Nota ii

Nota II
                                                          sobre unos versos que nacieron
                                                                                                 espontáneos

A veces el poema es el objeto o don
y con más evidencia
pone de manifiesto ese propósito:
dar luz a una palabra
sin quitarle su magia
o ser depositario
de una visión o de un sentir
que toma cuerpo
en sílabas contadas.

Clara Janés (1940, Madrid); Vivir, Ed. Hiperión, 1983. Libro reeditado por Huerga & Fierro editores en 2006.

Es demasiada noche

Es demasiada noche

Se te van rodando las palabras
como nudos de hierba que el viento arrastra.
No es cobardía escribir,
aunque todo pasa.
Hasta esta tarde que arañó tanto la luz,
hasta esos ojos que miran con tanto amor
se irán al olvido,
las bocas que besamos,
las promesas que incumplimos,
el vago verdor de la tierra en invierno,
el nombre de las cosas.

Esther Muntañola (1973, Madrid, España); De flores que esperan el frío, Ed. Trea, 2012. Extraído de (Tras)lúcidas. Poesía escrita por mujeres (1980-2016), Bartleby Editores, 2016

De la publicidad

De la publicidad

Reportaje de moda en Marrakech.
Tres loin de l’innocence este perfume.
Una fotografía retocada
con acuarelas suaves. Si desea
reparamos su piel. Esta revista cuenta
familiares parábolas al fin:
de cómo maquillar los sueños agresivos
o cómo estilizar la derrota y el tedio.
Perfumada de Armani
la nada es altamente soportable.

Aurora Luque (1962, Almería, España), Problemas de doblaje, Ed. Rialp, 1990

Lluvia en la cala

Lluvia en la cala

Llueve, entre pausas, sobre las piedras
redondas, asustadas sin razón.
Cubren toda la orilla de la cala.
Están quietas. Ahora el mar suena
a la vez que el deseo de cambiar
junta y destroza espuma en olas breves
que acaban serenísimas. El tiempo
parece una voz que nada dice.
Otro tiempo imposible lo desmiente
en cada terminarse de las olas,
más breves que la lluvia. Sorprendidas
por su propio agolparse sin sentido.

Antonio Méndez Rubio (1967, Badajoz, España); de Un lugar que no existe (1998); extraído de La otra joven poesía española, Ediciones Ígitur, 2003

Sé que no debo

Sé que no debo
esperar la sonrisa de la vida encerrada
entre cuatro paredes de sucios sinsabores.
Que el camino se talla en la distancia
de un fracaso a un fracaso,
en la entrega insensata, en cada vencimiento.
Sé que cuando anochece
la luz de las estrellas multiplica el instante
y los ojos reflejan
derrotas de metal, túneles de caricias,
y no hay música gris poniendo un fondo intenso
que llene las muñecas del pulso de la sangre.
Saber no es suficiente,
hace falta la savia,
la voz del corazón descubriendo certezas,
arrancándole al trote persistente del tiempo
el beso resignado, la palabra admitida,
el nuevo resplandor del amor convocado.

Pilar Blanco (1959, León, España); Vocabulario íntimo (1997), extraído de Con la cal en los dedos. Antología (1982-2010), Diputación de León, 2012.

Del transcurso

Del transcurso

Miro hacia atrás, hacia los años, lejos,
y se me ahonda tanta perspectiva
que del confín apenas sigue viva
la vaga imagen sobre mis espejos.

Aún vuelan, sin embargo, los vencejos
en torno de unas torres, y allá arriba
persiste mi niñez contemplativa.
ya son buen vino mis viñedos viejos.

Fortuna adversa o próspera no auguro,
por ahora me ahínco en mi presente,
p aunque sé lo que sé, mi afán no taso.

Ante mis ojos, mientras, el futuro
se me adelgaza delicadamente,
más difícil, más frágil, más escaso.

Jorge Guillén (1893, Valladolid-1984, Málaga); Clamor, Ed. Sudamericana, 1957-1963.

Florecemos

Florecemos

A Cris, Luci, Moni y Sara.
A todas las mujeres que amo.
A mis amigas.

Estamos tristes.
Estamos casi derrotadas.
Pero estamos vivas.
Estamos juntas.

Repítelo.

Estamos tristes.
Estamos casi derrotadas.
Pero estamos vivas.
Estamos juntas.

Grítalo

Un grupo de mujeres avanza.
Cantan el mismo verso.
Levantan la cabeza.
Se agitan las faldas.

Están tristes.
Casi derrotadas.
Están vivas.
Porque están juntas.

Alejandra Martínez de Miguel (1994, Madrid, España); Báilatelo sola, Ed. Plan B, 2019

Canción de despedida

Canción de despedida

A Ricardo Zamorano

Píntame un cuadro.
Busca en el ritmo de tus colores,
en lo más sabio, en lo más hondo,
el tiempo mío que ya no es mío.
Se llama olvido.
Detén la noche,
su perfil mudo, sus crueles pájaros.
Detén sus alas. Detén el miedo,
el que me busca, el que me cerca.
Se llama augurio.
Detén la rosa
que aún finge aromas entre mis manos.
Detén su argucia. Déjame sólo
el clavo oscuro de la palabra.
Se llama fuego.
Píntame un cuadro.
Un mar al fondo. Temblor de espumas.
La rota efigie de aquellos sueños
(los que tenía cuando soñaba.)
Se llaman llanto.
Pinta un camino.
Detén el frío de los relojes.
Detén su paso. Tengo que irme
y no sé por dónde. Pinta un camino.
Se llama huida.
Pinta señales.
Que no se pierdan mis descalzos.
Mis pies que sangran. Es noche casi.
Pinta un camino que me conduzca
a mi destino.
Se llama nada.

Angelina Gatell (1926-2017, Barcelona, España); La oscura voz del cisne, Bartleby editores, 2015

Una percha olvidada

Una percha olvidada
y la lámpara vieja
los niños
se despidieron del caballo blanco
se sostenía muda
tu casa
apoyada en el aire de la claraboya
donde el amor creció invisible
tierno como un racimo
asombro
de gentiles fantasmas descuidados
sin embargo el otoño
cayó sobre la casa
y la cubrió de sombras amarillas

Esperanza Ortega (1953, Palencia, España), Mudanza, Ed. Ave del Paraíso ,1994

Los buenos propósitos

Los buenos propósitos

En la lista de cosas por hacer
está la peculiar obligación de recuperar el tiempo perdido,
como si en todos esos buenos propósitos
existiera una fórmula infalible para apropiarse del pasado
y volverlo presente continuo.

Cuando nos desnudamos
la geografía de cada cuerpo
se vuelve una ciencia exacta y nos confirma
que la vida atemporal es para las estatuas.
Esa es la arqueología que a veces nos confunde
mezclando el paladar de los esfuerzos
con la madurez que da forma a la piedra
y su gesto inmóvil de secretos cincelados.

Los pliegues de la carne quieren parecerse
a la luz evaporada del verano;
la arena del cristal de los espejos
es un reloj que araña cada rostro
y va trazando surcos con ecos murmurados.

La soledad reconvertida en todos los instantes
que anidan en nosotros como abismos vacíos.
Ansiedades insomnes de voz distorsionada
que escarban sin descanso en el vértigo extraño
de la mala conciencia que nadie reconoce,
pero es en realidad ese tiempo perdido
que se ha vuelto a escapar y nos despierta a cada rato,
para reírse otra vez de lo que se ha llevado.

Ana Merino (1971, Madrid, España), Los buenos propósitos, Ed. Visor, 2015