Paseo por la tarde de un sábado sin viento mientras la lluvia cae lo mismo que los ríos cuando se quiebra el cauce y el agua se desploma.
Tengo el cuerpo caliente, seco aún bajo el frágil cobijo de una techumbre negra de tela muy tensada con delgadas varillas.
Qué débiles las cosas que a veces me protegen de todo lo salvaje, del aullido del mundo, qué estrechas las ideas que pongo ante la nada.
Bajo un simple paraguas veo caer la lluvia. ¿Su violento sinfín es una fantasía? ¿O es la ilusión la cueva, sentirme protegido cuando todo se encuentra a la intemperie?
Marcos Díez (1976, Santander, España); Desguace, Ed. Visor, 2018. XLIV Premio Ciudad de Burgos
Una lluvia pausada, alargada, serena, envolvente, inquietante, sostenida, perfecta. He dejado la música, ahogué todas las voces para escuchar la suya que suena tenazmente como un hilo de plata dentro de un viejo odre.
Y me digo, rendida, sin voz, pausadamente, que la lluvia cayendo hace un ruido de gente cayendo sobre el mundo a lo ancho de los siglos acompasadamente.
Dentro de mí no hay ruidos. Hay cántaros vacíos, campanarios en ruinas, hogueras apagadas, hay agotadas minas blancos ojos de estatua, grandes estrellas huecas, relojes sin agujas y libros sin palabras y violines sin cuerdas.
Y un silencio espantoso en que cae la música armoniosa, cansada, perfecta, de la lluvia con un ruido de perlas contra el fondo de un cofre, con un ruido de alas, de dedos; con un ruido monótono, angustioso, ancestral, monocorde.
Idea Vilariño (1920-28 de abril de 2009, Uruguay); Poesía completa, Ed. Lumen, 2008.
No hay milagros Llovía con desidia. Diecinueve de octubre, las nueve de la noche. Joana iba asustada hacia el quirófano en nuestra compañía. Cuando entró nos quedamos a esperar en la salita mal iluminada junto a los ascensores. Cuentan que en un intento de salvarse le dijo te quiero al cirujano. Creíamos que un hada podría devolvernos a Joana, tranquila, la de siempre, con sus confiados ojos centelleantes. A las once, mirábamos las gotas de la lluvia en el cristal como si resbalaran por la noche. La noche era una hoja de guadaña.
No hi ha miracles Plovia amb deixadesa. A les nou de la nit -dinou d’octubre- la Joana arribava espantada al quiròfan voltada per nosaltres, que ens quedàvem en la saleta mal il·luminada de vora els ascensors. Diu que ella, en un intent desesperat de salvar-se, va dir t’estimo al metge. Esperàvem la fada que ens tornés la Joana tranquil·la, la de sempre, els ulls espurnejant de confiança. A les onze, mirant per la finestra, les gotes de la pluja relliscaven pel vidre com si ho fessin per la nit. La nit era la fulla d’una dalla.
Joan Margarit (1938-2021, Lleida); Llegas Tarde a tu tiempo. Poesía 1999-2002; Ed. Visor, 2010
¿De qué color es la lluvia cuando llega a tu piel? ¿y de qué color cuando llega a la mía? ¿De qué color es cuando se conjugan los colores y chispas de nuestro juego amoroso? A veces somos lluvia y fuego, a veces tímidas nubes al acecho.
¿De qué color es la tierra cuando la lluvia la acaricia y cuándo el goce de su unión la hace danzar? ¿Y de qué color es el río que limpia todo y cuando la lluvia huye sin destino? A veces soy burbuja al aire a veces chispa de colores.
¿De qué color es la hierba que nos acoge cuando nuestra pasión busca un cobijo? ¿Y de qué color son mis miedos y ansiedades cuando la luz de mi ser se va apagando? Y el firmamento con guiños húmedos calma mis ardores.
Y hoy llegó la lluvia vestida de luces Iluminando mi inhiesta sombra, traía el mensaje de los dioses. Lluvia de colores al infinito tu color es del corazón que te ama, generosa y amada lluvia.
Sin importancia alguna baja así, agua del cielo. Llega exacta, vistiendo prontitud y luminosidad última en su ser húmedo. Hacia la tierra, anónima esperanza de los áridos cuerpos, llega así este pretil de calma extrema y transparencia líquida. Y será aquí, en la tierra, donde esta claridad busque cobijo desde su cadenciosa tentativa del aire. Y será desde el suelo, aquí, donde la imagen es sonido y el cansancio palabra, desde donde hallará la vertical tendencia a su caída y la grandiosidad del amplio cielo.
Pedro Gascón (1997, Albacete, España); Las mudas soledades; Chamán ediciones, 2017.
¿Detrás de qué torcida curva del camino se perdieron los días azules? En este tiempo de lluvia y huracanes el sol de la infancia
. He despertado he vivido el día y el agua sigue cayendo terca sobre la casa. Uno ama la lluvia y recuerda cuando ella venía con sus pequeñas manos a pintar el verde tras el verano ahora en cambio se queda como huésped indeseable se emborracha de sí misma y nos agrede a manotazos.
Ya no hay quien silencie la estrepitosa rebelión del paisaje bucólico el fin de los días azules el sol relegado a la memoria de la infancia.
Gioconda Belli (1948, Nicaragua); Estos días azules y este sol de la infancia. Poemas para Antonio Machado, Ed. Visor, 2018.
¿Se hieren y se funden? Acaban de dejar de ser la lluvia. Traviesas en recreo, gatitos de un reino transparente, corren libres por vidrios y barandas, umbrales de su limbo, se siguen, se persiguen, quizá van, de soledad a bodas, a fundirse y amarse. Trasueñan otra muerte.
Ida Vitale (1923, Uruguay), Reducción del infinito, Ed. Tusquets, 2002
Desde hace más de un siglo llueve sin tregua. La carretera que va a Dios está cortada y las autoridades ordenaron cerrar los aeropuertos.
Mientras escribo versos para nadie, miro por la ventana: hay basura flotando por la acera ꟷruedas de coches, sillas, frigoríficos…ꟷ y brazos que se hunden en la espiral del agua. Enferman en sus cajas, sin abrirse, los grandes libros que podrían salvarnos. Sigue lloviendo sin pausa en la ciudad, como si todo fuese culpable.
(¿Se ha hecho dogma la lluvia? ¿Ha roto el hombre un vínculo sagrado? ¿Por qué huelen a muerto mis palabras?)
Yo no sé si podremos resistir un día más.
José Mateos (1963, Cádiz, España); Cantos de vida y vuelta; Ed. Pre-Textos, 2013