Acero inoxidable

Acero inoxidable

They hand in hand with wandring steps and slow,
Through Eden took thir solitarie way.
John Milton

No es este el Paraíso prometido
y, sin embargo, ¿quién se ha dado cuenta?
I

Llovía en las aceras y en las casas.
Llovía en todo el siglo XXI.
Teníamos entonces nueve años
y una idea aturdida del amor.
Llovía en todo el siglo XXI.
Llovía en nuestros ojos y quemaba
mientras nos divertíamos lamiendo
el “nebluno”, el smog de las farolas.
La city era una ciénaga convulsa
donde se hacía muy difícil distinguir
el cielo gris de todas las corbatas.
Cogidos de la mano
nos hacía toser el acre olor
de vidas gangrenadas.
Un poco más cerca de la muerte
llorabas y decías “¡Ben, Ben, Ben,
yo quiero irme a casa!”
Estábamos perdidos. Y aún llovía.
Confundías las calles como a veces
confundimos extraños con amigos.
Como Hansel y Gretel, regresamos
buscando nuestras huellas, algún resto.
Pero nada se imprime en el asfalto.
Y en el suelo no había más
que latas de refrescos
devoradas por la luz.

Ya no habría consuelo en nuestras almas.
Habíamos llegado tarde al mundo.

Ben Clark (1984, Ibiza, España); Los hijos de los hijos de la ira, Ed. Hiperión, 2006. XXI Premio Hiperión de Poesía.

Noviembre

Noviembre
                                                                A Juan Bernier

Oigo crujir tus hojas y vuelvo a estremecerme,
memoria de noviembre con la fruta en los labios,
pervertido jardín que hollé una vez, descalza,
y en el que, de rodillas, llevé mi frente al suelo.
Tengo el leve recuerdo de un sollozo y mi nombre,
y fielmente el del hueso, áspero, cautivo.

Mª Victoria Atencia (1931, Málaga, España); La llama en que arde, 1988. Recogido en la antología: Como las cosas claman (Antología poética 1955-2010), Ed. Renacimiento, 2011.

Una vida mejor

Una vida mejor

Y daría igual que fuéramos eternos.

El escaparate brilla como los fuegos fatuos.

Tras el cristal las minúsculas manos desmenuzan la herrumbre,
una maleta, un pañuelo, un zapato, el cinturón de falsa serpiente, plumas de avestruz para el sombrero que ya nadie llevará,
así brilla el tiempo tras el cristal, fruta escarchada de los días, brillo mineral colgado de un árbol cortado, pez anudado a la cuerda de tender.

Y dará lo mismo que seamos eternos.

Mirar los escaparates, corchea arriba, semifusa abajo,
acompasar el paso para tropezar,
para volver del mediodía, para llegar al anochecer.
Un escaparate y luego otro, y al fondo, el cajero y su ábaco de lágrimas: pasar o no pasar. O quedarnos aquí, moliendo la herrumbre con el molinillo de té.

Pero los guantes de gamuza se posan sobre el piano. Do re mi, sordamente, fa, sol, sol, felpa constante en la percusión. No, no hay pez martillo que valga. No hay animal de sombra ni luz en esta cuenta de adverbios: aquí, allí, ahora, entonces, cuándo.

Daría lo mismo que fuéramos eternos, entonces, ahora, hoy o jamás.

Es mucho más simple. No es cuestión de constelaciones, no es el brillo de la madera trasmutado en ballena, no es la piedra roseta, ni el esperanto de la lluvia, no el canto de sirena deletreado en los surcos de la pizarra. Es mucho más simple.

Una vida mejor.

Una vida con memoria de elefante y sed de camello y ojo de lince, brújula de cormorán, solidaridad de hormiga, precisión de abeja, una vida con fidelidad de cisne y sonrisa de chimpancé y delicadeza de libélula y piel de leopardo, conversación de bosque, majestad de cordillera y siempre el cuento de nunca acabar.

Primera lección nunca aprendida en las cuevas de sésamo: la vida está aquí, no allí, y todos creen que seremos eternos.

En el escaparate brilla la caja registradora, pequeña cola de alacrán, servilletero que nos abraza a la mesa,
una vida mejor,
aquí, allí, al otro lado del cristal.

Y nada importa que seamos eternos.

Guadalupe Grande Aguirre (1965, Madrid, España); Hotel para erizos, Ed. Calambur, 2010

La lluvia

LA LLUVIA

En un mundo anterior. En el pasado siempre.

