel y Gretel, regresamos buscando nuestras huellas, algún resto. Pero nada se imprime en el asfalto. Y en el suelo no había más que latas de refrescos devoradas por la luz.
Ya no habría consuelo en nuestras almas. Habíamos llegado tarde al mundo.
Ben Clark (1984, Ibiza, España); Los hijos de los hijos de la ira, Ed. Hiperión, 2006. XXI Premio Hiperión de Poesía.
Llueve, detrás de los cristales, llueve y llueve sobre los chopos medio deshojados, sobre los pardos tejados, sobre los campos, llueve.
Pintaron de gris el cielo y el suelo se fue abrigando con hojas, se fue vistiendo de otoño. La tarde que se adormece parece un niño que el viento mece con su balada en otoño.
Una balada en otoño, un canto triste de melancolía, que nace al morir el día. Una balada en otoño, a veces como un murmullo, y a veces como un lamento y a veces viento.
Llueve, detrás de los cristales, llueve y llueve sobre los chopos medio deshojados, sobre los pardos tejados sobre los campos, llueve.
Te podría contar que esta quemándose mi último leño en el hogar, que soy muy pobre hoy, que por una sonrisa doy todo lo que soy, porque estoy solo y tengo miedo.
Si tú fueras capaz de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar con esa porcelana que descubrí ayer y que por un momento se ha vuelto mujer.
Entonces, olvidando mi mañana y tu pasado volverías a mi lado.
Se va la tarde y me deja la queja que mañana será vieja de una balada en otoño.
Llueve, detrás de los cristales, llueve y llueve sobre los chopos medio deshojados…
Juan Manuel Serrat (1943, Barcelona, España); Álbum La Paloma ℗ 2000 BMG Music Spain, S.A.
Cae la lluvia con su necesaria verticalidad que azota detrás de mi ventana. Llueve, llueve… Sobre el farol todo es mar que cae en gotas hasta el fango y cubre el suelo donde se hunde el alma en su oleaje.
Marta Domínguez (1981, Zaragoza, España); Historia transida y poesía renovada; Ediciones En Huida, 2012
Los diferentes ángulos de la lluvia nos distraen de la más íntima naturaleza de la lluvia: caer siempre perpendicular a algo.
Así a veces cae perpendicular al corazón, pero el corazón tiene miedo y escapa de todas las perpendiculares. Otras veces cae perpendicular a los muertos, pero los muertos ya no aciertan ninguna geometría. Y otras veces cae perpendicular a la noche, pero la noche la abraza como un surtidor por todas partes.
Sin embargo la perpendicular de la lluvia, para cumplir su llamado, no necesita ni siquiera una línea, sino tan solo un punto donde poder caer y hundirse plenamente.
En esta tarde llueve, y llueve pura tu imagen. En mi recuerdo el día se abre. Entraste. No oigo. La memoria me da tu imagen solo. Solo tu beso o lluvia cae en recuerdo. Llueve tu voz, y llueve el beso triste, el beso hondo, beso mojado en lluvia. El labio es húmedo. Húmedo de recuerdo el beso llora desde unos cielos grises delicados. Llueve tu amor mojando mi memoria y cae y cae. El beso al hondo cae. Y gris aún cae la lluvia.
Vicente Aleixandre (1898, Sevilla- 1984, Madrid, España): Poemas de la consumación; Ed. Plaza & Janés, 1978. Con este libro ganó el Premio Nacional de la Crítica en 1969. Le concedieron el Premio Nobel de Literatura en 1977.