Sobre las tejas pobres de la infancia
donde el amor tapaba las goteras.

Sobre las rosas rojas del otoño
en la lejana adolescencia.

En las estrellas ya apagadas,
en las constelaciones más pretéritas.

Sobre la tumba abierta del mañana
que es pasado también por su certeza.

La lluvia está sonando eternamente
en el patio vacío de mi escuela.

Pedro Sevilla (1959, Cádiz); Para cuando volvamos. Poesía completa (1992-2018); Ed. Renacimiento, 2018.

Cada tarde la misma canción

Cada tarde la misma canción

cuando los niños se iban a sus casas
yo me sentaba bajo el muro del rompeolas
con los brazos cruzados
esperando a que subiera la marea,
esperar era mi juego

las babosas negras brillaban para nada
los gritos de mi madre brillaban para nada

con la espalda apoyada en el muro
sentada tercamente sobre la arena negra
y sin apartar la vista del horizonte
yo esperaba detener la marea.

Isabel Bono (1964, Málaga, España); Lo seco, Bartlby Ediciones, 2017

Estampa rural

Estampa rural

Las dos mujeres
han terminado de limpiar la ermita
después de los festejos de la víspera.
Recogen el sobrante de flores
y echan la llave
cuando ya anochece.

¡Pues ya está! –dice una de ellas–
Ahora a cenar un poco y ver la tele.

Y un arañazo de envidia
deshace en un instante las puntadas
que he ido cosiendo a ciegas.

Habría estado bien
sentir alguna vez esa certeza
de tener todos los tiempos en su sitio
un día tras de otro.

Julia Conejo Alonso (Barcelona, España); El bolso de Mary Poppins, Ed. Torremozas, 2015

Hubo un tiempo

Hubo un tiempo

Hubo un tiempo en el que el amor era un
intruso temido y anhelado.
Un roce furtivo, premeditado, reelaborado durante
insoportables desvelos.
Una confesión perturbada y audaz, corregida mil
veces, que jamás llegaría a su destino.
Una incesante y tiránica inquietud.
Un galopar repentino del corazón ingobernable.
Un continuo batallar contra la despiadada infalibilidad
de los espejos.
Una íntima dificultad para distinguir la congoja del
júbilo.
Era un tiempo adolescente e impreciso, el tiempo del
amor sin nombre, hasta casi sin rostro, que merodeaba,
como un beso prometido, por el punto más umbrío de la
escalera.

Ana Rossetti (1950, Cádiz, España), Los devaneos de Erato, Ed. Prometeo, 1980

Vindicatio originis

Vindicatio originis

estos sellos que infectan los graves pasaportes
estos hitos mojones barreras y alambradas
estas líneas de puntos que torturan los mapas
ni un punto de armonía han aportado al mundo
ni una coma de amor o de decencia
                                                       Alberto Porlan

Un día alguien propuso:
“Vamos a enlazar la sangre con la tierra, vamos a decir
que, si tu padre aró este campo,
tú tienes derecho a un gentilicio.
La gente, si no quiere buscarse problemas,
vivirá donde le haya parido su madre
y criará ahí a sus hijos.
Y quien se porte bien le daremos
como premio por no molestar
potestad para poner la palabra mi
delante de la palabra tierra.
Y por gracia del nombre esa será la suya,
y ahí morirá,
y matará por ella.
Y si se va a otra parte
le llamarán el-que-viene-de-fuera.”

El consejo de sabios entero estalló en risas:
“Eso no es posible, hermano,
¿no ves que la sangre, la carne, el cuerpo en suma
se parecen mucho más a los ríos?
¿No ves que la gente se enamora
sin distinción de aldeas?
¿No ves que a veces llueve
y hay que buscar comida lejos;
no ves que a veces,
simplemente,
es momento de marchar?

¿En serio crees que alguien
iba a dejar de cruzar una montaña
porque se lo dijéramos nosotros?”

Y desde entonces,
años y años,
sucesivos pasos de golondrinas sobre la bahía,
heladas y mareas,
nacimientos, extinciones de especies,
y la creciente sensación
de que algo se estaba olvidando.

Laura Casielles (1986, Asturias, España) Los idiomas comunes, Ed. Hiperión, 2010 (Este libro ganó el XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal y el Premio de Poesía Joven Miguel Hernández en 2011)